A un pueblo lo conforman sus calles, sus casas, sus costumbres y especialmente su gente. Y entre sus habitantes hay, en todo pueblo que se precie de tal, algún personaje entrañable. Uno que, por alguna particularidad, es conocido por todos y le da identidad al lugar.
El mendocino departamento de Junín, su ciudad, tiene uno de esos. En realidad tiene y ha tenido unos cuantos, pero quizás el más popular es el Chichá.
Cargado de mil anécdotas, al Chichá se lo puede ver disfrazado en todo evento deportivo o social del pueblo. Su disfraz más famoso es el de puma, adoptado porque a la hinchada del Verde, el club local, se la nombraba como Los Pumas.
Chichá se llama Ricardo Libertino. Ahora anda por los cincuenta y pico de años y desde hace un tiempo trabaja en la Municipalidad. Su función es recolectar los carros de residuos de la ciudad y todos los días cumple metódicamente con su función y su horario de trabajo.
De padres muy humildes, trabajadores y analfabetos, Chichá y sus hermanos tampoco fueron a la escuela ni aprendieron a leer y escribir.
Hoy el Chichá vive en la casa familiar con su hermano menor, Pato. Sus padres ya fallecieron, su única hermana mujer se fue a vivir a Buenos Aires y su hermano mayor, Pucá, que es recordado por ser uno de los jugadores de fútbol del club más notables, falleció trágicamente hace algunos años.
Sin instrucción ninguna y con dificultades en el habla, Chichá tuvo una vida humilde y sufrida, hasta que la Municipalidad le hizo un lugar en su planta.
Tremendamente amable, inocente y afectuoso, el Chichá se ha caracterizado siempre por sus disfraces y participar en todo evento deportivo y social de Junín.Disfrazado de Sapo Pepe, de Barnie y, claro, de puma.
“Es tan conocido que, hasta cuando viene alguna delegación de otra provincia, lo primero que preguntan es por el Chichá”, cuenta Mauricio Cornejo, quien fue quien capturó la magnífica imagen que ilustra esta nota y que fue sacada hace unos días, en la cancha de Junín.
Cuando juegan las inferiores el Chichá cambia de disfraz y se coloca el de el Sapo Pepe, más amable y simpático para los niños.
“Cuando juega la primera, va disfrazado de puma y casi siempre sale con el equipo a la cancha, para después sentarse en la tribuna a ver el partido. Pueden hacer 50 grados, pero el Chichá cumple siempre y jamás se saca el traje”, dice Mauricio.
Cierta vez hubo un festejo en un gran salón y allí estaba el Chichá, disfrazado de puma. La velada avanzó, todos se fueron y el lugar se cerró cuando quedó vacío.
En los dos días siguientes todo Junín entró en alarma: el Chichá había desaparecido. Lo buscaron por todos lados y había una enrome preocupación.
Finalmente alguien fue al salón. El Chichá se había quedado dormido en algún momento y lo habían dejado olvidado adentro cuando cerraron el lugar. El Chichá solo decía, a media lengua: “Y bue, dormí con el pumita…”.
Hoy, desde hace mucho, no hay evento completo si no está el Chichá, animando el encuentro, regalando caramelos a los niños y sacándose fotos con ellos.
Entrañable Junín, capital nacional del apodo
Junín conserva la magia de los pueblos chicos.
“Si nos sentamos un rato en la plaza yo te voy a poder decir cuál es el apodo de cada uno de los que pase por ahí”, dice el Piedrazo Angileri. El Fleco Manzanares asiente y el Chiquito Castro afirma que “acá en Junín todos tienen sobrenombre”.
Dicen que este departamento mendocino es la capital nacional del apodo.
La gran mayoría de sus 40.000 habitantes tiene algún remoquete. Tan fuerte es esta costumbre y tan populares son estos alias que los vecinos de Junín sabrán señalar sin dudar a dónde viven el Huevinca, el Quebracho o el Cornetón, pero ya no habrá tanta seguridad al indicar los domicilios de Di Marco, González o Alarcón.
El libro Junín, Estampas de un Pueblo, dedica uno de sus capítulos a hablar de esta costumbre. Allí el inolvidable Eduardo Gregorio contó que cierta vez alguien llegó a una casa de Junín y preguntó por Aldo. La mujer que atendió dijo que allí no vivía ningún Aldo. Más tarde, cuando llegó su hijo a la casa, la mujer le contó sobre la extraña visita. “¡¿Cómo que acá no vive ningún Aldo?! ¡Yo soy Aldo, mamá!”. Entonces, avergonzada, la mujer se justificó: “Perdoname. Es que yo siempre te he conocido como el Negrito”.
Los vecinos dicen que este fenómeno tuvo sus orígenes en el bar del Cocho Lizana, a quien también se lo supo apodar Sulky y luego Palenque. “Fue el segundo cura del pueblo. Después de ser bautizados en la Iglesia, el Cocho rebautizó a todos en el bar”, dice el Chiquito Castro.
Por lo general el apodo se hereda. “A mi padre le decían Piedrazo, a mi me llamaron así desde chico y ahora a mi hijo también lo llaman de esa manera”, cuenta Angileri, quien sospecha que su nombre real es Marcelo.
La mayoría de las veces el apodo reemplaza al nombre de pila, pero algunas también suplanta al apellido. Tal es el caso de un tal Rosales, quien fue apodado como el Burro. Su mujer pasó a ser la Burra y sus hijos los Burritos y las Burritas. Hoy todos saben indicar dónde queda la casa de los Burro, pero solo el cartero puede llegar hasta el domicilio de los Rosales. Lo mismo pasa con los Pito Juan, cuyo apellido real es ya casi imposible de determinar.
Todos tienen un remoquete. Muchos son muy originales, otros son bastante comunes. El intendente Abed tiene el simple apodo de Turco o Marito. En cambio al ex diputado demócrata Eugenio Dalla Cía todos lo conocen como el Persiana. En Junín el conocido periodista Marcelo Ortiz es Piculín, apodo que le fue adjudicado en sus años mozos de basquetbolista y que heredó de un famoso deportista puertorriqueño. A un ex concejal lo apodan todavía el Gringuito de los Cheques, por una costumbre pasada que es mejor no contar aquí.
Para que la sección de Junín de la guía telefónica prestara una verdadera utilidad debería consignar a los usuarios con sus apodos. De otra forma es casi inútil.
La gran virtud del juninense es que estos apodos no han sido otorgados en forma despectiva, no remarcan defectos físicos ni son despectivos. Más bien fueron inspirados por alguna característica de la personalidad del bautizado, por su oficio o por alguna detalle físico que no hiere su orgullo.
Allí están el Pan Casero Alarcón; el Aguacero Lepes (también llamado Refucilo); el Salero Coria; el Suspiro Muñoz; el Chirigua Guevara; el Tortola Fidel; el Cascote Martínez; el Concurso Oyarze; el Chichá Libertino…
En algunos casos el motivo que originó el sobrenombre todavía se recuerda, pero en muchos ya se ha olvidado.
Eduardo Gregorio recordó que a un vecino lo bautizaron Araña Manca porque nadie sabe cómo hizo la tela. A otro le dicen Antibiótico, porque se toma cada 8 horas. A un morrudo señor le pusieron Tarro de Talco, porque no tiene cuello. A cierto vecino le llamaban Gusano, porque tenía podrida a toda la manzana. A un haragán lo bautizaron Ataúd, porque fue hecho para el eterno descanso. Hay un tal Balde de Plástico, porque se raja cuando uno más lo necesita. Está aquel al que le dicen Mudanza Corta, porque se va en frente. También hay uno al que le dicen Mano Fría, por su costumbre de andar con las manos en los bolsillos. Y otro al que lo bautizaron Sachet de Leche, porque no hay forma de mantenerlo parado. Allí está Petromán, que solo se cambia la camisa cuando se le rompe y también Agua Hervida, porque arruina el mate.
La lista es interminable: Cuchara, Tirifilo, Quemazón, Tortinga, Pellejo, Revolvazo, Llamarada, Pelela, Tarasca, Bebedero de Pollo, Unidad Sellada...
Es cierto que la costumbre de buscarle apodos a todo el mundo era mucho más frecuente en el pasado, pero en Junín todavía esto se mantiene y el juninense se enorgullece de ello y lo considera parte de su identidad.
Quien escribe no pudo escapar a los recuerdos de infancia, esa época en donde sus compañeros de juegos eran el Garufa, el Fatiga, el Chicharrón de Liebre, Satanás, Pancutra…
Sus nombres y apellidos se han perdido definitivamente, aunque no sus rostros ni sus risas. Seguramente ninguno de ellos identificará la firma de esta crónica, salvo que sea la del Gringo.
