A veces, las personas van naciendo de nuevo, mientras se preparan el café de la mañana, riegan las plantas o se cambian de país. Esto le pasó a Gabriela Perulán, la única luthier de . Tras ejercer su profesión de trabajadora social durante quince años, se parió a sí misma y la música fue su partera. Se fue a vivir a Chile y decidió dejar su profesión de lado y aprender el oficio de la construcción de instrumentos musicales. De esa transformación han pasado apenas tres años y medio y hoy tiene un taller en el que, además de confeccionar pequeños objetos latinoamericanos de cuerda pulsada, restaura pianos pieza por pieza. Un trabajo minucioso que aprende y practica con tesón y paciencia. Y sobre todo con el silencio necesario que se requiere para escuchar lo esencial. Una vibración, un sonido casi imperceptible. Una cuerda más o menos tensa. Ella es artesana de los sonidos y en su pequeño espacio se puede percibir que conviven en perfecta armonía. -Empecemos por la génesis, ¿cómo te vinculaste con la música? -Vengo de una familia muy musical. Mi madre tocaba el piano y mi papá la guitarra. Nos reuníamos a tocar. Mi papá era más amateur y mi madre era profesora de piano. Yo, a los cinco años y medio, fui a aprender a tocar el piano con una profesora: Viviana Conti, de . - ¡Aprendiste a tocar el piano antes que a leer!-Aprendí a leer a partir de las partituras. Aprendía el "do" y después iba a mi mamá con la inquietud y ella, que era maestra de primer grado, me enseñaba el "da de di do du". Empecé mi aprendizaje con la música pero luego me separé bastante de ese mundo. -¿Por qué?-Porque estudié Trabajo Social y ejercí la profesión durante quince años. Después me fui a vivir a Chile por cuestiones personales. Allí me encontré con una realidad diferente respecto de la profesión y, luego de hacer la reválida del título me di cuenta de que ejercer el Trabajo Social en Chile no era una opción. -¿ Qué hiciste entonces?-Pensé qué podía hacer en Santiago y lo primero que se me ocurrió es estudiar luthería. Me propuse conseguir un maestro, que es la forma de aprender este oficio en América Latina. Empecé a hablarles a maestros, sin conocer a ninguno, para que alguno me diera una chance.-¿Lo conseguiste?-Sí, pero no fue fácil. Varios me dijeron que no por el hecho de ser mujer. Ellos no estaban dispuestos a enseñarles a las mujeres. -¿Directamente se negaban?-Sí. O me daban fechas loquísimas para iniciar. En 2013 me daban fecha para finales de 2017. Hasta que un día, en una reunión de amigos, conocí a un chico que era contrabajista y le conté mi intención: él me contactó con Roberto Hernández Céspedes. Cuando nos conocimos, él me advirtió: "Voy a hacer lo posible".-¿También por ser mujer?-En realidad porque las técnicas suponen el uso de herramientas bastante pesadas. Hay que cavar, porque lo que yo quería hacer era fabricar instrumentos latinoamericanos, y eso implica manejar gubias, formones, herramientas de filo, escofinas, limas. Entonces él me dijo que iríamos probando para ver cómo avanzábamos. -¿Él se dedicaba a enseñar?-No, fui su primera alumna. Él es uno de los grandes luthiers chilenos, que fabrica instrumentos latinoamericanos y le está yendo muy bien en el oficio. De a poco fue adaptando esos procesos a mí. Los fue revisando para que yo pudiera hacer lo que él hacía. Con las mismas herramientas, pero con mi fuerza. Todo se puede adaptar, todo se puede hacer. Yo no he encontrado nada en la luthería que no pueda hacerse. Y eso me pone muy feliz. -¿Te gustaría crear un instrumento nuevo?-No sé si crear, pero sí se hacer crecer a los instrumentos latinoamericanos. Ése es nuestro desafío: tratar de adaptar las características y las formas constructivas de la guitarra de conciertos a los instrumentos latinoamericanos. Vamos generando algunas características que no todos los instrumentos de este tipo tienen. -¿Cómo es el proceso para fabricar un instrumento de este tipo?-Primero tengo el bloque de madera y el dibujo en una plantilla. Lo centro y luego empiezo a cavar. Lo ahueco primero y luego lo tallo por fuera. -¿El sonido cambia según la forma que se le dé?-Según la profundidad. El secreto de la sonoridad de un instrumento está en la tabla armónica. Lo demás hace que el sonido se proyecte. -¿Cómo aprendiste a armar y afinar pianos? -Le dije a mi maestro que quería hacer algo con pianos. Fui a Chile Pianos, hablé con Jorge González y pude ingresar a su taller. Todo se aprende así, yendo al taller, para que el maestro transmita el oficio. Jorge empezó a enseñarme y comencé haciendo lo que se llama "inicializar pianos", empecé poniendo a punto los pianos nuevos. Luego aprendí a hacer restauración. El me fue enseñando cómo restaurar cada parte del piano, después a regularlos y a afinarlos. También fui a aprender a afinar con un maestro de Buenos Aires. Después me largué y lo hice mil veces, además cuando uno hace este trabajo practica muchas veces, porque cada cosa la hacés 88 veces -el número es por la cantidad de teclas-. No ajustás un solo tornillo sino 88, cambiás 88 ejes y no uno, y así con lo demás.-¿Has podido a armar un piano desde cero?-Sí. Cuando uno arma y desarma estos instrumentos lo que va aprendiendo son los mecanismos de cada pieza, y dónde va cada una y para qué sirve. -¿Hay que tener un oído especial? -Es un oído que desarrolla el afinador y que no escucha lo que escuchan los demás: escucha armónicos, vibraciones, escucha otras cosa. Eso se aprende, eso se educa. -¿Tu profesión de trabajadora social quedó en otra etapa de tu vida?-Así es. Lo que sucede es que este mundo te enamora mucho, lo terminás adorando. Cuando ves un piano destruido que de alguna manera vuelve a funcionar, o cuando un bloque de madera se transforma en un instrumento es algo parecido a la magia, que lleva mucho trabajo, muchas técnicas, desde dibujos, tallados en madera, técnicas de carpintería, matemática, saber de proporciones... Cuando descubrís esa proporcionalidad, después podés crear lo que quieras. -¿En algún momento de tu aprendizaje pensaste que no podrías lograr el objetivo?-Por momentos sí; todo aprendizaje tiene etapas frustrantes, cuando ves que no avanzás, que la fuerza no te alcanza; cuando no podés manejar una herramienta podés bajonearte un poco. Pero la verdad es que nunca pensé en dejarlo. -¿Sentís que ahora te respetan como mujer en una profesión de varones?-No he tenido contacto con luthiers en Mendoza. He intentado buscar a otra mujer que lo haga, pero no he encontrado, tampoco hay mujeres que hagan pianos. Mi única referencia es viajar a Chile y Buenos Aires. Ahora tengo una beca del Fondo Nacional de las Artes, que me permite viajar a Chile una vez al mes para aprender con mis maestros. -¿Es un oficio machista?-Es una profesión que en América Latina se ha masculinizado.-¿Cuesta vivir de esto?-Vivo de esto. No vivo con grandes lujos, pero la tranquilidad y la felicidad de hacer lo que me gusta no me la da nadie más. Y poco a poco se va armando un circuito y me va conociendo más gente. Se puede. -Algún proyecto pendiente?-Quiero seguir construyendo instrumentos pequeños de cuerda pulsada latinoamericana. Son bellos y enriquecen mucho la música latinoamericana, pero además tienen un futuro abierto, se los puede hacer crecer a nivel sonoro. Eso quiero lograr. Sigo aprendiendo para conseguirlo.
Con ustedes... la única artesana de sonidos musicales nacida en Mendoza
