A 2.700 metros sobre el nivel del mar, en plena cordillera de los Andes, hay cosas que adquieren un valor completamente distinto. Un viaje al pueblo no es una salida rápida para comprar lo que falta. Una canilla no es algo que se abre y de la que simplemente sale agua. Y un día de trabajo no tiene horarios demasiado parecidos a los de quienes viven en una ciudad. En El Toscalito, en Malargüe, en el límite con San Rafael, Pedro Rojas conoce bien esa diferencia.
Cría a sus 5 hijos en plena cordillera y contó cómo salen adelante sin agua corriente
Pedro Rojas vive con sus 5 hijos en El Toscalito, Malargüe, a 2.700 metros de altura. Cría cabras, hace quesos y sobrevive con el agua de lluvia

Pedro Rojas relata su vida criando 5 hijos en un puesto a 2.700 metros de altura en la cordillera.
Vive en un puesto de la cordillera junto a sus 5 hijos durante parte del año, separado del pueblo y acostumbrado a resolver por sus propios medios buena parte de las necesidades cotidianas. Entre las cabras, los corrales, los caballos, los quesos y las changas, construyó una vida que tiene una condición tan sencilla como difícil: allí no hay agua corriente.
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Pedro vive del campo. Y, sobre todo, aprendió a arreglárselas.
“Es la vida de campo”, dice, como si con esas cuatro palabras pudiera explicar su existencia. La mercadería, por ejemplo, se compra cuando alguno de la familia viaja al pueblo. Como están retirados, no existe la posibilidad de ir a buscar algo cada vez que falta.
“Cuando uno va al pueblo trae todo el pedido para el año. Ya con eso sabés que si te falta algo lo vas comprando de a poco, pero es más fácil. A mí me gusta más la vida de campo que la vida en la ciudad”, diferencia.
Vivir en plena cordillera de los Andes y sin agua corriente
El agua, sin embargo, es otra historia.
En El Toscalito no tienen agua corriente. Pedro depende del agua de lluvia y sabe que cada litro cuenta. Por eso, cuando llegan personas desde el pueblo, una de las primeras cosas que les explica es justamente esa: allí el agua no puede desperdiciarse.
“Lo primero que le encargo a la gente cuando viene acá es el agua. Porque la gente que viene del pueblo derrocha agua. Se van a lavar las manos y capaz que llenan un balde con agua y después la tiran”, relata.
En su puesto, esa misma escena sería impensable.
“Acá esa agua que uno se lava las manos la junta para el baño. Pero muchos la tiran. Tiran el agua como si el agua sobrara”, explica.
Después resume lo que para él debería entender cualquiera que llegue hasta ese lugar.
“Acá el agua es oro”. Es una regla de supervivencia.
Pero la vida en el puesto no se reduce a las dificultades. Pedro cría cabras, produce quesos y vende chivos a los turistas que llegan hasta la zona para escalar el cerro. Es una economía pequeña, familiar y adaptada a las condiciones de la cordillera.
Los animales marcan buena parte de los días.
En invierno, cuando las temperaturas obligan a retrasar el comienzo de la jornada, Pedro puede levantarse alrededor de las 7.30. En primavera la rutina cambia por completo.
Madrugar a las 5 para trabajar con los animales en plena cordillera
“En este tiempo, en invierno, no se madruga tanto por el tema del frío. Madrugar, qué sé yo, a las 7.30. Pero en primavera ya es diferente: ahí tenés que madrugar a las 5 de la mañana”, cuenta.
Entonces empieza una jornada que puede extenderse hasta la noche.
“Salís a pastorear el piño, a todo el grupo de cabras, para poder traer los chivatitos al corral y así sucesivamente todo el día andando, hasta las 10 de la noche, más tarde según el trabajo que tengas”, explica.
Durante la época de crianza de las cabras el trabajo se vuelve todavía más intenso. Hay que estar pendientes del piño, acompañarlo, pastorearlo y evitar que los animales dejen atrás a los chivitos.
“En el tiempo de la crianza de chivas ahí se complica porque tenés que andar de madrugada y salir con el piño a cuidarlas y después pastorearlas todo el día”, cuenta.
En esos meses, además, Pedro suele trabajar prácticamente solo durante el día porque sus hijos están en la escuela.
“Por ahí me las arreglo solo porque los chicos están en la escuela. En realidad ellos vienen cuando ya están casi criados los bichos, pero igual me dan una mano”, dice.
Cuando los chicos están en el puesto, las tareas se reparten.
Atender a las chivas, campear un caballo y fabricar queso, las tareas en el campo
Un día puede tocar salir a ver las chivas. Otro, salir a campear un caballo. En otro momento puede ser necesario trabajar con un potro o reparar algo en el corral.
“Nos repartimos las tareas. Por ahí uno sale con las chivas, el otro me ayuda a mí a golopar un potro y así. Después trabajo en la cocina: el que queda en la casa se encarga de la cocina”, explica.
La vida de campo también es una escuela para sus hijos.
Pedro es divorciado y durante las temporadas que comparte con ellos busca que aprendan algo más que a cuidar animales. Quiere que tengan herramientas para el futuro, tanto si deciden quedarse en el campo como si alguna vez eligen irse a la ciudad.
“Compartir con los hijos acá es una experiencia muy linda. Por lo menos ellos se han criado y les he enseñado lo que tienen que trabajar, preparar la comida. Si el día de mañana les hace falta, ellos ya saben preparar la comida”, cuenta.
También aprenden a trabajar con un alambre, a resolver problemas cotidianos y a hacer un poco de todo.
“Porque el día de mañana, si no les gusta estar en el campo, se irán a la ciudad”, señala. Agrega: “También algo de mecánica hago, soldadura, todo eso. Así que ellos aprenden. Al más grande le gusta la mecánica, la soldadura y por ahí también es una buena salida laboral. Una changa es una changa”, advierte.
Los caballos son otra parte de esa infancia.
“Cuando vienen les gusta andar a caballo. Todos andan a caballo. Les gusta trabajar con los chivitos, amamantarlos, criarlos y después, bueno, hay que venderlos”, cuenta.
Pedro sabe que sus hijos pueden elegir caminos diferentes al suyo. De hecho, no pretende decidir por ellos.
“Uno de ellos dice que él me va a acompañar. Pero bueno, si por ahí él estudia y el día de mañana tiene una salida laboral, un trabajo, estaría bien”, reflexiona.
Una vida entera dedicada al trabajo
Y entonces aparece su propia historia como referencia.
“Gracias a Dios tuve una experiencia buena de trabajar en empresas y todo lo que aprendí lo aprendí donde anduve. Trabajaba, después volvía para el campo cuando se acababa la changa. Volvía para el puesto”, cuenta.
Por eso entiende que sus hijos también tendrán que encontrar su propio camino.
“Si a ellos les gusta el día de mañana estar en el campo, se pueden quedar. Si no, irán a trabajar a la ciudad”, dice con sencillez.
Hay algo, sin embargo, que Pedro intenta transmitirles: la diferencia entre vivir en el campo y vivir cerca de los negocios.
“No es lo mismo vivir en el campo que vivir en el pueblo. En el pueblo existen gastos todos los días. En cambio, en el campo, si faltan fideos, uno no puede ir a comprar porque está lejos”, explica.
En la ciudad, compara, la proximidad hace que el dinero se vaya de a poco.
"En el campo no hay gastos. Pero en la ciudad, todo es dinero"
“En el pueblo, si a usted le hace falta un paquete de fideos, va y lo compra. Una gaseosa, una cerveza, lo que sea, pero es todo gasto”, grafica.
En el puesto, la distancia termina funcionando de otra manera.
“En el campo es diferente y uno hace rendir el dinero un poco más”, dice.
Entre las actividades que sostienen a la familia están también los quesos. Cuando empieza a sacar los primeros chivos, Pedro aprovecha para producirlos. Ya tiene clientes que le encargan y también los hace para consumo familiar.
“Cuando saco unos pocos chivos, ya empiezo a hacer queso y tengo clientela que me encarga. Así que tengo venta, gracias a Dios hay venta de queso. Y para el consumo también, así que para todo sirve”, cuenta.
En ese trabajo también participan sus hijos. “Los niños me ayudan a ordeñar, a hacer queso”, explica.
Los turistas que llegan a la zona son otra parte de esa pequeña economía. Pedro vende chivos a quienes pasan por allí, especialmente a los que llegan atraídos por la cordillera y por el desafío de escalar el cerro.
Pero quienes visitan el puesto también reciben una lección.
En esta zona el agua no se derrocha y eso es ley
Pedro no necesita demasiado para explicarles cómo funciona la vida allí. Solo les pide que miren qué hacen con el agua.
“Lo primero que les explico es que acá el agua es oro”, repite.
Después aparecen otras reglas: cuidar el ambiente, no dejar bolsas ni papeles tirados, tener cuidado con el fuego.
“Por ahí vienen, se comen una galleta, el papel lo tiran y se lo lleva el viento. Les digo que no, que eso no se hace acá. No los dejo porque los animales se comen las bolsas y se mueren”, explica.
En ese lugar, una bolsa abandonada puede terminar en el estómago de una cabra. Un desperdicio de agua puede significar perder un recurso que no está disponible todos los días. Un descuido con el fuego puede ser un problema enorme.
Por eso Pedro también se ocupa de enseñar a quienes llegan.
“Hay que cuidar la tierra, el agua, no hacer fuego, cosas del medio ambiente”, dice.
Y mientras habla de los animales, de sus hijos, de los quesos, de los caballos y del agua de lluvia, queda claro que para él no se trata solamente de sobrevivir a 2.700 metros de altura. Es su manera de vivir.
Los días en el puesto son todos distintos
Los días en el puesto nunca son exactamente iguales. “Un día salgo a ver los animales, a ver las chivas; al otro día capaz que salgo a campear un caballo. Al otro día es diferente el trabajo. Por ahí se da un corral, trabajar con un potro”, enumera.
No hay una rutina rígida porque la naturaleza tampoco la tiene. El trabajo aparece y hay que hacerlo. Si hace frío, se espera un poco. Si llega la primavera, se madruga. Si nacen los chivitos, hay que estar encima de ellos. Si llueve, el agua se guarda. Si llega alguien al puesto, hay que explicarle que allí cada gota vale.
Y si los hijos están, se reparten las tareas.
Pedro no romantiza parece dispuesto a no cambiar esa vida por otra. Conoce el pueblo, conoció el trabajo en empresas y sabe que sus hijos pueden elegir un destino diferente. Él, sin embargo, vuelve al puesto.
Porque en medio de la cordillera, donde el agua es oro y los días empiezan entre cabras, caballos y corrales, Pedro encontró una forma de vivir que todavía siente propia.
“Me gusta más la vida de campo que la vida en la ciudad”, repite.
A 2.700 metros, lejos de los negocios y dependiendo de la lluvia, esa frase tiene un peso diferente.
En pocas palabras
- Pedro Rojas relata su vida criando 5 hijos en un puesto a 2.700 metros de altura en la cordillera.
- Supervivencia y recursos: explica cómo depende del agua de lluvia y se las ingenia para la vida de campo.
- Trabajo y valores: comparte sus labores diarias, la importancia de la educación y la transmisión de valores a sus hijos.