El boxeo es, en definitiva, una metáfora exagerada de la vida. Logros y traspiés que para el común son pequeñas circunstancias cotidianas, en el box son la gloria o el fracaso más absoluto. Entonces, si para el hombre común la jubilación parece un paraíso a alcanzar pero, cuando llega, se parece mucho al olvido y muchos buscan seguir en actividad "al menos para hacer algo", para el boxeador ese sentimiento de olvido, de ausencia, está potenciado al extremo. Y, para colmo, además de la falta de luces y aplausos, se le suma la falta de ingresos.

Son generalidades pero, si un hombre común termina su carrera laboral a los 65 años, un boxeador la culmina a los 35. ¿Qué hace el resto de la vida? Con poca preparación para afrontar otra actividad y quizás hasta con secuelas por su carrera, el resto del camino se hace cuesta arriba.

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1En su máxima expresión. Martín Díaz le da instrucciones a Yésica Marcos, quien, como de costumbre, cumple al pie de la letra el libreto planeado de antemano.

En estos días la ex campeona del mundo Yésica Marcos, contó las dificultades económicas por las que pasa y, después de vivir 3 años en Chile y 2 en San Luis, está regresando a su natal San Martín, Mendoza, para tratar de conseguir un trabajo, alquilar y con el sueño de volver al ring, ahora con 35 años de edad.

"La verdad es que muy pocos boxeadores mendocinos terminaron muy mal, pero también es cierto que muy pocos terminaron muy bien. La mayoría la pucherearon, después de dejar el boxeo", cuenta el periodista Raúl Adriazola, experto en este deporte y, guion seguido, acota que "salvo Nicolino Locche, ninguno cobró grandes bolsas".

Pero aún Nicolino no tuvo una vida fuera del ring demasiado holgada. "Algún conocido lo hizo invertir, por ejemplo, en una estación de servicio en donde no paraba nadie, pero su familia siempre estuvo cerca de él y el gobierno de Mendoza le dio una vivienda, lo que le permitió llevar una vida digna", repasa el periodista.

Justamente en Mendoza hay un ejemplo claro de las dificultades después del retiro de los boxeadores: Pascual Pérez. Medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres y campeón mundial durante 10 años, su vida fuera del ring se derrumbó. Había intentado ser representante, pero un traumático divorcio de su primera esposa y una sucesión de juicios lo dejó sin dinero. Terminó siendo empelado público en el Ministerio del Interior y, después, las crónicas periodísticas lo ubican como canillita y lustrador de zapatos en la calle Corrientes, en Buenos Aires. Murió el 22 de enero de 1977, cuando tenía apenas 50 años, debido a una insuficiencia hepática debido al alcoholismo.

En esta historia de olvido después de la gloria, también está la de Carlos Aro, campeón argentino y sudamericano en la década del 60, y también la de Juan Aguilar, con una carrera exitosa en el campo rentando entre el 70 y el 74. Ambos la pasaron mal después de retirarse y murieron en medio de dificultades económicas y necesitaron la ayuda de sus familias.

Sin duda la historia más recordado de gloria y ocaso del boxeo nacional, es la de José María Gatica, el Mono, quizás el ídolo popular más poderoso que ha tenido el boxeo argentino. Después de llenar el Luna Park como nadie lo hizo, el Mono tuvo un derrumbe precipitado y murió trágicamente a los 38 años, el 12 de noviembre de 1963, atropellado por un colectivo a la salida de la cancha de Independiente, donde había ido a vender muñequitos.

Buscando ejemplos de boxeadores que hayan tenido una mejor vida después de bajarse del ring, está la de Horacio Accavallo. Campeón del mundo entre el 66 y el 68, se retiró del boxeo ostentando ese título, administró bien sus ganancias y se convirtió en empresario.

Lo cierto es que a la mayoría de los boxeadores, como a casi todos, les cuesta dejar los aplausos y las luces del ring y llevar después una vida común y bien administrada.

Para colmo, ellos padecen las secuelas de la dureza de este deporte y suelen ser mal asesorados en sus momentos de gloria.

Para colmo, el mundo es cruel y tiene muy mala memoria.