Historias

El mendocino Martín Erroz unió el Océano Pacífico con el volcán más alto del mundo en 60 horas

El andinistaErroz pedaleó 700 kilómetros desde el nivel del mar, hizo cumbre en el Ojos del Salado y regresó al punto de partida casi sin detenerse. Una travesía impensada

El andinista mendocino Martín Erroz, de 50 años, es protagonista de una hazaña que asombró a la comunidad de montaña: salió el sábado a la medianoche desde Bahía Inglesa, en Chile, literalmente a cero metros sobre el nivel del mar. Su objetivo era tan simple como descomunal: unir el océano Pacífico con la cumbre del Volcán Ojos del Salado, el volcán más alto del mundo, con 6.893 metros de altura. Y volver.

Lo logró poco más de 60 horas después.

En síntesis: pedaleó desde Bahía Inglesa, en Chile, a la base del volcán Ojos del Salado, unos 350 km. Subió el volcán. Lo bajó. Tomó su rodado y regresó a la Bahía Inglesa. Todo en 60 horas.

La hazaña se supo hace pocas horas y la dio a conocer su hermano, el también andinista Matías Erroz, "Matoco", conocido por ser guía nada menos que del Everest. Escribió en una historia de Instagram: “Mi hermano ayer logró algo impensado, algo que estremece, algo imposible. Unir el Pacífico con el volcán Ojos del Salado, el más alto del mundo. En bicicleta y caminando. Hizo cumbre y está de regreso. Total, 760 km en bici y caminando”.

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Matías Erroz publicó en redes el logro de su hermano Martín.

Matías Erroz publicó en redes el logro de su hermano Martín.

En total fueron 760 kilómetros: 700 en bicicleta y 60 caminando en altura extrema. Pedaleó 350 kilómetros hasta la base del Ojos del Salado, emprendió los 30 kilómetros de ascenso hasta la cumbre -una distancia que a la mayoría de los montañistas les demanda un proceso de aclimatación de hasta 15 días-, descendió y volvió a subirse a la bicicleta para regresar otros 350 kilómetros hasta Bahía Inglesa. Salió el sábado y llegó el martes al mediodía. Casi sin parar.

Una locura. Un imposible. Pero real.

La montaña elegida tras inconvenientes en el Aconcagua

El Ojos del Salado está ubicado en la Cordillera de los Andes, en la frontera entre Argentina y Chile, entre la región chilena de Atacama y la provincia argentina de Catamarca. Es el volcán más alto del planeta y la segunda montaña más alta de América, apenas por debajo del Aconcagua.

Justamente el Aconcagua era el sueño original.

Erroz llevaba tiempo madurando la idea de unir el nivel del mar con la cumbre más alta de América. Quería hacerlo desde el Pacífico hasta el Aconcagua. Esperó durante todo enero y buena parte de febrero una ventana de buen clima. Pero la temporada fue inestable, con días nublados y problemas con permisos.

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Martín es mendocino y pertenece a familia de andinistas. A los 18 hizo la primera cumbre en el Aconcagua.

Martín es mendocino y pertenece a familia de andinistas. A los 18 hizo la primera cumbre en el Aconcagua.

Entonces tomó una decisión que para cualquiera sería un plan B, pero que en su lógica era simplemente otro desafío monumental: hacerlo desde Chile hasta el Ojos del Salado, la cumbre más alta de ese país y apenas unos metros más baja que el Aconcagua.

La travesía era incluso más exigente en términos de distancia en bicicleta y desnivel abrupto. Más frío. Más exposición. Más altura sostenida.

Más Erroz.

El antecedente que ya había estremecido a la montaña

Hace exactamente tres años, Martín ya había conmovido al ambiente andinista cuando salió desde su casa en Mendoza en bicicleta, recorrió 180 kilómetros hasta la base del Aconcagua, hizo cumbre sin asistencia y regresó 54 horas después.

En aquel momento llevó una mochila de 25 kilos, en modalidad “nonstop”, reivindicando la autosuficiencia en tiempos de expediciones asistidas. No buscaba récords, decía, sino desafíos personales. “Salí a comprar pan y volví 54 horas después”, bromeó entonces.

Lo que hizo ahora multiplica esa experiencia en escala y complejidad.

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Una de sus experiencias en la montaña y con su inseparable bicicleta.

Una de sus experiencias en la montaña y con su inseparable bicicleta.

Esta vez no fue completamente sin apoyo logístico: un amigo lo acompañó en camioneta y lo esperaba con agua y comida cada tanto. Sin esa reposición habría sido inviable. Pero la exigencia física fue brutal: más de 50 horas en movimiento casi continuo, con apenas un breve descanso antes del ataque a la cumbre.

Y lo hizo prácticamente con lo puesto.

El robo que casi frustra todo antes de la proeza

Hay un episodio que vuelve aún más increíble esta historia. En Los Andes les robaron todo el equipo. Todo. Menos la bicicleta. Lo dejaron con lo puesto.

Volvió a Mendoza, consiguió que le prestaran equipamiento y decidió seguir adelante. Esa adversidad no lo frenó: lo simplificó. Para el Ojos del Salado llevó lo mínimo indispensable en una pequeña alforja. Lo justo. Lo esencial.

6.893 metros después: la llegada triunfal

El ascenso al Ojos del Salado no es una caminata de montaña más. La altura extrema impone condiciones severas: hipoxia, frío intenso, vientos constantes y una exigencia cardiovascular que lleva al límite incluso a montañistas experimentados.

La mayoría de quienes buscan esa cumbre lo hacen en expediciones planificadas con días de aclimatación progresiva. Martín ya había trabajado su adaptación a la altura previamente y tiene una fisiología privilegiada para ese terreno. Aun así, subir 30 kilómetros en ese ambiente después de 350 en bicicleta es algo que escapa a cualquier parámetro convencional.

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Lo logrado esta vez por Erroz supera todo, aseguran en la comunidad de montaña.

Lo logrado esta vez por Erroz supera todo, aseguran en la comunidad de montaña.

La comunidad de montaña lo sabe.

Erroz no gritó récords ni habló de marcas. Hizo lo que suele hacer: fijarse un objetivo que parece imposible y avanzar hasta completarlo. En soledad mental, aunque haya apoyo logístico. En diálogo permanente consigo mismo.

De adolescente en la cumbre a los 50

La primera vez que Martín hizo cumbre en el Aconcagua tenía 18 años. Desde entonces lo ascendió en más de veinte oportunidades. Es geólogo, padre de dos hijos y parte de una familia profundamente ligada a la montaña.

A los 50, lejos de buscar comodidad, amplía la frontera de lo que cree posible.

Unir el nivel del mar con una cumbre de casi siete mil metros y regresar al punto de partida en poco más de 60 horas no es solo una proeza física. Es una declaración de principios: la montaña todavía puede ser un espacio de autosuperación radical.

El Pacífico quedó atrás. Los 6.893 metros quedaron bajo sus pies. La bicicleta volvió a rodar hacia el mar.

Entre la sal del océano y el hielo andino, Martín Erroz volvió a demostrar que los límites, a veces, son apenas una línea imaginaria en el mapa.

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