Libros

Alia Trabucco Zerán expone, con ojos de empleada doméstica, las violencias de clase de una familia "normal"

Voz floreciente de la literatura latinoamericana, la narradora y ensayista chilena Alia Trabucco Zerán, ha publicado la novela Limpia, un retrato notable sobre una joven que llega a la capital trasandina para trabajar como empleada doméstica en una familia acomodada

En una región como Latinoamérica donde las voces femeninas de la literatura florecen, en estos tiempos, con un vigor inusitado, Alia Trabucco Zerán, chilena, de Santiago, destaca con una temática singular.

Su nueva -y ponderada- novela es Limpia. Pero ya había irrumpido con fuerza en 2014 gracias a La resta, su primera obra de ficción que le valió ingresar en la lista del Man Booker International y recibir el Premio Mejor Novela Inédita del Ministerio de las Culturas de Chile.

Le siguió un ensayo, Las homicidas (2019), donde contó la historia de cuatro mujeres que protagonizaron homicidios muy resonantes en su ciudad.

Alia Trabucco Zerán1.jpg
Las Homicidas, historia de 4 asesinatos resonantes, de Alia Trabucco Zerán.

Las Homicidas, historia de 4 asesinatos resonantes, de Alia Trabucco Zerán.

►TE PUEDE INTERESAR: La ecuatoriana Natalia García Freire y su originalísima escritura como portal de pasaje a otro mundo

Ahora en Limpia le otorga voz, en primera persona, a Estela, una joven oriunda de Chiloé que se traslada a Santiago para desempeñarse como empleada doméstica, cama adentro, de una típica familia de la clase acomodada chilena.

El retrato es notable, tanto por la comprensión de cada uno de los personajes como del entramado social que sustenta las relaciones. Angustias, dolores profundos, envidias, odios y afectos en inevitable tensión, miserias y gajes del oficio, y una muerte que se anuncia en el comienzo mismo del libro, conforman una trama imposible de soltar desde la primera a la última página.

Desde su Santiago natal, Alia dialoga -por segunda vez- con el programa La Conversación de Radio Nihuil junto a Esteban Tablón y Paula Jalil.

-Alia, tu libro anterior, el ensayo Las homicidas, era muy fuerte. Limpia, como novela, también. Uno va siguiendo la trama desde el comienzo con el corazón en la boca.

-Eso me han comentado. Y bueno, de pronto sale escribir así, algo que tiene que ver con las entrañas y con el corazón en la garganta. Creo que sí, efectivamente, tienen ese punto en común esos dos libros.

-Claro, porque en este caso, la protagonista, Estela, que llega desde el sur de Chile a Santiago para trabajar como empleada, como nana cama adentro, ella misma anuncia, desde el inicio, que hay una muerte. Esto tiñe toda la trama, ¿no?

-Sí, totalmente. En el monólogo de esa empleada puertas adentro, como se dice por acá, o cama adentro, como se dice por allá, ya en el segundo párrafo anuncia bueno… aquí estoy… la niña está muerta. Y eso marca una estructura en la novela, establece una especie de intriga.

-¿Estructura de qué tipo?

-Como thriller, de alguna manera. Pensé que esa estructura resultaba útil para hablar de otra cosa (ríe).

-Una plataforma de partida…

-En el fondo está esa intriga de querer saber qué fue lo que ocurrió con la niña, si acaso ella ha estado involucrada o no. Pero las 200 páginas del libro no se tratan de eso.

-No. Definitivamente.

-Eso se resuelve en un párrafo sobre el final y, en realidad, el libro se trata del trabajo repetitivo de esta mujer en esa casa, donde vive esa familia. De su lugar en esa familia, de su mirada sobre esa familia.

Alia Trabucco Zerán2.jpg
Octubre de 2022. Alia Trabucco premiada por Las Homicidas.

Octubre de 2022. Alia Trabucco premiada por Las Homicidas.

-¿Qué pasa, entonces, con el lector?

-Entonces es como una estructura que fuerza al lector, a la lectora, a escuchar esa otra historia; la historia del trabajo de esta mujer que, de lo contrario, no sé si muy cómodamente se escucharía.

-Lo que pasa es que, como vos decís, ya al principio se sabe que la niña está muerta y eso se te clava como una espada de Damocles sobre la nuca que te acompaña todo el relato.

-Sí. Así funciona con la angustia de saber que eso va a ocurrir al final. En ese sentido, Limpia es una novela que no hace trampa. Quiero decir que la niña efectivamente está muerta. No es algo que luego se va a resolver de otra manera. Y están el porqué, el cómo, el quién. Es decir, como espada de Damocles, en torno a esas preguntas, queda como en el horizonte. Se trata de otra cosa. Responde a otras preguntas que no están relacionadas específicamente con esa muerte.

-Lo que resulta muy llamativo, también, es tomar conciencia, minuciosamente, de todo lo que hace, lo que siente, lo que internaliza una empleada en el día a día, en la rutina de una casa que no es la suya.

-Sí, claro. Es una novela donde lo que hago es contar la historia de la vida de esa mujer durante los siete largos años que trabaja en esa casa de una familia acomodada aquí en Santiago, en el Chile contemporáneo. Y ese día a día finalmente es un hora a hora; y ese hora a hora es también un minuto a minuto.

-Descrito con una calculada emotividad.

-Está narrado en una primera persona tremendamente autoconsciente. Es un personaje que, en ese sentido, rompe con las expectativas de cómo se supone que tiene que hablar una empleada o cómo tiene que mirar el mundo una empleada.

-Una mirada aguda, penetrante…

-Ella está perfectamente consciente de su lugar, pero también tiene una especie de hiperconciencia de esas actividades; de lo que es levantar la basura y sacarla o cocinar y picar una cebolla o desempolvar la casa. Y luego volver a preparar un desayuno y luego volver a preparar un desayuno y volver a preparar un desayuno.

-Abrumador…

-En esa especie de rutina enloquecedora se trata también la subjetividad de esta mujer que tantas veces, como bien dices, vemos, está ahí, pero no dimensionamos la envergadura de esa labor.

-Una labor importante, que no resulta gratuita, finalmente.

-Se trata de la importancia, por un lado, del tipo de labor que es. Pero, a su vez, de lo que esa labor le hace a un cuerpo. Lo que esa labor le hace a una subjetividad.

-Eso se nota, por ejemplo, en las manos de ella, porque no es lo mismo estar siete años lavando, fregando, limpiando el polvo, que poniéndose cremas y yendo a la manicura.

-Sí, totalmente. Es algo que trabajé muy conscientemente en el libro y es bonito que lo menciones. Es lo que se puede decir sin palabras. Se puede decir a través de las cosas. Hay mucho de eso porque la familia se vincula con ella sin hablarle, por ejemplo, dejando objetos como un calcetín que tiene un agujero y ninguna instrucción. O simplemente dejando las compras sobre la mesa y ninguna palabra, ningún lenguaje que vincule.

-Esta manera de relacionarse entre ellos es clave.

-Todo este universo de lo que se dice sin lenguaje, sin palabras, es algo que me pareció muy bonito de recorrer porque, claro, está en los objetos, pero también está en el cuerpo. Y específicamente en las manos, ¿no? Cómo son las manos de una mujer como Estela y cómo son las manos de una mujer como su patrona. Luego, también, hay todo un vínculo entre Estela y las manos de su propia madre, de quien hereda, en determinado momento, los guantes.

Alia Trabucco Zerán3.jpg
Alia Trabucco Zerán, joven novelista chilena, de 39 años.

Alia Trabucco Zerán, joven novelista chilena, de 39 años.

►TE PUEDE INTERESAR: Ana María Shua: "Los seres humanos buscamos la inmortalidad toda la vida. No hay manera de resignarse"

-Los guantes de cuero que le trae su prima Sonia desde el sur.

-Exacto. Entonces, para mí había allí algo bonito de explorar como escritora. Yo trabajo con las palabras y la pregunta era: ¿cómo hablamos sin las palabras también?

-Una pregunta que se vuelve extrema.

-Llega un punto, en la trama de la novela, en que, por razones determinadas, Estela deja de hablar. Guardia silencio.

-¿Qué buscabas entender por ahí?

-Qué pasa. Cómo se escucha ese silencio que, finalmente, no es notado por la familia. Lo cual también permite explorar distintas formas de la violencia y del silenciamiento. No ya solamente del silencio, sino del silenciamiento de una mujer como ella.

-La metáfora es brillante en cuanto a las relaciones porque, después de tantos años juntos, en automático, Estela deja de hablar y no pasa nada en la familia.

-Exactamente. Hay algo allí, como dices, de automatismo y de otras formas del lenguaje, de otras formas de comunicación donde, de pronto, los gestos y los objetos se vuelven muchísimo más elocuentes que las palabras. Y eso produce interacciones inusuales.

-Hay varios momentos en torno a esto.

-Por ejemplo, hay una mañana en que llega el patrón a la casa y ella, prácticamente guardando silencio, escucha una historia muy perturbadora que él le cuenta.

-Es un episodio, pese a su aparente insustancialidad, muy significativo.

-Están las preguntas por cómo se trazan relaciones con intenciones de clase tremendas y qué ocurre con el lenguaje allí. Qué espera la familia del lenguaje de Estela. Cómo esperan que hable Estela también. Esa reflexión también está de alguna manera en la novela.

-Es una pregunta que se hace la misma Estela.

-Estela está todo el tiempo interpelando, diciendo: a ver, cómo esperan que hable yo. Es otra pregunta que, para mí, en esta gran pregunta por el lenguaje, que siempre se está trabajando en los distintos libros, ella formula.

-Es que toda la novela se estructura sobre la base de este tipo de interrogantes.

-¿Cómo esperamos que hable una trabajadora de una casa particular? ¿Y qué pasa si esa expectativa no se satisface? ¿Quién está siendo clasista y quién no? ¿Quién tiene derecho a ocupar ciertas palabras y quiénes no? Son cosas que yo fui pensando mientras escribía la trama de esa novela que, claro, como dices, es muy vertiginosa. Hay algo de thriller, pero, a la vez, están estas preguntas más ondas por debajo. Eso es lo que yo quise hacer.

-Vos hablás de los desbalances sociales, que quedan muy marcados, y eso que la narración se desarrolla en el ámbito de una familia chilena de clase media acomodada, ni siquiera se acerca a la aristocracia.

-De acuerdo. Recuerdo que durante la escritura de este libro tuve una especie de polémica sobre una imagen, que no podía ser más elocuente y más terrible, de una trabajadora que estaba con uniforme en la playa sosteniendo el quitasol de su patrona. Era ya el colmo de los colmos.

-Hemos visto situaciones parecidas en Zapallar…

-Aquí no me interesaba llegar al blanco y negro de una familia malévola, derechista, hiperrica, de Santiago, sino meterme en una zona un poquito más opaca.

-¿Cómo la describimos, entonces?

-Como decías, es, efectivamente, una familia de clase media acomodada, de profesionales, con una hija. No son riquísimos ni mucho menos y tampoco malévolos. No es gente que la trate a Estela especialmente mal. Hay como una violencia en la normalidad. Eso es lo que también me interesaba explorar. Son microejemplos de pequeñas violencias, pequeños desprecios, pequeños clasismos, que tienen que ver con la lengua, con la mirada, con las palabras.

Alia Trabucco Zerán4.jpg
Alia Trabucco es una ensayista reconocida.

Alia Trabucco es una ensayista reconocida.

-Y todo en el ámbito cerrado de una casa y su entorno cercano.

-Claro. A mí me resultaba muy fascinante ver, a través de esta especie de ventana indiscreta que son los ojos de Estela, la vida de una familia, entre comillas, “normal”.

-Eso le da un toque brillante y agudo a tu novela porque, efectivamente, no se trata de gente mala, pero tampoco buena. Es una familia común y corriente que va llevando la vida como puede porque ellos también tienen sus angustias e, incluso, le dispensan, a su manera, un sincero afecto a Estela.

-Totalmente. Es como en la novela de María Sonia Cristoff, Falsa calma. La falsa calma que hay dentro de una normalidad y sus microviolencias. Otra cosa que me parecía atractiva de explorar es que estamos atravesando un momento donde hay aspectos identitarios que tienen que ver con el género, con las nacionalidades, con la orientación sexual; o sea, con los que están pasando a tener cierto protagonismo, lo cual me parece muy bien, por otro lado.

-Sí, temas, hoy, de la agenda global.

-Pero hay una cuestión que sigue estando muy presente y que se ha vuelto mucho más incómoda de hablar y es el tema de la clase. Las diferencias de clase y las violencias de clase. Justo fui, hace poco, a una conferencia donde una vez más se repetía esto que se da en tantos países: que la inmensa mayoría se considera a sí misma de clase media.

-Es como una aspiración de mínima, ¿no?

-Si uno mira esta clase media, en realidad, hipotética clase media, hay unas diferencias tremendas. Y me parece que ahí, observar esas tensiones, las rabias que eso puede producir, las injusticias que hay detrás de eso, puede ser bastante decidor y un campo literario súper interesante de trabajar y de explorar.

-Claro. Y ese campo literario es, justamente, tu familia santiaguina.

-En ese sentido, esta familia, como dices, tiene incluso gestos decentes hacia Estela. Me parecía, por lo tanto, mucho más atractivo literariamente de trabajar en esas zonas grises que hacer una especie de cosa pedagógica, de Estela la buena tan buena y ellos los malos tan malos. Porque tampoco lo es Estela.

-Exacto. Una mirada muy inteligente.

-La verdad es que ella también maneja una zona bastante gris. Les tiene cariño, pero no les tiene cariño, ¿no? Se mueve ahí.

-Las redes sociales, que nos prometen igualdad, visibilidad y capacidad de expresión, ¿han llegado a alterar esta situación de desequilibrio social, de desigualdad de clase?

-Pensando en la experiencia tan reciente que tuvimos y en el momento álgido de la pandemia, creo que se volvió muy evidente que, si bien se puso como horizonte la democratización supuesta que iban a traer las tecnologías y que iban a alcanzar a las masas, me parece que es difícil evaluarlo sin tomar plena conciencia de que la inmensa mayoría de este planeta no tiene internet.

-Es decir que hubo más promesas que realidades concretas.

-En el fondo ahí hay un mito, algo falso sobre sobre esto. O sea, respecto de quiénes tienen acceso verdaderamente a internet, lo vimos, por lo menos en Argentina y en Chile, cuando los estudiantes pasaron a estudiar a distancia. Y la verdad es que la inmensa mayoría no se podía conectar a sus clases.

-Resultó muy evidente. La tecnología no resultó un fenómeno democratizador, en ese sentido.

-Aclarando ese punto y poniéndolo sobre la mesa, hay un segundo punto. Y es que, entre quienes sí tienen acceso a las tecnologías, consideremos lo que reproducen los algoritmos. Justo ahora se está hablando del Chat y su uso del lenguaje. Bueno, las respuestas que da esa inteligencia artificial también están alimentadas por los prejuicios que tenemos como sociedad.

-Elabora aquello que le damos.

-Por ejemplo, un norteamericano le preguntó al Chat que nombrara diez filósofos. Y en inglés. Entonces, estando libre de la connotación de género de la palabra philosopher, nombró diez hombres. Por lo tanto, lo que reproduce la tecnología tiene que ver con aquello de lo que es alimentada. Y es alimentada de prejuicios de género, de clase y de muchísima violencia. Entonces yo tampoco es que le tenga demasiada fe.

-Una inquietud inevitable respecto de cualquier escritor. ¿Cómo te metiste en la intimidad, tan bien lograda, de Estela? ¿Qué experiencia tenías sobre su oficio?

-Me parece que es una de las preguntas clave de la literatura. Uno piensa en Orlando, de Virginia Woolf; en cómo pasa de una cosa a la otra con una verosimilitud y una brillantez increíbles. Y sin aspirar a eso ni mucho menos, soy una acérrima partidaria de esa libertad en la literatura.

-¿En qué sentido?

-Me preocupa un poco cuando se vuelve muy literal la relación entre la identidad que escribe y la identidad escrita, lo cual nos tendría a las escritoras escribiendo exclusivamente sobre nosotras mismas, cuestión que, por lo menos a mí, me parece muy poco interesante y muy limitada como visión de la literatura.

-Bueno, a propósito de eso, hoy está muy en auge la literatura del yo.

-Claro, en los últimos años. Me parece, por un lado, bien y no tengo problemas con eso, pero en la medida en que no sea una cuestión normativa, un deber, y que expulse la posibilidad tremendamente libre que ha explorado la literatura históricamente.

-¿Cuál sería esa libertad?

-Es, justamente, construir en el papel una subjetividad distinta, propia. Siempre la propia también es una construcción cuando uno la pone sobre el papel.

-Sin ninguna duda. ¿Cómo fue el caso de Limpia?

-En el caso de Limpia, yo, la verdad, es que quise tomarme muy en serio esa esa libertad muy literaria que tiene que ver con construir a un personaje sobre el papel. La pregunta es si el personaje funciona o no funciona, si es verosímil o no, si es efectivo o no; si literariamente las palabras conmueven o no, si hacen pensar o no, etcétera. Pero a la pregunta de si acaso uno tiene derecho a escribir ficción construyendo de una subjetividad a otra, yo la respondo de manera bien rotunda con un sí.

-¿Cuál fue tu manera de efectuar este abordaje?

-¿Cómo lo hice? Básicamente con el poder de la observación, el poder de la imaginación y el poder de la literatura. Finalmente, en el caso de Estela, no es que yo esté hablando en nombre de las trabajadoras de casa particular. Estela es Estela. Estela es este personaje. Que haya un momento actual muy literal en torno a esto, me parece que habla más del presente y la de dificultad de diferenciar realidad y representación.

-¿Has tenido, en lo personal, choques entre la realidad y la ficción, como suele pasarles a otros autores?

-Me pasó. Lo cuento a modo de anécdota. Hace unas semanas me llegó un mensaje tremendamente hostil de una persona diciéndome que era una resentida, que mi novela era de un resentimiento absolutamente asqueroso, que su nana era una trabajadora perfectamente feliz y que ella no era una explotadora.

-¿Qué le sucedía, en el fondo?

-Se sentía interpelada hasta tal punto, se sentía tan incómoda con el libro, ¡que estaba furiosa conmigo! Sentía que Estela era su nana. Y estaba aterrorizada por esa posibilidad porque Estela se muestra bastante enojada, ¿no?

-Acá pasó algo similar con una serie llamada El encargado, con Guillermo Francella. Se ofendieron todos los porteros de Buenos Aires porque no les gustaba el personaje.

-Es preocupante porque está relacionado con una incapacidad de ver la ficción como tal y se les está otorgando a las distintas formas de producciones culturales un deber representacional, normativo. Como que El encargado habla de todos los encargados. En el fondo, es como que todo se estuviera leyendo como testimonio también y eso es complejo porque el estatuto de la ficción es otro, es distinto del estatuto del testimonio.

-Recién decías que hay una cierta subjetividad en la escritura. Y alguna vez reconociste que la dictadura chilena había provocado una herida en tu imaginación. Tanto en Las homicidas como en Limpia tocaste temas de muertes y de asesinatos. ¿Tiene que ver un poco con todo esto?

-Es el tipo de pregunta que creo que se contestará a lo largo de toda la vida sin poder responderla. Pero me imagino que sí porque, finalmente, para mí la experiencia como hija de personas que sufrieron muy directamente la violencia del Estado durante la dictadura es algo que me marcó desde la infancia. Ese tipo de heridas son difíciles de sobrellevar. Y, claro, creo que en mi imaginación hay una violencia que, de algún modo, intento sublimar a través de la literatura.

-¿Sublimar de qué manera?

-Me hace pensar en estos temas, explorarlos y ser muy sensible a ese tipo de violencias, que trabajé yo en mi primer libro, La resta, y a otros tipos de violencia, como los que trabajé luego en los ensayos de Las homicidas donde veo esos casos de mujeres que cometieron crímenes desde un punto de vista feminista. Y, en este, caso tiene que ver con violencias de clase e injusticias que están muy normalizadas en las sociedades latinoamericanas en general.

-Otra cosa que se disfruta de tu libro es cuando vas salpicando el relato con algunos chilenismos. Por ejemplo, también es protagonista de la historia una perra callejera, a la que llamás quiltra. Esta palabra no la usamos nosotros.

-A los perros, no de pura raza sino callejeros y mezclados, les llamamos quiltros. Además, el quiltro es una figura muy trabajada en la literatura chilena. Es una presencia muy fuerte en la ciudad. Yo diría que, a estas alturas, son pocas las ciudades donde todavía hay perros callejeros en la calle y Santiago es una.

-¿De dónde viene su protagonismo literario, pues?

-Hay libros hermosos. Por ejemplo, uno que se llama Patas de perro, de Carlos Droguett. Se refiere a un niño con patas de perro y se trabaja esa figura que, por un lado, es un poco lastimosa, pero también tremendamente libre. Tiene varias capas. Es muy bonita.

-¿Y en tu caso? ¿Qué otras aproximaciones hiciste al tema?

-De algún modo también está presente en La resta de hecho esa figura. Es algo que a mí me gusta trabajar.

-Por otro lado, a través de una figura lateral como es la mamá de Estela, que trabaja en una salmonera de Chiloé, uno se da cuenta de lo duro que es vivir en el extremo sur de Chile, del cual quizá uno tenga una imagen un poco más lírica, ¿no?

-Sí, totalmente, porque Estela, por un lado, tiene también esta idea un poco nostálgica del lugar del que se fue. Un lugar donde, efectivamente, ahí hay una relación con la naturaleza, con la que ella está muy compenetrada. Estela es muy sensible a eso en particular.

Alia Trabucco Zerán5.jpg
Firma de libro para un admirador.

Firma de libro para un admirador.

-Sobre todo en contraposición con su vida santiaguina.

-Claro, al ver este desierto en que se ha transformado Santiago. Pero, por otro lado, su madre que está gran parte de la novela en el sur, da cuenta de las dificultades y de la explotación. Realmente son condiciones de vida que están muy desreguladas para los trabajadores. Son muchas mujeres las que trabajan en las salmoneras en toda la zona sur de Chile donde se pasan doce horas de pie, congeladas, sacando escamas.

-Sí, el choque con la visión idílica es muy pertubador.

-Es que, si bien hay nostalgia por ese sur lluvioso y verde y hermoso, en realidad, detrás de eso, también hay otras cosas, hay otros tipos de explotación.

-En tus descripciones de la ciudad, ves a Santiago caracterizada por los colores amarillo y marrón. Raro, para cualquiera de nosotros. Pero vos sos santiaguina, así que tu mirada debe ser más penetrante que la nuestra.

-Me parece que tienen que haber venido en el inicio de la primavera. Pero acá llevamos seis meses en los que no baja de 30 grados la temperatura. Y, bueno, los estudios catastróficos y deprimentes sobre el cambio climático dicen esta frase que a mí me aterra: el desierto avanza. Es terrorífico, ¿no? (ríe).

-Lo sabemos bien en Mendoza. Somos un desierto y con un clima muy parecido al de Santiago y al de Los Andes.

-Lo sé, claro que sí. Muchas gracias por la lectura. Para mí es una alegría estar de algún modo con mi voz ahí en Argentina, un país al que yo realmente quiero muchísimo.

►TE PUEDE INTERESAR: Graciela Batticuore relata el arduo pasaje de la "mujer romántica" del siglo XIX a la voz reconocida de hoy

Temas relacionados: