“Me estoy despertando recién en Katmandú”, dice Catalina Giusti vía WhatsApp entre risas, todavía atravesada por una experiencia que parece imposible de explicar con palabras.
Catalina Giusti, la médica del Aconcagua que hizo historia en el Himalaya al conquistar el Makalu
Se formó como médica de montaña en Mendoza, trabaja cada verano en el Aconcagua y se convirtió en la primera mujer argentina en llegar a la exigente cumbre

En la cima del Makalu, en el Himalaya. Catalina pasó 22 horas extremas en ascenso y descenso, enfrentando alturas de 8.485 metros con oxígeno suplementario por primera vez.
Fotos: gentilezaHace apenas unas horas estaba a 8.485 metros de altura, caminando sobre uno de los puntos más extremos del planeta, respirando gracias a una máscara de oxígeno y tratando de mantener la cabeza fría mientras el cuerpo entraba en territorio desconocido.
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La escena ocurrió en el Makalu, la quinta montaña más alta del mundo, ubicada en la cordillera del Himalaya, cerca del Everest. Allí, en una geografía que parece de otro planeta, Catalina se convirtió en la primera mujer argentina en alcanzar su cumbre.
Pero mucho antes del Himalaya estuvo Mendoza.
Porque aunque nació en Córdoba y estudió medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, buena parte de su vida profesional quedó profundamente ligada a la montaña mendocina. Hizo la especialidad en medicina de montaña en Mendoza y desde hace años trabaja durante las temporadas del Aconcagua junto al equipo médico de Extreme Medicine.
Una relación íntima con la montaña
Entre expediciones, rescates, altura extrema y campamentos, fue construyendo una relación íntima con la montaña.
Aunque, en realidad, todo había empezado mucho antes.
“Tengo la suerte de haber tenido un papá muy motivador que desde chiquitas nos llevaba a caminar por las sierras cordobesas”, cuenta.
Habla del Champaquí, de Los Condoritos, de las bicicletas y las excursiones familiares como quien recuerda el origen de algo mucho más grande. Pero el verdadero quiebre llegó años después, cuando todavía estaba terminando medicina.
Le tocó hacer las prácticas finales en Capilla del Monte y ahí apareció la escalada.
“Me puse las pédulas por primera vez y sentí que escalaba desde hacía años”, recuerda.
Hasta entonces, su vida parecía tener un rumbo bastante claro: la facultad, el hockey -deporte que practicó desde los seis años-, la residencia médica y el camino “derechito”, como ella misma dice. Pero la montaña vino a romper todas las estructuras.
“Conocí otros estilos de vida, otras maneras de vivir, y me di cuenta de que había cosas que me hacían muy bien”.
Ese descubrimiento terminó llevándola muchísimo más lejos de lo que alguna vez imaginó.
Tan lejos como el Himalaya.
Catalina llegó al campo base del Makalu el 27 de abril para trabajar como médica de expedición para 14 Peaks Expeditions. Primero acompañó procesos de aclimatación y luego permaneció varios días en el campamento base.
Al llegar al Makalu supo que quería subir esa montaña
Pero desde el comienzo había dejado clara una intención.
Quería subir.
“Desde que salió esta oportunidad manifesté mis ganas de ir para arriba y finalmente me dieron la posibilidad”, cuenta.
Y así comenzó una experiencia extrema que todavía intenta procesar.
La madrugada del 9 de mayo inició el ataque a cumbre desde el Campo 3, ubicado a 7.400 metros. Lo que vino después fueron 22 horas brutales entre ascenso, cumbre y descenso hasta regresar nuevamente al campo base.
Nueve horas le tomó alcanzar la cima.
Pero el momento más impactante no ocurrió exactamente allí.
“Más que la cumbre, el momento más emotivo fue cuando llegamos al filo cumbrero”, relata.
Y entonces describe una escena que parece salida de una película de ciencia ficción.
“Se apareció toda esa inmensidad. Las nubes abajo, la luna, una nitidez increíble. Ahí entendí realmente dónde estábamos”.
Dice que en ese instante sintió que estaba en otro planeta.
Y probablemente no haya mejor definición para lo que ocurre arriba de un ochomil.
Porque en esas alturas el cuerpo humano empieza a entrar en una zona crítica. Cada movimiento cuesta. Respirar deja de ser automático. El cansancio es feroz. El frío, insoportable. Y la mente juega un papel decisivo.
Rumbo a la cumbre, con oxígeno suplementario por primera vez en su vida
Por primera vez en su vida, Catalina tuvo que usar oxígeno suplementario.
Y ese detalle se convirtió en una obsesión constante durante toda la travesía.
“Sabía que si se acababa el tubo iba a ser un problema muy serio”, admite.
Había dejado un tubo de repuesto varios metros debajo de la cumbre y mientras avanzaba hacia la parte más vertical del recorrido no podía dejar de pensar en eso.
“Mi cabeza daba vueltas todo el tiempo sobre lo mismo”.
La máscara dificultaba incluso hablar. La sensación de aislamiento era total.
“Mucha gente hizo cumbre el mismo día, pero la soledad se siente igual. Cada uno está haciendo un esfuerzo enorme por sobrevivir”, señala.
Esa frase resume bastante lo que representa un ascenso así.
Porque, aunque alrededor haya expedicionarios, sherpas o equipos enteros, arriba de los 8.000 metros cada persona queda sola frente a sí misma.
Y Catalina lo vivió intensamente.
“Faltaba un amigo, una amiga, alguien con quien compartir un chiste o esa complicidad que uno tiene cuando va al monte con su gente”.
En cambio, esta vez hubo muchísimo silencio.
Y muchísimo diálogo interno.
"Un pasito atrás del otro, frenar, respirar y seguir", decía la primera mujer en llegar a la cima del Makalu
“Pensaba: dale, keep going. Un pasito atrás del otro. Frenar, respirar y seguir”.
Así avanzó durante horas eternas sobre las cuerdas fijas instaladas por los sherpas, a quienes menciona con un respeto absoluto.
“Esta gente abre el camino para que después el resto podamos subir. Lo que hacen es impresionante”, agrega.
También habla del Himalaya como una experiencia profundamente espiritual.
No desde un lugar místico superficial, sino desde la introspección brutal que genera convivir durante semanas con la incertidumbre, el riesgo y el silencio.
“Tuve mucho tiempo para estar conmigo misma. Para meditar, escribir, leer, estudiar”, enumera.
Y en medio de ese proceso apareció algo inesperado: aprender a soltar el control.
Cuenta que en Nepal las cosas suelen resolverse a último momento, con dinámicas mucho más relajadas que las occidentales. Y eso la obligó a trabajar la paciencia.
“Me hizo practicar mucho esto de confiar en que las cosas se van a acomodar”, dice.
Pero también hubo momentos durísimos.
Porque el Makalu mostró su cara más salvaje durante la expedición.
“Tuvimos algunas muertes”, dice con seriedad.
Y entonces el tono cambia. “Muchísimo respeto por estas montañas gigantes”, sentencia.
El Himalaya, parece decir Catalina, no romantiza nada. No perdona errores y no distingue experiencia, nacionalidad ni preparación.
Por eso la sensación dominante después de semejante hazaña no es la soberbia. Es el respeto.
Y quizás también cierta humildad frente a lo inmenso.
Lo curioso es que, pese al impacto de haber hecho historia para el montañismo argentino, Catalina sigue hablando de otros sueños.
Sueños que no necesariamente están ligados a las grandes cumbres.
“Mis proyectos van más por la escalada en roca”, explica.
La esencia, siempre junto a la escalada y la montaña
Habla con entusiasmo de las Torres del Trango, en Pakistán. De grandes paredes técnicas. De El Capitán, la mítica formación de Yosemite, en Estados Unidos, que sueña liberar junto a su compañero de vida y de cordada.
Ahí es donde realmente siente que está su esencia.
“Aunque estos montañones gigantes tienen una movida internacional muy grande y generan muchas oportunidades”, reflexiona.
Ahora, después de un mes y medio en el Himalaya, la espera justamente eso: volver a escalar.
“Mi compañero me está esperando para arrancar un rock trip”, cuenta divertida.
Como si después de sobrevivir a uno de los lugares más extremos del planeta todavía quedara energía para seguir buscando paredes imposibles.
Quizás porque para Catalina la montaña nunca fue solamente deporte. Es una forma de vivir, una manera de entender el mundo y también de conocerse.
Mientras tanto, en algún rincón del Himalaya, el Makalu sigue ahí arriba, helado, inmenso.
Y en su cumbre quedó escrita una página inédita para el montañismo argentino.