Libros

Antonio Mercero desmenuza "El Infierno" de Carmen Mola: "El demonio es el hombre y está entre nosotros"

Antonio Mercero Santos es escritor y guionista español. Es uno de los animadores de Carmen Mola, suceso de la literatura en español, junto a Jorge Díaz y Agustín Martínez

Carmen Mola, uno de los últimos sucesos de la literatura en español, es un monstruo de tres cabezas.

Pero, a diferencia de la Hydra mitológica, su aliento no es venenoso ni tiene forma de serpiente, sino que la conforman tres probados escritores y guionistas quienes, tras recibir el beneplácito del público, ganaron, bajo este seudónimo, el Premio Planeta 2021 con La Bestia.

Han vuelto al ruedo rápidamente, pues publican, en promedio, un libro por año, con El Infierno, otra trama policial, ambientada históricamente en la segunda mitad del siglo XIX y con el aliento del demonio sobrevolando a todos los personajes.

Quien se encarga de darle voz en esta entrevista a Carmen Mola es uno de los animadores de la criatura tricéfala, Antonio Mercero Santos. Los otros dos, Jorge Díaz y Agustín Martínez, han sido tan afables y predispuestos, cuando nos ha tocado consultarlos, como nuestro interlocutor de turno, según se verá.

►TE PUEDE INTERESAR: El inagotable anecdotario de Oscar Peyrou, amigo de Borges, bisnieto del heroico y "homicida" coronel Olascoaga

Carmen Mola El Infierno.jpeg
Carmen Mola. El Infierno.

Carmen Mola. El Infierno.

Desde Madrid, su ciudad, Mercero Santos dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Antonio, es tan singular el fenómeno de que tres autores formados puedan coordinarse para darle tanta coherencia y homogeneidad de estilo a una autora como Carmen Mola, que no dejarán de preguntarles sobre eso, ¿no?

-Sí, sí. Ahí seguimos ahora con El Infierno y manteniendo ese misterio que tanto intriga a la gente respecto de cómo podemos mantener una unidad de estilo para que no se noten los cortes de la aportación de uno al otro.

-¿A ustedes también les pasa?

-A mí también me termina pareciendo, al final, un poco misterioso porque reescribimos mucho; nos reescribimos los unos a los otros, pero es verdad que queda como un barniz uniforme que impide que se noten las costuras.

-Pero cuando, por ejemplo, van a hacer un cambio de dirección en el argumento o corregir un párrafo o sacarle o ponerle un adjetivo a un personaje, ¿tienen que votar? ¿O alguien impone su voz? ¿Cómo es la mecánica?

-No. Nosotros siempre decimos que por un adjetivo aquí no se discute. Se discute, y mucho, por un giro de la trama. Eso sí, después de haber debates encarnizados.

-¿Y a partir de ahí que pasa?

-Una vez que está cerrada la trama, en una escaleta muy, muy estricta; en un mapa, porque, igual, tiene cien páginas el mapa de nuestra novela, escrito, detalladísimo, de lo que pasa en cada capítulo; una vez que eso está, decía, no lo cambiamos. Los giros de la trama ahí están y eso no se puede cambiar.

-¿Qué se puede cambiar, entonces?

-Lo que sí se puede cambiar, por supuesto, es un adjetivo, una frase, la expresión, el tono de un capítulo; si te parece que tu compañero se extravió un poco o se puso demasiado lírico o demasiado sentimental o demasiado barroco, también. No sé. Hay muchos excesos en los que puede caer un escritor.

-Eso mantiene la tensión del trabajo, ¿no?

-Ahí sí estamos vigilantes. Si no es uno es otro. Y ahí sí cambiamos. No pedimos permiso. Ya nos damos permiso. Muchas veces nos dicen que esto es un ejemplo de respeto entre Carmen Mola y los tres integrantes de Carmen Mola.

-¿Y es así realmente?

-A veces decimos que, en realidad, es un ejemplo de falta de respeto, porque nos faltamos al respeto constantemente, nos quitamos lo que escribió el otro y aquí nadie se enfada.

-Hace un tiempo, entrevistamos aquí a una escritora peruana, Gabriela Wiener, que propugna el poliamor. Lo de ustedes, literariamente, también es poliamor.

-(Ríe) Tiene algo de poliamor, sí, sí, porque estamos atacando la figura sacrosanta del escritor individual en su torreón, ofreciendo al lector su mirada del mundo. Eso es lo habitual y maravilloso. Podría equivaler, en esta metáfora, a la monogamia.

-(Risas) Ustedes no. Son polígamos.

-Nosotros somos tres; tres miradas que no tienen porqué ser iguales sobre las personas, sobre las cosas del alma humana o las tragedias universales de la vida. En esto no tenemos porqué tener la misma mirada entre nosotros.

-¿Cómo hacen, entonces, para que el resultado final no se disperse?

-La red de seguridad nuestra es la trama. Somos claramente tramistas porque es lo que nos permite defendernos. Esta trama está pactada y esto es lo que contamos, una historia llena de giros.

-¿Pero cuál es el límite de permisividad entre ustedes?

-Las miradas aparecen, ¿eh?, porque no hay un solo escritor que se pueda sentar a escribir dejando su esencia fuera del escritorio. Eso no existe. La esencia te acompaña a todas partes. Entonces algo sale de cada uno de nosotros. Sí, sí, eso es seguro.

Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero.jpeg
Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero.

Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero.

-¿Los tres viven en la misma ciudad?

-Sí, vivimos en Madrid los tres.

-Más allá de los momentos de trabajo, ¿se reúne con las respectivas familias o con amigos? Es decir, ¿tienen una relación ampliada fuera de la escritura?

-El sistema de trabajo nuestro es reunirnos mucho al principio, hasta que tenemos la trama cerrada, la caleta cerrada. Luego, ya cada uno escribirá en su casa y cada uno tiene su vida. A mí me gusta trabajar seis horas y no más. Jorge trabaja cinco u ocho, no lo sé. Cada uno hace lo que le parezca.

-Después de la novela anterior, La Bestia, ya aparece la foto de ustedes tres en la contratapa de los libros. Lo cual no quita que cada uno, como lector, pueda hacerse una imagen propia de Carmen Mola. ¿Cómo es la tuya? ¿Qué edad tiene tu Carmen Mola?

-Mi Carmen Mola tiene cincuenta años, es una mujer que yo me la imagino atractiva y con tatuajes por el cuerpo.

-¿Por qué tatuajes?

-Lo digo para desmentir esa imagen que a veces nos cuentan de una señora con su rebequita. No, no, yo me la imagino con tatuajes y tomándose una copita mientras escribe y pidiéndole a su marido que se ocupe de los niños, porque ella tiene que seguir escribiendo.

-¿Empieza a adquirir una vida propia?

-Es verdad que Carmen Mola va teniendo su entidad. Yo tengo la sensación de que es muy tirana con nosotros, que no nos deja extraviarnos demasiado, que nos obliga a escribir casi empuñando un látigo. Y no la podemos contrariar, porque se nos enfada.

-No es para menos, teniendo en cuenta cómo les va.

-Estamos a un ritmo de trabajo muy fuerte, de un libro por año.

-Si uno se guía por la última novela, El Infierno, es para imaginar como tatuajes de Carmen alguna calavera, algún tridente demoníaco.

-(Ríe) Puede que tenga alguna calavera o algún diablillo. Y es verdad que en El Infierno, más que en ninguna otra, casi tenemos al demonio como personaje; al menos como vehículo de reflexión.

-Buen punto ese, el demonio como vehículo de reflexión.

-Aunque sea para llegar a la conclusión de que el demonio es el ser humano, es el hombre y está entre nosotros. Esa es la conclusión de esta reflexión que se va tejiendo en El Infierno. Pero ahí realmente aparece como un personaje, como un enigma, un misterio de quién es el demonio del que se habla en este manuscrito y en esta novela.

-En una España tan llena de curas, ¿Carmen Mola es creyente, va a misa o es más chamánica?

-No, no, no. Carmen Mola no va a misa. Carmen Mola es perfectamente atea y también se felicita de que España esté siendo cada vez menos un país de curas.

-¿Cómo es el proceso este?

-Esto ya va cambiando. Ahora estamos en una crisis de vocaciones. Hombre, hay gente que por supuesto todavía profesa y va misa y todo eso. Pues muy bien. Pero no, no es un país de curas como lo fue hace no tanto España, un país católico practicante.

-Esta apertura se refleja también en el enfoque de la novela.

-En nuestras novelas sacamos religiones de otro tipo, religiones tribales, africanas; estamos sacando religiones caribeñas, el vudú, la de los yorubas, etcétera. Lo que queremos enseñarle también al lector es que la religión católica es una más; es igual de terrible que otras que, por sus ritos, pueden parecernos africanos, absurdos, incomprensibles porque, de pronto, le arrancan la cabeza a una gallina y la tiran a un puchero.

-¿Y a ustedes qué les parece?

-Puede parecernos eso terrible, pero es que la religión católica tiene rituales terroríficos también. Y el que profesa el catolicismo, no lo ve a veces, no ve lo terrible que es también su propia religión.

-Bueno, ustedes, los españoles, conocen bien las hogueras de la Inquisición.

-Sí, las hogueras inquisidoras e incluso los mensajes de una religión católica que es muy rencorosa, muy de la culpa, del pecado, de expiar esa culpa, de pagar por tus pecados. Es una religión francamente rencorosa que te pide cuentas, ¿eh?

-Hay, en la novela, mucho culto africano, mucha danza en la noche invocando a otras fuerzas. Es un ingrediente con un peso significativo en la trama. Para manejar estos elementos, ¿quién es el más demoníaco de ustedes tres?

-Yo creo que, de nosotros, ya que no está delante para refutarme, es Agustín (ríe). A él le gustan mucho esas cosas. Es quien suele ponerlas o sugerirlas

-Pero a vos no te molesta.

-A mí me gusta porque una reflexión que recorre todas nuestras novelas es la del mal, la violencia. El bien y el mal es el centro de la religión. Y no solo de la religión, sino también de todas las filosofías, de la moral.

Antonio Mercero.2jpg.jpg

-¿Cómo encarás esa problemática?

-Me interesa esa reflexión entre el bien y el mal; el bien encarnado en un Dios que puede ser una divinidad católica o divinidades paganas o el politeísmo o las religiones animistas o lo que sea; y el mal encarnado en el diablo. Eso forma parte de toda nuestra cultura y de casi nuestro día a día.

-El bien y el mal siempre están.

-Vayamos a misa o no, en nuestro día a día estamos gestionando todo el rato los dilemas morales de qué está bien, qué está mal, cuándo tengo una tentación, cuándo me paso de la raya, cuándo me siento bien conmigo, cuándo no. Por eso a mí me gusta.

-Se dice que ustedes han revivificado el thriller y la novela negra. Pero en sus libros hay bastante más que eso. El Infierno, además de su intriga policial, es una novela histórica y de costumbres sobre España y Cuba, es política, es una novela de amor y, también, sustancialmente, una novela de terror. De todos esos ingredientes, ¿cuál es el que más valoran sus miles de lectores?

-Yo creo que lo que más nos valoran a Carmen Mola es el ingrediente policíaco, de thriller, porque es lo que nos ha puesto en el mapa de la novela negra y lo que nos ha hecho ganar muchos lectores. Pero como ganamos el Premio Planeta con La Bestia, que es un thriller histórico, o sea, que es también en una novela histórica, ahí hemos ampliado mucho el número de lectores.

-Claro, comenzaron a impactar en otros géneros.

-Se nos están arrimando lectores que no son en sí fans de la novela policíaca, pero sí del retrato histórico. Y el siglo XIX español es una mina de historias maravillosas, creo que poco contadas, además.

-¿Cómo encontraron la veta del tramo final del siglo XIX?

-Por ejemplo, en El Infierno nosotros estamos destacando el hecho de que España fue una potencia esclavista. Y esto es algo que no se conoce en España. No se estudia en los libros de texto, en la escuela no se estudia. Parece que fue el esclavismo según los Estados Unidos, con los campos de algodón del sur.

-Es cierto, se pone el foco en otros países, en otras latitudes.

-Pero en España se abolió la esclavitud más tarde que en Estados Unidos. Fue el último país europeo en abolirla, el penúltimo del mundo occidental por detrás de Brasil. O sea, estamos hablando de una insistencia española en el esclavismo que no se conoce.

-No es común esa actitud, viniendo, sobre todo, desde allá.

-A mí me gusta la faceta de denuncia o de toma de conciencia de nuestra historia, sin proponer revisionismos ni nada, simplemente para reflejar que este es nuestro pasado también, ¿eh? O sea, no nos olvidemos de eso. Y no fue hace tantísimo, sino a finales del XIX.

-Este es un aspecto de su trabajo que no siempre se pone en relieve.

-La novela tiene también esa potencia, esa posibilidad de abrir los ojos a gente que vive en la ignorancia, porque no se nos cuenta esto, está silenciado.

-Hay un giro singular en la trama porque, estando ya todos los protagonistas en Cuba, llega un acaudalado norteamericano, que viene de luchar en su país a favor de la causa sureña, pero que en la isla propugna acabar con la esclavitud.

-Sí, intenta montar el mensaje de que hay que abolir la esclavitud, cuando ya hay mucho ruido en Cuba no solo por la abolición sino también mucho runrún independentista. Eso lo convierte en un escenario muy interesante porque es casi un espejo de lo que está pasando en España.

-Claro. Recordemos que el libro comienza por ahí.

-En la península también hay mucho runrún revolucionario para echar a los Borbones y para conquistar libertades. Y esto mismo está pasando en la isla, que es un lugar próspero, el más próspero, en realidad, de toda la Corona en ese momento.

-Con todo lo bueno y todo lo malo de la situación…

-Es que se esconde, por debajo de esos oropeles y de ese boato que hay en La Habana, la tragedia de la esclavitud y la realidad de que todas esas grandes fortunas, a las que llamaban la sacarocracia…

-Sacarocracia. ¡Qué oportuna palabra!

-Me gusta la palabra de la aristocracia del azúcar. Pues bien, la sacarocracia esconde el hecho de que toda esa riqueza está sustentada en la esclavitud.

-Llama la atención un dato. Como esclavos llevan a Cuba fundamentalmente africanos, pero también chinos, gitanos, etcétera. Y entre ellos, gallegos. ¿Por qué puntualmente de Galicia y no de otras comunidades de España?

-Esto pasó porque se prohibió el tráfico de esclavos y había barcos ingleses que interceptaban a los que venían de África llenos de esclavos. Entonces, para combatir esa prohibición, tenían que traer esclavos de otras partes. Se intentó con chinos, pero eran muy poco adaptables, se deprimían, se suicidaban, se ahorcaban con sus propias coletas.

-Esta vulnerabilidad de los chinos está muy prolijamente relatada en el libro.

-Claro, los chinos no soportaban ese clima, no soportaban la situación y había que traer esclavos de alguna parte para sostener el negocio. Entonces se empezaron a traer esclavos del norte de España, de las aldeas de Galicia y Asturias.

-¿Por qué de ahí?

-España estaba viviendo una crisis económica terrible y había muchísima pobreza en esas aldeas del norte. Entonces a un armador español que se llamaba Feijóo Sotomayor se le ocurrió llevar esclavos a trabajar en las plantaciones de azúcar; un poco engañados, porque ellos viajaban bajo la figura del colono asalariado.

-¿Cómo era esa figura?

-Era un contrato de trabajo, por lo tanto, ellos partían soñando con volver como indianos ricos, porque, claro, había mucha gente que iba Cuba y volvía como millonaria. Había allí una cosa muy aspiracional. Es un poco lo mismo que pasa hoy con la trata de mujeres: les prometen un trabajo como modelos o como actrices en España o en cualquier país europeo y terminan en las redes de la prostitución, esclavizadas.

-Eso nos resulta curioso porque en Argentina no distinguimos una comunidad hispánica dominante en la inmigración, si bien hay que reconocer que, popularmente, a todos ustedes, los españoles, les decimos gallegos.

-Es verdad. Supongo que es porque los gallegos emigraron más que desde otros lugares. Era un pueblo muy emigrante el gallego. Para allá fueron de todas partes en el siglo XIX, sobre todo desde el norte de España. Pero gallegos, desde luego, fueron muchos.

-¿Y la cuestión cubana cómo terminó?

-Esta trama de esclavos duró diez o doce años porque enseguida saltó el escándalo y aquellos se corrigió. Pero en aquella ocasión, el noventa por ciento de los que viajaron fueron gallegos.

-En buena parte del mundo son constantes las campañas en favor de la lectura. Una iniciativa en la cual ustedes son muy exitosos. No sé si merecen el calificativo de best-seller. ¿Cómo ha estado la cosa con esta nueva obra?

-La Bestia se ha vendido muy bien porque salió con el Premio Planeta y éste ya te garantiza unas ventas altas; incluso, yéndote mal, ya son altas para lo que se estila aquí. Pero, además ha sido un buen premio. Se ha vendido y se sigue vendiendo fenomenal. No ha parado todavía su recorrido.

-¿Y El Infierno?

-El Infierno salió en septiembre, si no me equivoco, en España; o sea, está todavía dando la vuelta al primer año. Y se está vendiendo muy bien también. Ya tenemos una buena masa lectora que está esperando nuestros libros y se arrima a estas historias.

-Como bien sabemos, El Infierno sigue un poco el estilo de La Bestia en cuanto a un thriller histórico con policial negro, pero con algunos agregados interesantes.

-Aquí le añadimos una historia de amor, como un homenaje al folletín, este género decimonónico, al que se le atribuye, casi peyorativamente, el término folletín.

-¿Cuál ha sido el interés de ustedes en rescatarlo?

-Nosotros lo reivindicamos porque nos parece que en el folletín está el germen de un montón de historias de lo que llamamos el culebrón o la telenovela. Esos son folletines que a la gente le encantan, esas historias de amor de dos personajes que se quieren dar un beso y un equipo de guionistas que lo impide una y otra vez (risas).

-Es ahí cuando uno llega al momento íntimo entre el chico y la chica y uno se pregunta: ¿cómo hacen los Carmen Mola? ¿A quién le tocan esas escenas? ¿Quién es el más ducho de los tres?

-(Ríe) Eso me ha tocado a mí.

-¡Sos el más cachondo!

-El más cachondo, sí. Mis compañeros dicen que yo soy el experto en amor y sexo.

-¿Y es verdad?

-Dicen eso de mí, no sé por qué razón. Ellos deben de tener una vida muy sobria en ese tema. Y la mía no es que sea un exceso o un desmadre, pero yo no le tengo miedo a escribir esas partes.

-¿Qué desafíos plantea?

-Intimida un poco escribir las escenas de sexo porque crees caer en el lugar común o la falta de buen gusto. Igual que las escenas de violencia. También ahí estás midiendo cuál es el límite del buen gusto y del regodeo. Tanto en la novela negra sangrienta, descarnada, como en la de sexo, casi opera la misma cautela. Tienes que encender las luces rojas enseguida y decir: cuidado, no te pases, a ver…

-Pero sin inhibirse…

-Claro. Tampoco seas tímido. No te pases ni por exceso ni por defecto. Y eso implica una complicación añadida a lo difícil que es escribir, en cualquier caso, pero ahí te estás asomando un poquito más al precipicio.

-Lo que pasa es que, en cuanto a las escenas de violencia, los hombres tenemos un talento infinito para inventar crueldades. Para las escenas de sexo, en cambio, da la impresión de que ya está todo hecho. En el cine, por ejemplo, ya no saben qué posición o situación inventar para darle algún atractivo.

-Sí, sí, es verdad. Es verdad que tienes la sensación de que ya está muy manoseado todo y hay que ver cómo consigues que la escena sea bonita, que sea original, que sea creíble, que gusta el lector. Ese es un reto, pero, bueno, también lo es a la hora de hacer una trama policiaca.

-¿Cómo te sentís frente a esto?

-Mi sensación también es que está tan manoseado ya el género, que es muy difícil hacer un modus operandi del asesino novedoso, una trama original, potente y compleja. Ya la influencia de las series de televisión, de las películas, del audiovisual es tal, que se complica muchísimo ser original.

-Es cierto, sobre todo en los géneros populares los caminos están muy transitados.

-Imagínate si, en una trama policial, quieres meter una escena de sexo también, hay un doble tirabuzón en la dificultad. Pero, bueno, es así. El reto se va renovando de novela a novela: a ver cómo lo hacemos para que esto quede original una vez más. Y es muy difícil, muy, muy difícil.

-Las novelas de ustedes ofrecen tramas muy ricas, son ideales para la pantalla. Ustedes ya han entrado al mundo del streaming. ¿Cómo va ese proceso?

Antonio Mercero.jpg

-Bien. De las nuestras de Carmen Mola ya hay dos que han sido adaptadas a series de televisión, La novia gitana y La red púrpura, que son los policiales contemporáneos protagonizados por Elena Blanco.

-¿Cuál te gusta más?

-De las dos, La red púrpura. Tanto la novela como la serie han quedado mejor en sus formatos. Las históricas son caras de adaptar. Aquí levantar una película o una serie es difícil. Hay que conseguir mucho dinero y si ya nos vamos al siglo XIX, es más caro todavía.

-Un colega, Pedro Straniero, nos dice que te preguntemos, ya que hablamos de la novela policial, si en ustedes vive la herencia de Vázquez Montalbán con su inefable detective Pepe Carvalho.

-Maravilloso personaje Pepe Carvalho. Yo creo que su influencia más directa en nosotros, en los tres Carmen Mola, es en nuestra vida real porque somos igual de disfrutones con la comida, con la vida en general como era él (risas).

-¿De qué manera, por ejemplo?

-Mantenemos ese disfrute en los viajes de promoción. Siempre nos enteramos de dónde se come verdaderamente bien para ir ahí. Hacemos eso, ¿no?, que es muy de Pepe Carvalho.

-¿Y respecto de Vázquez Montalbán?

-Él tiene una novela que mantiene ese punto disfrutón y humorístico, dentro de una trama que nosotros no cultivamos tanto, el humor. Y es una pena porque el humor a mí me parece esencial en todo, en la vida, incluso en el trabajo del escritor.

-¿Cómo es este aspecto en sus novelas, ya que estamos?

-En nuestras novelas el humor no entra demasiado. Entra un poquito, ocasionalmente, un brote costumbrista aquí y allá, algo más ligerito. Vázquez Montalbán lo usaba muchísimo más que nosotros y como un verdadero maestro.

-Se nota como un verdadero auge de la novela policial en España. En febrero entrevistamos a María Oruña, una de las autoras que lo ratifica. ¿Estás de acuerdo con esta sensación?

-Sí, sí, lo hay. María es una de las grandes. Gallega; gallega de Galicia, quiero decir. Es muy buena escritora y vende muchísimo. Junto a ella hay otras autoras como Susana Martín Gijón, que ambienta sus historias en Sevilla. Tenemos a Juan Gómez-Jurado y a Javier Castillo, que son los dos grandes vendedores de libros en España ahora mismo. O Mikel Santiago. Un montón.

-¿Cómo interpretamos este momento?

-Que, de pronto, el lector está leyendo novelas españolas porque antes el género era nórdico o la gran novela negra americana o las damas británicas, de la novela enigma, como P.D. James o Agatha Christie. Eran todos ellos quienes se lo llevaban.

-De pronto, como decías, el lector está prefiriendo al escritor español, algo que durante muchos años no pasaba. ¿Por qué?

-No sé porqué. Se le penalizaba al escritor de la tierra como si lo hiciera peor por ser español. Eso se terminó ya desde hace un par de décadas. Y está muy bien para todo nosotros (sonríe).

-Silvia, otra oyente, nos dice: qué importante sería si todos aplicáramos el mismo principio, que por un adjetivo no se discute.

-Es verdad. A mí me gusta que a Silvia le guste esa frase porque me parece una tontería discutir por un adjetivo. El escritor, ya sabemos que tiene un ego muy subido.

-¿También ustedes?

-Nosotros también. No somos rara avis. También tenemos el ego subido, sin ninguna duda. Pero sabemos distinguir muy bien en dónde hay que gastar las energías de la discusión. Y no se puede discutir absolutamente por todo.

-Pregunta localista. ¿Cómo están viendo ustedes la literatura argentina?

-Mi sensación es que la literatura argentina siempre está en un buen momento. Aquí, por supuesto, somos lectores de los grandes argentinos de toda la vida. Hablo de Borges, de Cortázar, de Bioy. Están en el canon mío y en el de cualquier persona culta.

-¿Y de las plumas actuales?

-Ahora mismo a mí me gusta mucho Mariana Enríquez. Me gustan Samantha Schweblin, Dolores Reyes. Se me han caído tres nombres femeninos porque las he leído últimamente y me parecen tres escritoras muy interesantes.

-Para cerrar esta amena charla, Antonio, ya que te considerás un discípulo de Pepe Carvalho en materia gastronómica, ¿cuál es tu plato preferido, ahí en España, país de tapas?

-Depende de dónde vayas. Si me voy al sur, a Sevilla, pues me tomo unos garbanzos con espinacas, que están muy ricos. En el norte, en el País Vasco, unos pimientos rellenos de merluza. Y si voy a sitios castellanos, desde luego un buen asado, pero eso ustedes también saben cómo prepararlos. O una legumbre, unas judías de El Barco de Ávila. O en Madrid, un buen cocido, ¿eh? Son palabras mayores.

►TE PUEDE INTERESAR: Pablo Semán explica porqué la vieja política, "intoxicada de verdades vencidas", no vio venir a Milei

Temas relacionados: