El próximo 19 de agosto muchos argentinos que estén disfrutando de uno de los últimos fines de semana largos, se preguntará a qué se debe el feriado, y es que dos días antes, el 17, se recuerda el fallecimiento de nada menos que del Padre de la Patria, don José de San Martín, y el feriado se pasó al lunes como “día no laborable con fines turísticos”, según un decreto del Gobierno nacional.
El sábado 17 de agosto se cumple el 160º aniversario del paso a la inmortalidad de quien liberara nuestro país -además de Chile y Perú- del dominio español al frente del Ejército de los Andes, organizado y preparado en Mendoza.
Luego de partir del campamento de El Plumerillo -Las Heras- el 12 de enero del año 1817 el general San Martín pudo derrotar a los realistas en dos batallas decisivas en tierras chilenas -Chacabuco y Maipú- para luego emprender una larga campaña anfibia-terrestre que determinó la liberación del núcleo más duro del dominio español en Sudamérica: Perú.
Los avatares de la política nacional argentina y las luchas internas dejaron sin respaldo a un San Martín que debió dejar en manos del venezolano Simón Bolívar la continuación y finalización de la lucha por emancipar América.
El exilio y el fin del Libertador en Francia
Sin poder tener el merecido "reposo del guerrero", tal como lo soñaba, siendo un chacarero en el Este de nuestra provincia, donde volvió desde Lima en 1823, las intrigas políticas hicieron que El Libertador tomara unos pocos pesos correspondientes a la herencia de su esposa recién fallecida, Remedios de Escalada, y a su pequeña hija Mercedes, para retirarse exiliado a Europa a principios del año siguiente.
Primero llegó a Francia, luego pasó por Escocia, Bruselas, y finalmente a París, donde se instaló en 1825. Intentó volver al país ofreciendo sus servicios durante la guerra con Brasil pero no se concretó su regreso.
En 1829 llegó hasta el puerto de Buenos Aires pero no desembarcó y analizó la situación caótica del país, donde la contienda fratricida entre Unitarios y Federales lo horrorizó. Un ex subalterno suyo y partidario de los Unitarios, Juan Galo de Lavalle -que había derrocado y fusilado a Manuel Dorrego, le ofreció la gobernación de Buenos Aires, pero evitando involucrarse en el baño de sangre, le contestó que "jamás desenvainará su espada para combatir a sus paisanos", y retornó a Francia.
El último servicio del "viejo guerrero"
Sólo una pequeña alegría se llevó San Martín antes de morir el 17 de agosto de 1950, con 72 años, además de haber disfrutado de sus nietas. Don José se enteró del triunfo de la causa nacional, amenazada por un intento de invasión anglo-francesa, en la batalla de la Vuelta de Obligado (20 de noviembre de 1845). Este triunfo tuvo también una "pata" política, donde el general nacido en Yapeyú el 25 de febrero de 1778 hizo pesar en el Viejo Continente su opinión y su reconocida ciencia militar para desalentar a quienes querían invadirnos de una u otra forma. Allí San Martín libró su última batalla, y no fue con su sable corvo en la mano ni al frente de sus granaderos.
Su "guerra psicológica"
Respecto a la intervención de las dos naciones más poderosas del planeta en aquellos años don José escribió una carta al cónsul argentino en Londres, la que sería replicada por un diario de la capital inglesa, donde dijo en una parte de la misiva analítica, y buscando poner freno a las bravuconadas europeas: "Sostener una guerra en América con tropas europeas no sólo es muy costoso, sino más que dudoso su buen éxito tratar de hacerla con los hijos del país; mucho dificulto y aun creo imposible encuentren quien quiera enrolarse con el extranjero.
En conclusión: con 8.000 hombres de caballería, del país y 25 o 30 piezas de artillería, fuerzas que con mucha facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener en un cerrado bloqueo terrestre á Buenos Aires, sino también impedir que un ejército europeo de 20.000 hombres salga a 30 leguas de la capital, sin exponerse á una completa ruina por falta de todo recurso; tal es mi opinión y la experiencia lo demostrará, a menos (como es de esperar) que el nuevo ministerio inglés no cambie la política seguida por el precedente", concluyó quien fuera también Protector del Perú.
Tras el fracaso de la misión extranjera, que buscaba abrir a la libre navegación los ríos internos del país, José de San Martín le confía exultante a su amigo Tomás Guido una frase que se volvería célebre e histórica: “los interventores habrán visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”.
En su testamento, donde dio cuenta de sus bienes, hizo una última declaración que sintetiza el fervor con que amaba nuestra patria. Allí escribió "Que su sable corvo favorito, el de las batallas de Chacabuco y Maipú, fuera entregado al gobernador porteño Juan Manuel de Rosas, «como una prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla».
La muerte del Padre de la Patria le llegó cuando no era muy anciano, pero las muchas dolencias y la sufrida vida del soldado provocaron su partida. Luchó en los desiertos del norte de África, en España conra Napoleón, y en el Mar Mediaterráneo. Luego en las pampas, las altas cumbres de Los Andes y las selvas del Perú.
El 17 de agosto de 1950, con la vista ya deteriorada, dio un paseo matutino, luego almorzó en su casa de Boulogne Sur Mer, y comenzó a sentirse mal y con dolores de estomago -padecía de úlcera desde su juventud- y quiso reposar. Su hija Merceditas llamó al doctor Jordan, quien lo encontró grave, sugirió la presencia de algún religioso, y lo acompañó hasta su partida, a las 3 de la tarde.
En su testamento también había declarado que quería que sus restos reposaran en Buenos Aires, lo que recién iba a suceder treinta años después, el 28 de mayo de 1880, donde su cuerpo quedaría depositado en la catedral de Buenos Aires.
El homenaje de Manuel Mujica Laines en el cuento Un Granadero (Hacer click aquí)
