Tiburcio estira la mano. Desde el 6 de febrero ha estado cosechando con ella, y con la otra. La estira, franca, sin miedo. Dejársela en el aire sería despreciar 500 años de historia. Aprieta fuerte. Su tonada es inconfundible. Todas sus palabras terminen en S, una ese alarga, que se arrastra. “Ya usamos lo poquito que nos quedaba. Ahora estamos sin nada. Hace tres días que dormimos acá, amontonándonos para no pasar frío”, dice.
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Es santiagueño, él y los otros 7, y también los otros 9 “que andan por ahí, tratando de cobrar la cosecha o al menos alguito que les alcance para un pasaje”, cuenta. Tiburcio es Pereira, de apellido. Debe tener unos 50 y es obrero golondrina, de los muchos que aún quedan en Mendoza, intentando regresar a sus hogares.
En Casa de Gobierno saben que es un tema a solucionar y por eso se está en ello. Lo dijo el propio gobernador Rodolfo Suarez en una conferencia de prensa virtual dada este sábado y lo reafirmó el secretario de Servicios Públicos, Natalio Mema, que contó que durante la madrugada del lunes se consiguieron los permisos para que pudiera salir un colectivo con destino a Salta. El sábado habían salido otros micros.
"Ahora hay un grupo en la terminal que están siendo asistidos y estamos solicitando autorización para viajar. Nos falta solo autorización de la Nación", manifestó el funcionario provincial en la mañana de este lunes.
Valentín Contreras tiene 16 y habla como si tuviera 40 años de arquear el lomo. “Somos de Santiago del Estero, capital. No tenemos nada. El señor de ahí enfrente (y estira la pera para señalar un modesto kiosquito frente a la terminal de ómnibus de San Martín, Mendoza) nos da a la mañana algún café y unos sangüchitos de mortadela…”.
Cuentan que “quedamos muchos, todavía. Estamos viendo si el gobierno (de Santiago del Estero) nos manda una tráfic o algo. Nos han dicho que sí, pero no saben cuando…”
Este grupo es de santiagueños, pero allá hay tucumanos que están a punto de subirse a un micro que los llevará a su provincia. Y más acá hay salteños…
“Somos de Salta y llegamos como hace unos 5 meses”, dice Gladys, mientras ceba el mate y su marido tiene alzado a uno de sus bebés. “Somos 10, con 5 niños”, cuenta. “Estamos esperando que nos den el permiso para irnos, pero no sabemos cuándo”.
Los golondrina se acomodan junto a la terminal de ómnibus de San Martín y allí esperan. Tiene que haber una coordinación entre el gobierno local, el de su provincia de origen y de las provincias por donde deban pasar, para poder llegar a sus casas.
Mientras tanto, con todo su dinero de cosecha mandado a sus casas o gastado para subsistir, están varados, sin forma de regreso, sin plata para comer y olvidados por las áreas sociales estatales.
Mientras hablan, la organización social Dignidad y el párroco de la Iglesia del Carmen, aquella emblemática del padre Baggio, ya empiezan a movilizarse para traerles al menos una merienda abundante que les caliente la panza.
Son muchos aún y han sido todavía más. Como ejemplo, en los últimos días 850 obreros golondrina han partido de aquí, gracias a que los concejales de Rivadavia, Juan Garrido y Fática Campos, lograron coordinar acciones para que pudieran viajar. La mayoría fueron tucumanos.
Y aún hay más. Vienen llegando de los distritos más alejados, incluso del sur provincial y del Valle de Uco. Y esperan, un día, dos días, tres días… Alguien vendrá a buscarlos.



