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El inagotable anecdotario de Oscar Peyrou, amigo de Borges, bisnieto del heroico y "homicida" coronel Olascoaga

Oscar Peyrou es escritor, periodista y crítico de cine entre otras actividades que desarrolla. Se lo considera un personaje bizarro, casi inclasificable

Oscar Peyrou, como escritor, periodista, crítico de cine, ha conformado un personaje muy singular. Bizarro. Inclasificable, se podría decir.

En su libro Antes de llegar, entendido como Una novela de relatos, va recorriendo los distintos vericuetos que han jalonado su vida. Colmado de digresiones, valoraciones arbitrarias y una prosa deliciosa, resulta una fiesta para cualquier lector.

Como comentarista de filmes, se convirtió en presidente de la Asociación Española de la Prensa Cinematográfica, pero su mayor notoriedad le llegó cuando empezó a firmar críticas en la revista valenciana Canibaal, ¡pero sin ver las películas!

Es descendiente de una rancia estirpe de militares, a los que detesta y admira al mismo tiempo. Su tío, el teniente -luego, coronel- Manuel José Evaristo del Carmen Olascoaga Giadas, ante la deserción de las autoridades, tuvo que hacerse cargo de la situación durante el devastador terremoto que asoló Mendoza, en 1861. Lo hizo con determinación y ferocidad.

Sus padres, Oscar Peyrou Olascoaga y Nélida Decoud Artigas, se salvaron de milagro durante el terremoto de San Juan, en 1944

Gracias a su tío Manuel Peyrou, picaflor y distinguidísima pluma, frecuentaba a Jorge Luis Borges y a Adolfo Bioy Casares.

Militó en la extrema derecha, en el ERP, en Montoneros y, tras la llegada de la dictadura en 1976, se afincó en Valencia, España.

Desde esa localidad hispánica, dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

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Antes de Llegar, de Oscar Peyrou.

Antes de Llegar, de Oscar Peyrou.

-Hola, Oscar. Haber llegado al final de tu libro implica tomar conocimiento de cuán relacionada está tu historia familiar con Mendoza.

-Claro, porque mi bisabuelo era Olascoaga.

-¡Nada menos! Y vos ahí contás de qué manera él fue un protagonista central del terremoto de 1861.

-Sí, porque mi bisabuelo era teniente, supongo, en esa época. Y sus jefes huyeron cuando fue el terremoto. Entonces él se quedó a cargo de la guarnición.

-En un momento de extrema angustia.

-Empezaron los saqueos, las matanzas y los robos; todo eso que suele pasar con los terremotos. Entonces él se puso a cargo de la defensa de la de la ciudad, más o menos.

-Lo cual no era nada fácil, dadas las circunstancias.

-A través de latigazos, de ejecuciones sumarias sin juicio y todo eso, logró mantener la paz. Y cuando fue a ver a sus padres a la casa donde vivían, se encontró que estaban los dos muertos y que había un tipo que les estaba robando. Le estaba cortando un dedo al padre para robarle un anillo.

-Tremenda situación. Está contada en el libro.

-(Sonríe) Mi bisabuelo mató al hombre y yo no sé si terminó él cortándole el dedo a su padre o no, pero la cuestión es que se hizo cargo del anillo.

-Que terminó pasando de uno a otro.

-Claro. Después el anillo me lo pasó mi padre a mí y en España me lo robaron. Pero, bueno… Era un anillo muy bonito.

-Lo contás bien, sobre el final del libro, en un capítulo que se llama “El anillo de los terremotos” justamente.

-Sí, exactamente.

-Lo que llama la atención es que, en un poquito más de una página, hacés un retrato de tu bisabuelo que es extraordinario. El personaje merece una novela. Decís que fue militar, pintor, dramaturgo, dibujante, ensayista, político, novelista, homicida, explorador, periodista y topógrafo. ¡Todo eso!

-Sí, sí. Era como un personaje renacentista porque, al mismo tiempo que mataba indios y mataba a estos criminales o delincuentes en el terremoto, pero sin un sumario previo, sin ningún tipo de ley; al mismo tiempo que hacía eso, le encantaba la música.

-¿Qué tipo de cosas hizo al respecto?

-Cuando fundó Chos Malal y fue el primer gobernador del Neuquén, lo primero que hizo fue fundar una escuela de música porque, además, tocaba varios instrumentos y dibujaba muy bien. Yo tengo varios cuadros de él. En fin, un tipo rarísimo, rarísimo.

-Con influencia más allá de nuestras fronteras, ¿no?

-Una vez fui a un festival en Chile, al sur de Santiago, por la Araucanía. Y me invitaron a comer con el director de un banco. El directorio me regaló esos libros institucionales que se hacen con fotografías de la ciudad, el origen y todo eso. Lo primero que vi fue un grabado cuyo título era “El Parlamento de Hípinco”.

-¿Qué era eso?

-Empecé a averiguar y era un parlamento que hubo entre el coronel Cornelio Saavedra (Rodríguez), que era sobrino del Cornelio Saavedra de la Primera Junta, que se fue después a Mendoza.

-¿Y cómo engancha la cosa con tu bisabuelo?

-Este hombre, Saavedra, hizo un acuerdo con los indios para pacificar la zona. Entonces empiezo a mirar bien y veo que, de repente, aparece escrito: este grabado lo hizo el coronel argentino Manuel José Olascoaga. ¡O sea que estaba ahí, el tipo! Yo no sé cómo (ríe).

-Ubicuo, el bisabuelo.

-Estando ahí, como te decía, se dibuja a sí mismo dibujando el cuadro. Es decir que aparece al lado de Saavedra un tipo con barba, con su cara, haciendo un dibujo que es el dibujo que estamos viendo nosotros. Muy ingenioso, además.

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Manuel José Evaristo del Carmen Olascoaga Giadas, bisabuelo de Peyrou.

Manuel José Evaristo del Carmen Olascoaga Giadas, bisabuelo de Peyrou.

-Por otra parte, don Manuel José Evaristo del Carmen Olascoaga Giadas, porque ese es el nombre completo de tu bisabuelo, participó de la Campaña del Desierto con Roca, ¿no?

-Sí, sí. En realidad, creo que él fue uno de los organizadores porque era uno de los que conocía más la zona. Le gustaba mucho la exploración. Recorrió toda esa zona de Mendoza hacia el sur, pasando por Neuquén y Río Negro.

-Anduvo por distintos lados, como Chos Malal y Neuquén, vivió un tiempo en San Fernando, cerca de Buenos Aires, pero volvió a Mendoza para morir.

-Sí, volvió a Mendoza, porque él murió en 1911. Creo que estuvo diez años, más o menos, en San Fernando.

-¿Y es cierto, como vos contás, que allí tenía una casa gris, baja y amplia, donde dormía la siesta custodiado por un jaguar y un mono?

-Sí. El jaguar estaría en una jaula, me imagino, o atado a algo. El mono jugaba con un plato de lata, me contaba mi padre. Serían regalos que le habían hecho algunos amigos de él, supongo. Pero era un tipo muy curioso.

-Ni que lo digas. Se ve que ustedes estaban relacionados con los temblores de tierra. Ya hablamos del episodio del anillo, con tu bisabuelo, en el terremoto mendocino de 1861. Pero después tu papá se va a San Juan con tu mamá, con su familia, y allí ¡lo agarra también otro terremoto!

-Exactamente. Un año antes de que yo naciera, ellos se casaron. A mi viejo lo nombraron en el Ministerio de Obras Públicas de San Juan, me imagino, porque era arquitecto. Entonces nos trasladamos para allá.

-¿Cómo los agarró el terremoto, en qué circunstancias?

-Ese día, estaban comiendo en la casa de unos amigos, en una finca fuera de la ciudad. Por eso se salvaron porque, a los dos días, cuando pudieron volver, su casa estaba deshecha. ¡Mirá qué casualidad! Y tenían el anillo en ese momento. Por eso yo lo llamo “el anillo de los terremotos” (risas).

-¿A vos te queda alguna relación con Mendoza?

-Con mi primo Mario Olascoaga, que es abogado. El padre era médico. También lo conocí. Y a los hermanos. Por lo tanto, tengo primos ahí. Todos los Olascoaga de Mendoza son primos míos.

-A lo largo de las más de cuatrocientas páginas de tu libro, hay algunos temas recurrentes, como los rollos que tenés con tu familia. Por ejemplo, en un momento describís un sentimiento ambivalente. “La náusea -decís- sube como un licor pegajoso entre mi odio y la admiración de mi padre por los militares”.

-Claro, porque mi viejo era un gran admirador de los militares, no sé si por problemas de familia, porque el padre de él (Antonio Peyrou) era abogado; pero su abuelo, por parte de madre, era el coronel Olascoaga.

-¿Pero cómo se forjó ese sentimiento de tu padre?

-Él trabajaba en una escuela militar. Era arquitecto, pero también era profesor de Matemáticas. Y siempre me llevaba a los desfiles.

-¿Cómo lo fuiste absorbiendo vos, entonces?

-Cuando ya fui más grande y vino la dictadura, yo me empecé a alejar del tema heroico e idealizado de las armas y de todo eso.

-Parte de un ambiente que te resultaba familiar.

-En mi casa siempre había armas de mi bisabuelo o de mi abuelo. El padre de mi padre estuvo con la revolución del '80, en Buenos Aires. Entonces tenía un fusil, un Remington de caballería.

-También solés citar la espada de tu bisabuelo.

-Era una espada que le regalaron como premio en la batalla de Las Playas. Había también un puñal, una bayoneta. No sé, había muchas cosas que andaban por ahí. Y un plano de todo el territorio ese que, supongo, sirvió para la conquista del desierto y que está en este momento en el Museo del Pasado Cuyano. Hay una sala dedicada a Olascoaga.

-Con tu madre también tenés un entripado. Recordás que su familia, los Decoud, venían de Bretaña y Francia, llegaron al Paraguay en el siglo XVIII. Y apuntás que era una familia un poco amoral, como si se sintieran dueños del país; tenían hijos naturales, había delincuentes entre ellos, próceres, traidores, ¡de todo!

-Claro, sí, sí. Eran todo lo contrario a la familia de mis viejos donde, por ejemplo, se valoraba mucho la honestidad, la rectitud, todo eso. En cambio, en la familia de mi vieja, era terrible.

-(Risas) ¿De qué manera eran distintos?

-Los Decoud están en el Panteón de los Héroes, en Asunción. Eran próceres del Paraguay. Uno fue el fundador del Partido Colorado y fue vicepresidente del país. Fue también uno de los autores de la Constitución. Y era gente que tenía mucho dinero.

-Y muchas otras cosas también, ¿no?

-Había de todo, porque me contó mi madre, por ejemplo, que a uno de ellos, no sé quién, uno de sus abuelos o bisabuelos, lo mandaron a Londres, antes de la guerra del Paraguay, a comprar armas. Fue en el Vapor de la Carrera, como se llamaba, que salía de Asunción, pasaba por Buenos Aires y después seguía para Europa.

-¿Y qué hizo el hombre?

-Ahí, el tipo, en el viaje entre Asunción y Buenos Aires, se jugó el millón de libras esterlinas que le habían dado, a las cartas. ¡Y después desapareció!

-¡No te puedo creer! ¿Pero ganó o perdió?

-Habrá perdido, me imagino. O habrá ganado. No sabemos. Por las dos causas pudo haber desaparecido (risas). Después, otro estaba de embajador de Paraguay en París y un día le dijo a la mujer que se iba a comprar cigarrillos y no volvió más. Desapareció también.

-¡Qué colección tan distinguida!

-Eran tipos muy, muy contradictorios. Había gente muy honesta y gente completamente delincuente.

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Otra imagen bizarra de Peyrou, en este caso de la publicación El Español.

Otra imagen bizarra de Peyrou, en este caso de la publicación El Español.

-Hay que reconocer que, gracias a tu tío Manuel Peyrou, frecuentaste bastante a Borges, aunque no abusás de él en tu libro.

-Sí. Yo lo conocí mucho porque solía comer con él. Íbamos con mi tío cuando salía de su trabajo en el diario La Prensa. A veces nos juntábamos con Borges y con otros amigos de él; y otras veces con Borges, solamente.

-Deben haber sido encuentros para atesorar.

-Tengo una historia graciosa con Borges. Resulta que mi primera novia era una tipa bastante más grande que yo. Era abogada y yo tendría dieciséis años o algo así. Entonces me llevó a Miramar y a la vuelta me dejó.

-Terrible. Te dejó tirado.

-Sí. Habré estado tres meses con ella. Yo quedé deshecho.

-En fin, no habías satisfecho las expectativas, Oscar.

-No, para nada. Yo era un desastre (risas).

-¿Y qué tiene que ver Borges en todo esto?

-Como yo lo admiraba mucho a mi tío, porque él y Bioy (Casares) eran los dos tipos que tenían más éxito con las mujeres que yo conociera…

-Sí, con fama de tremendos, ambos dos.

-Eran tremendos. Eran terribles. Entonces le conté a mi tío, mirá qué ingenuidad. Le pregunté: ¿puedo decirle a esta chica que venga a comer con vos y vos tratás de convencerla para que siga conmigo?

-Jugándote todo por el todo. ¿Y qué dijo el tío Manuel?

-¡Dale, dale, decile que venga!, me respondió. Y resulta que justo ese día, lo llamaron a último momento y fueron a comer con él Bioy y Borges. Entonces, esta chica se encontró, ahí sentada, con mi tío, con Bioy y con Borges, como si fuera un tribunal.

-¡Qué bárbaro! ¿Y cómo resultó la cosa?

-Al día siguiente, mi tío me dice: olvídate, no hay nada que hacer (risas).

-Hay una anécdota que vos referís que es una preciosura. Resulta que tu tío va caminando con Borges por Florida y delante de ellos marcha una mujer espectacular. Entonces Manuel le dice a Borges: “Apurémonos, la única esperanza es que sea fea de cara”.

-(Risas) Sí. Era muy gracioso mi tío. Borges lo llamaba “el ingenioso”. Así que imaginate cómo sería para que Borges, que era un genio absoluto, el tipo más inteligente que yo conocí en mi vida, lo llamara el ingenioso.

-Ahora bien, las anécdotas de Manuel con las mujeres son para recopilar en una enciclopedia del donjuanismo. Son desopilantes. Era un picaflor irredento.

-Claro. La mitad de las veces que iba con una tipa se pasaba la noche en el balcón porque aparecía el marido y tenía que esconderse. ¡Era una cosa increíble las cosas que le pasaban a este hombre!

-Bioy Casares tenía un porte distinguido y era muy pintón. ¿Tu tío también?

- Sí, era bastante pintón. No se parecía a mí (risas).

-Manuel era un escritor con una prosa muy depurada. Sorprende, entre otras cosas, su enorme capacidad para describir personajes. Vos has conservado esa cualidad. Tenés un don de pintor para retratar a alguien en distintas circunstancias, ya sea en el subte, en un bar, en el Festival de Cannes, donde te encontrés.

-Te agradezco mucho. Se ve que sos muy inteligente (risas).

-Yo también te agradezco. Y si se trata de retratar a Oscar Peyrou, muchos te definen como un personaje excéntrico, bizarro. Sin embargo, en cada escena que aparecés en tu libro estás como distanciado, como en un segundo plano. Algo así como si no terminaras nunca de estar en ese lugar, ¿no?

-Claro, porque yo me considero un hombre vivo y un escritor póstumo.

-Pero es un matiz existencial lo que se desprende.

-Eso puede ser por la timidez. Es una manera de la timidez estar como alejado. Siempre me gustó. Mirá, el ideal de mi vida era ser un agente secreto.

-¿Cómo sería el Oscar Peyrou agente secreto?

-Un tipo que conoce todo, sabe todo, pero que no interviene directamente en la situación.

-¿De dónde te viene?

-Eso creo que me lo transmitió mi tío, porque él vivía en la calle Esmeralda, en el centro de Buenos Aires. Y a la vuelta de su casa, hablaba siempre con un portero húngaro. Entonces, en una de las veces que pasaba, ve que había un montón de gente ahí en la puerta. Pregunta y le dicen que había muerto el portero.

-¿Cómo tomó la noticia?

-Él se queda mirando ahí, esperando, ya que hablaba siempre con el hombre, porque era un tipo muy culto. Entonces resulta que aparecen varias personas bien vestidas.

-¿Por el portero? ¿Quiénes eran?

-Era gente de la Embajada de Hungría. Y le dicen a mi tío que este hombre, el portero, era un príncipe húngaro que se había exiliado con la Revolución Rusa, que había recalado en Buenos Aires y que había conseguido trabajo de portero.

-¡Mirá vos! ¿Y Manuel nunca lo sospechó?

-El tipo nunca le dijo a mi tío que era un príncipe húngaro. Siempre hablaban de tonterías, de las cosas que puede hablar un portero. Entonces, ese era como un ídolo para mí. O sea, un tipo que no habla de lo que de lo que es, sino que disimula, digámoslo, como si fuera un impostor.

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El

El "tímido" Oscar Peyrou.

-Ok, Oscar, vos decís que sos tímido, pero le jugás bromas extraordinarias a la gente. Contás, por ejemplo, de un curso, creo que en Pakistán, donde no sabías el idioma y a los pibes le salías con cualquier cosa, pero manejabas la situación. Lo mismo con algunos funcionarios en otras circunstancias. En verdad, tenés el talante de un bromista experto y bastante loco.

-Sí, sí, bueno… Gracias a eso conseguí trabajo en España, también.

-¿Cómo fue la cosa?

-Yo llegué a España a fines del '76, sin conocer absolutamente a nadie.

-Claro, después del golpe militar y tus militancias un tanto incómodas.

-Entonces hablé con dos o tres periodistas que había ahí y nadie me daba bola porque estaban muy preocupados. No había trabajo y no sé qué.

-¿Cómo te las arreglaste, entonces?

-Me dije: ¿quién es el tipo más poderoso en el mundo del periodismo acá? Me respondieron que Manuel Fraga Iribarne, que había sido ministro de Franco y que después tuvo un papel importante en la transición.

-¿Pero cómo hacías para llegar a él si nadie te daba bola?

-Se me ocurre llamarlo por teléfono. Busqué en la guía y aparece el nombre de un despacho donde él aparentemente trabajaba. Llamé. Me atiende la secretaria y le digo: ¿está el señor Fraga? ¿De parte de quién?, me pregunta. De un periodista argentino, respondo yo.

-Ahí creyó que le querías hacer una entrevista.

-Claro. Entonces me lo pasa y el tipo me dice: si viene en menos de una hora, puedo, porque si no me tengo que ir a Bruselas. Salí corriendo.

-¡Qué capo! ¿Cómo te trató?

-No me dejaba hablar, era una cosa terrible, un dictador de la palabra. Hasta que, en un momento dado, me mira y me dice: pero usted ¿qué es lo que necesita? ¿Quiere trabajo? Mirá qué inteligente el tipo, ¿no?

-La cuestión es que, finalmente, gracias a tu audacia, conseguiste trabajo en la agencia española EFE.

-Empecé a trabajar a la semana de llegar, cuando había amigos míos argentinos que hacía un año que estaban buscando trabajo ahí y no conseguían nada. Y yo lo logré a través de esa triquiñuela.

-Entonces, Oscar, disculpame. No me digás que sos tímido. ¡Fuiste un caradura total!

-Bueno… soy tímido en algunas cosas; en otras, no tanto (risas).

-Hay un capítulo clave para conocer tu itinerario personal. Está por la mitad de libro. Se llama “1966” y contás todo tu derrotero político en la Argentina. ¡Empezaste militando en la Guardia Restauradora Nacionalista! ¿Cómo trazaste ese arco para terminar en Montoneros?

-Es lo que descubrí cuando yo llegué a España, porque yo empecé con esto cuando tenía quince años.

-¿Qué te atrajo en ese momento de la Guardia Restauradora?

-Lo que me gustaba era un distintivo que tenían. Era como un águila dorada con una estrella federal en el medio. Era muy bonita la insignia. Y no sé por qué más. Había un amigo mío que estaba ahí.

-Te metiste ahí. ¿Y qué hacían?

-Las cosas que hacíamos era, por ejemplo, ir a la Embajada Rusa y tirar una bomba molotov. Pero estaba todo arreglado con la policía.

-¿Cómo?

-El policía que estaba en la puerta de la embajada se iba a la esquina, tirábamos la bomba, el tipo volvía y nosotros nos íbamos.

-Se entiende, porque la Guardia Restauradora era una formación de derecha.

-¡De ultraderecha! Después, cuando fue la Revolución del '66 de Onganía, me detuvieron en una manifestación que hubo contra el sistema en la facultad. Me tuvieron una semana preso y después me sobreseyeron.

-Ahí ya tenías la cabeza en otro lado.

-En esa semana conocí a unos tipos que eran de ultraizquierda; muy de izquierda, trotskistas. Me hice amigo de ellos y me empecé a meter hasta que fundamos una organización que formaba parte del PRT, el Partido de Revolucionario de los Trabajadores.

-¡Que, a su vez, era del ERP!

-Del ERP, claro. Y después me relacioné con Montoneros, para hacer cosas de prensa.

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Peyrou ahora vive en España.

Peyrou ahora vive en España.

-¿Y de qué te diste cuenta al llegar a España?

-El día siguiente que llegué a España, me desperté tristísimo.

-¿Triste cómo?

-“Qué triste -pensaba-. Nadie me persigue”. Entonces me di cuenta de que todo había sido como una farsa porque, claro, en realidad, a mí la política no me interesaba tanto.

-¿Qué te interesaba?

-Lo que me interesaba era la aventura. Y eso explicaba que pasara de partido en partido, aunque fueran antagónicos.

-Tu anecdotario es infinito. Imposible detenerse en cada detalle. Al azar podría recordar esa noche que pasaste, junto a tu mujer, en una cabaña de Maun, en África, aterrorizados ambos por una enorme araña que pendía del techo de paja. Fue la aventura en una habitación.

-Fue una cosa terrible porque estaba justo arriba de mí. Me dije: yo no puedo dormir con una araña ahí, que se descuelga y no sé qué. Quería matarla, pero no llegaba subiéndome a la cama.

-Era una situación kafkiana, sí.

-Entonces puse un banquito arriba de la cama, pero si me subía, el banquito se movía para todos lados como un barco. Finalmente, me jugué el todo por el todo. Pegué como un salto y con una zapatilla le di y la maté.

-Has andado por todo el mundo, sos un gran viajero, peregrinás por los festivales. Y has llegado a ser modestamente famoso porque, aun siendo presidente de la Asociación Española de la Prensa Cinematográfica, empezaste a escribir críticas para la revista valenciana Canibaal, ¡pero sin ver las películas! ¿Cómo es eso, cómo es tu método?

-Eso fue porque una vez estaba en Cannes y yo era amigo del director mexicano Arturo Ripstein. Estábamos tomando algo y me dice: supongo que vas a ver mi película. ¿Pero cómo voy a ver tu película si soy amigo tuyo?, le respondí.

-Un acto de sinceridad para con Arturo. ¿Cómo siguió la cosa?

-Le propuse: te hago la crítica, pero sin verla, a ver qué te parece.

-¿Y? ¿Cómo resultó la cosa?

-Al día siguiente se la llevo y me dice: es la mejor crítica que me han hecho en mi vida. ¡Entonces ahí descubrí que no hacía falta ver las películas para hacer críticas! (risas).

-Pero algunas películas ves, ¿no?

-Algunas he visto, sí. Pero con las otras, si me gustaba el título, me gustaban los actores o el cartel, entonces me imaginaba que eran buenas y listo.

-Un acto revolucionario que está plasmado el documental En busca del Óscar, que hizo Octavio Guerra. Hasta acá llegamos. Nos encantó conocerte, nos encantó tu libro y también esta preciosa charla. Un gran saludo.

-Te agradezco muchísimo. Un abrazo muy, muy, muy, muy fuerte y muchísimas gracias por la oportunidad que me dieron. Y un saludo a todos los mendocinos, que tienen la única provincia importante que hay en la Argentina.

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