Las “cucarachas” suenan casi todo el tiempo en la peluquería.
La historia del mendocino que transformó el bullying en fortaleza hasta crear su exitosa peluquería
Agustín Ríos tiene 25 años y lidera una peluquería que no deja de crecer en Mendoza. Pero antes hubo burlas y una pandemia que lo obligó a empezar desde cero
-Mechas listas para enjuague.
-Diagnóstico confirmado en bacha 2.
-Preparamos matizador.
En "Enrredados" nadie grita. Nadie corre sin saber qué hacer. Todo está coordinado. Por el salón pasan entre 40 y 45 clientas por día y, aun así, el clima es de conversación tranquila y café compartido.
Agustín Ríos camina de una estación a otra. Corrige una mecha. Observa un corte. Pregunta por el diagnóstico de una clienta nueva. Tiene 25 años y es dueño del lugar. Pero habla de “equipo” antes que de empresa.
Hace algunos años, la escena era otra. Por eso su historia de vida tiene un significado especial.
Una jarrita en la mano. Una bacha portátil. Una mochila con productos caros comprados a pulmón. Y el auto recorriendo Mendoza de punta a punta para hacer domicilios.
“Llegué a tener siete clientas por día. No sé cómo hacía”, recuerda en diálogo con Diario UNO.
La vocación de peluquero apareció a los 12 años, pero debió "salir del closet" para triunfar
La vocación apareció temprano. A los 12 odiaba los deportes y amaba peinar. Miraba tutoriales en YouTube. Practicaba trenzas. Llevaba el catálogo de Natura al colegio para vender productos a sus profesoras.
En el aula no era fácil.
“Era gordito. Era tímido. Y no había salido del clóset. El bullying era constante”, señala y agrega: “Decir que quería ser peluquero ya era demasiado. Decir que me gustaban los hombres, imposible”.
“Yo me lo guardaba todo. No hablaba”, sigue reflexionando.
A los 16 armó una peluquería mínima en la cochera de su abuela. Atendía a vecinas y conocidas. Su mamá lo apoyaba. Su papá dudaba.
Intentó estudiar diseño gráfico, pero el comentario de un compañero durante un examen, lo hizo replantearse todo. “Me copié y entonces me preguntó qué estaba haciendo ahí. Tenía razón”, recuerda. Dejó la facultad y eligió la peluquería sin medias tintas.
Trabajó en un salón reconocido de Mendoza por poco dinero. Aprendió, se formó y se exigió.
Durante la pandemia no tuvo sueldo, se reinventó y creó su propia peluquería
Hasta que la pandemia cambió las reglas.
El salón priorizó a otros empleados y él quedó sin sueldo. Sus padres lo ayudaron. Pero decidió no quedarse quieto. “Entonces fue cuando tomé la decisión de reinventarme. Empecé de cero, sin contactos, sin base de datos pero con mucha confianza en mí”, reflexiona.
Y añade: “Siempre ofrecí lo mejor. Aunque fuera en una casa, usaba productos de primera línea”.
En esa etapa conoció a Franco, quien hoy es su pareja y socio. Franco trabajaba como Uber. Agustín lo convenció de sumarse. “No me dan las manos”, le dijo.
Primero trabajaron en un departamento. Luego alquilaron el local actual, en una apuesta arriesgada.
Hoy la peluquería funciona con método: diagnóstico previo, plan de acción, seguimiento. Capacitación interna los lunes. Comunicación permanente por intercomunicadores.
Agustín se formó en Madrid, en San Pablo y en Londres. Busca tendencias. No se queda en el “rubio furioso” que, dice, caracteriza a muchas clientas mendocinas. Intenta llevarlas a tonos más naturales, a cuidar la salud del cabello.
“La honestidad es clave. No todo lo que ves en Pinterest se puede hacer”, asegura.
El peluquero asegura que faltan academias y capacitaciones en Mendoza
Salir del clóset fue otro punto de inflexión.
“Cuando lo conté, fui más libre. Si pudiera volver atrás, lo haría antes”, rememora.
Hoy tiene currículums de 30 personas que quieren entrar a trabajar. Pero asegura que falta capacitación y que las academias dejan mucho que desear. “Solo dos de los 30 currículums que tengo en mano pueden funcionar”, admite.
Trabaja muchas horas. Abre y cierra el salón. Se ocupa de cada clienta. Se acuerda si alguien falta. Escucha historias. “Muchas veces somos psicólogos”.
Agustín asegura que no se fanatiza con el dinero y que es consciente de que hoy está arriba pero mañana las cosas pueden ser diferentes. No se considera referente. Dice que aún le falta cumplir sueños.
Pero hay algo que ya logró.
Transformó el bullying en motor. El silencio en identidad. Y una jarrita en una empresa.
“Muchos creen que crecí rápido. Pero empecé a los 12, fue todo un proceso, fue paso a paso y con esfuerzo”, reconoce.
En Mendoza, donde el rubro suele estar desvalorizado, Agustín decidió profesionalizarlo.
Y demostrar que confiar en uno mismo, aunque el entorno diga lo contrario, puede cambiarlo todo.










