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Alana S. Portero desmenuza su celebrada novela sobre las mujeres trans

"La cultura es el único modo eficaz de explicarse", cuenta la autora de "La mala costumbre", su primera y consagrada novela

El laberinto existencial de las mujeres trans ha ocupado un lugar preferencial dentro de la incesante producción intelectual de Alana S. Portero.

Con La mala costumbre, su primera novela, esta escritora apasionada por la historia medieval y la mitología, redondeó un hito en la materia, a la par del que había producido su admirada Camila Sosa Villada, unos pocos años antes, con Las malas.

El reconocimiento de Portero se asienta, sobre todo, en sus méritos literarios, muy sorprendentes, por cierto, por tratarse de una obra de iniciación.

Ambientada en todos los recovecos habidos y por haber de Madrid, es la historia, en primera persona, de una niña con temprana crisis de identidad. Una instancia de crisis y de descubrimientos, que deberá ir resolviendo en soledad, hasta toparse, poco a poco, y no sin esfuerzo personal, con las heroínas que le darán sentido a su vida.

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Para ella, sus heroínas rotas son como seres mitológicos o hadas de cuento. Pero de cuentos de barrios marginales, tugurios, pasillos oscuros, donde campean la incomprensión, la mala fe y, también, la honda compasión humana.

Alana, aunque es madrileña, habla desde Asturias para el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Hola, Alana. ¿En qué lugar de Asturias te hemos encontrado?

-Hola, cómo están. Un placer saludaros. Estoy ahora mismo sentada en un portal, en la calle, hablando con vosotros.

-Antes de meternos en el contenido de tu libro, te cuento que nosotros no conocíamos nada de tu obra. La reseña editorial informa que esta es tu primera novela. Una gran sorpresa. ¡Cómo se puede escribir tan bien en un debut literario! Creemos que te lo han hecho notar, ¿no?

-Muchísimas gracias. Sí que es mi primera novela, pero yo llevo escribiendo toda la vida. Supongo, que al final, eso tiene que notarse de algún modo.

-¿Y por qué precisamente necesitaste a esta altura de tu vida incurrir en la novela?

-He escrito y publicado mi primera novela en este momento, con cuarenta y cuatro años, porque necesitaba alcanzar cierta madurez literaria que antes no creía tener.

-¿Qué te fue demorando en este lapso?

-Cuando he intentado hacerlo en años anteriores, entendí que no estaba lista o que lo que yo estaba escribiendo no era algo con lo que yo estuviera completamente contenta y satisfecha. O sea, me lo he pensado mucho y me lo he pensado bien.

-¿Cuánto te insumió escribir La mala costumbre?

-Alrededor de unos cuatro años y medio estuve acumulando notas, acumulando pedazos de texto, ideas. Digamos, recolectando todo el material necesario. También dándole forma un poco en mi cabeza, en mi imaginación. Fueron cuatro años y medio sedimentando el texto.

-¿Y la redacción?

-La redacción del texto en sí fue muy corta. Fue de apenas un mes. Un mes casi completo.

-¿Completo cómo?

-Es verdad que le dediqué todas las horas que se pueden dedicar. En un mes, todas las horas de vigilia se las dediqué a la novela. Prácticamente me la sabía de memoria. Parecía que me la estaban dictando. Por lo tanto, diría: cuatro años de trabajo, un mes de redacción.

-Da la impresión de que, aparte de la precisión de tu prosa y de la calidad de tus imágenes, el producto final se fue añejando muy convenientemente, como esos buenos vinos que se benefician con el tiempo y salen en el momento justo.

-Te agradezco que lo comentes así porque ha sido tal cual el proceso. Creo que es un texto que necesitaba su tiempo, que necesitaba sedimentar en mi cabeza, sobre el papel y encontrar su lugar y encontrar el momento exacto en el que emerger.

-¿Cómo fue ese emerger, ese proceso de maduración?

-Desde ese subsuelo de la imaginación, ese subsuelo de no sé dónde sea que se aloje la creatividad. Efectivamente ha estado ahí un poco silente, como una especie de texto latente que necesitó encontrar su hueco para que tuviese la precisión que yo quería darle.

-Apenas nos llegó tu libro, y antes incluso de leerlo, se nos dibujó automáticamente un paralelo con Las malas, de Camila Sosa Villada, a quien también hemos entrevistado en este programa. ¿Te lo han dicho?

-Pues, sí. Ha sido una presencia bastante recurrente durante los nueve meses que lleva publicada La mala costumbre. Para mí es un honor. Es una comparación maravillosa, de la que estoy muy orgullosa.

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-¿De qué manera te influyó?

-Yo no escribí La mala costumbre con Las malas en mi cabeza. No creo que fuese una presencia consciente. Pero es inevitable que, sobre todo al final de la escritura, del texto, en el proceso de edición, se decantase mi amor por la literatura de Camila Sosa Villada.

-¿Qué te produce ella?

-Me fascina. Es una escritora maravillosa. Es imposible que yo no lo haya hecho inconscientemente.

-¿La conocés a Camila? ¿Se han visto alguna vez?

-No. No he tenido nunca la oportunidad de saludarla en persona, pero, ¡vamos!, soy una lectora voraz de sus libros y le tengo una profundísima admiración.

-Lo curioso, en esta serie de afinidades, es que ambas, en sus respectivos títulos, utilizan el calificativo “mala”.

-Sí (ríe). Supongo que es algo que nos han achacado, que nos han lanzado muy a menudo: ser malas mujeres. O ser unas mujeres mal, lo que quiera que sea esto de ser una mujer. Entonces, es normal que nos lo apropiemos de alguna manera.

-Justamente, en un artículo que publicás en El Diario de España referido a Begoña Gómez y Clara Chía, las parejas de Pedro Sánchez y de Gerard Piqué, decís que la sociedad en general le exige a la mujer un aura de intachabilidad y discreción.

-¡Claro! Sí. Parece que para nosotras solamente hay un camino. Y, además, es un camino que está absolutamente ligado a determinado tipo de comportamiento intachable.

-¿De qué modo opera este mandato?

-La posibilidad de fracasar, de hacer algo mal, de mentir, de realizar algo que, en un momento dado puede ser casi inherente al ser humano, en nosotras se convierte en un gran pecado. En el pecado capital de la humanidad.

-¿Cómo se resiste, entonces?

-Entonces, yo creo que está bien que nos apropiemos de esa maldad. Me vais a perdonar a estas horas, pero tenemos derecho a ser unas hijas de puta, si es necesario (risas). Tenemos derecho si queremos, sin que eso signifique que nos extraigan la carta de naturaleza o de ciudadanía o de lo que quiera que sea que nos extraen.

-En definitiva, poder ser unas perras hechas y derechas.

-Efectivamente, sí (risas).

-¿Cómo te parás ante los demás, sobre todo luego de publicar tu libro? Cuál fue la recepción porque para aquellas personas que son trans o quieren serlo el camino debe ser difícil, todavía, ¿no?

-Yo he tenido mucha suerte en este periplo, en los nueve meses desde que el libro está en la calle. La recepción ha sido realmente cariñosa. He tenido acercamientos con muchísimas personas con las que, en principio, por mi propio prejuicio, hubiera dicho que podría haber tenido problemas.

-¿Cómo resultó la cosa, pues?

-La verdad, se ha propiciado una conversación interesante cuando nosotras nos explicamos, al menos en España o en los lugares a los que yo he ido. Casi todo lo que puedo decir es muy bueno.

-¿Cómo se logra, según vos, esa apertura?

-Creo que la cultura es el único modo verdaderamente eficaz de explicarse. Hemos intentado hacerlo desde el ensayo, desde la filosofía. Pero me parece que cuando nos incorporamos al mundo de los relatos es cuando verdaderamente habitamos el mundo y nos podemos hacer entender. Ahí ha sido mucho más fácil.

-El poder de la ficción.

-Habitando ese mundo, incorporándonos al relato de lo universal desde nuestra especificidad, creo que nos hacemos entender maravillosamente bien. Si es que eso es lo que queremos, hacernos entender, que sí es mi caso. Para mí, entonces, esa ha sido la gran diferencia.

-Tu libro cuenta la historia de una chica que, desde muy joven, empieza a transitar el camino de su identidad, plagado de crueldades. Esto ocurre en los noventa, la época en que vos creciste. ¿Ha cambiado el mundo en estos años o, grosso modo, sigue siendo tan parecido, tan agresivo?

-El mundo ha dado muchas vueltas. Esa adolescencia que a mí me tocó vivir, esa época, por un lado, tenía cierto abrigo dentro de la clandestinidad o dentro de determinados mundos que estaban ocultos al mundo; al mundo del día, al mundo del sol. Mundos que yo, te diría, incluso, echo de menos, extraño de alguna manera.

-¿Sí! Parecería todo lo contrario, siguiendo tu libro.

-Es verdad que no se podía tener una vida fuera de ahí; o, por lo menos, una vida plena. Costaba muchísimo. Hemos tenido que ganarnos nuestros derechos a existir bajo el sol.

-¿Con qué resultados, hasta aquí?

-Me parece que se han dado pasos importantísimos. Con respecto, por ejemplo, a la visibilidad, ahora mismo.

-Esa visibilidad adquiere un rol crucial. Incluso produce momentos de gran angustia, como refleja tu historia.

-Bueno, creo que también, a veces, la visibilidad es una trampa, porque no es lo mismo la visibilidad que la aceptación o que habitar el mundo con plena legitimidad. En cualquier caso, sí que hemos conseguido estar presentes en la conversación y estar presentes en el imaginario.

-Sin embargo, según dijiste recién, seguís extrañando parte del mundo oscuro y clandestino.

-Hay algo de esa oscuridad, de ese punto de clandestinidad, que me parece que, a mí, por lo menos, me hacía muy feliz. Eso es muy extraño.

-Te lo vuelvo a preguntar: ¿cómo se procesa esa ambigüedad?

-Es que las cosas nunca son exclusivamente blancas o negras. Era muy complicado vivir. Efectivamente, estamos muchísimo mejor ahora, aunque también tenemos una posición muy frágil, no solamente nosotras.

-¿Quién más?

-Creo que los derechos humanos tardan mucho en conseguirse, pero son muy fáciles de derribar. Entonces, estamos en una posición frágil. Y, por supuesto, no lo cambiaría. Pero intento echar la vista atrás y verlo con cierto amor, porque aprendimos mucho.

-Es curioso lo que decís porque tu historia, que pone el corazón en los noventa, describe ese mundo de maricas, travestis, bolleras, bisexuales, etcétera, como dentro de una especie de círculo vicioso y nocturno, que se mueve por lugares ocultos, por tugurios, bajo un ambiente prostibulario. Sin embargo, vos seguís teniendo una extraña fascinación por todo aquello.

-Es que, personalmente, yo estoy afuera de la novela. A mí, como persona, como mujer, todas las cosas más importantes que he aprendido en esta vida, las aprendí allí.

-¿Cómo las aprendiste?

-Las aprendí hablando con mis amigas que trabajaban en la calle, con mujeres más mayores que yo que me enseñaron las cosas más importantes de este mundo. Y fue una época feliz, de alguna manera. Por lo menos, una parte de esa vida fue muy feliz.

-¿Cómo fue esa felicidad tan particular?

-Fue una época de descubrimiento, de riesgo, en la que yo aprendí, además, a tejer unos lazos de solidaridad muy especiales, con mucho amor. Y sería injusto que yo lo despreciase exclusivamente por una cuestión de visibilidad o por una cuestión de comodidad, que es necesaria y que entiendo que tiene que ser así.

-Ahora bien, además del sufrimiento personal de los personajes por las situaciones sociales que deben atravesar, hay otro sufrimiento adicional, trasladado al ambiente más íntimo, más familiar de cada uno. Por ejemplo, al preguntarse: ¿qué estarán pensando mis padres de todo eso?

-Claro. Al final, la idea de intimidad la solemos asociar a la soledad. Y nuestra intimidad la forma muchísima gente. Tenemos además muy poca capacidad de acción en decidir quiénes vamos a terminar siendo. Nosotras somos las personas que nos tocan bien, que nos agreden, que nos aman, que nos odian, que nos hablan de una determinada manera u otra.

-¿Y la familia?

-La familia, pues, en eso tiene mucho que decir. Es inevitable. Son quienes también te dan forma. Es una intimidad compartida. Y es verdad que muchas mujeres trans, o por lo menos las que a mí me han rodeado, han tenido existencias muy problemáticas dentro de sus familias, pero también ha habido muchísimos casos de reconciliaciones muy hermosas.

-¿Por qué sucede eso, a fin de cuentas?

-Porque todo el mundo tiene que aprender a vivir con lo que sucede en su familia. En un principio, pues, esto puede ser una cuestión complicada, puede ser una cuestión que despierte miedos, rechazos, odios, etcétera. Pero yo creo que, con cada persona, con cada mujer trans que transiciona, transiciona también su familia.

-¿Cuán problemática es esa instancia?

-Lo que pasa es que no saben dónde van a llegar. Pero yo creo que es una transición común, es una transición en grupo y a mí me parece hermoso eso.

-¿Cómo ha sido tu experiencia, puntualmente?

-Es cierto que yo, en este caso, hablo en primera persona, fuera de la novela. He tenido mucha suerte. Para el momento en el que me tocó vivir todo esto, mi familia fue un gran apoyo. Yo no tuve muchos problemas, pero sí he tenido varias compañeras que han sufrido mucho.

-En tu novela, los padres de la protagonista están presente durante toda la trama, pero les está dedicado específicamente un capítulo, sobre el final, titulado “Volver”. Por ejemplo, cito esta frase: “Hay familias a las que el amor se les hace furia y negación en cuanto perciben que el suelo que pisan no es firme”. ¿A vos te pasó? ¿Lo pudiste hablar con tus viejos?

-Lo que yo quería contar con eso es más una cuestión de clase social, que una cuestión que tenga que ver con lo trans. El problema de la incomunicación, de la gran incomunicación de esta protagonista con sus padres es una cuestión de clases.

-¿Por qué?

-Porque los padres son personas que están reventados de trabajar y a los que se les ha extraído el tiempo para entenderse en familia, para encontrar las herramientas de comunicación necesarias y poder extender ese conocimiento que se tienen los unos a los otros. Y lo único que tienen es un amor en bruto con el que hacen lo que pueden.

-Claro, desde este punto de vista adquiere otro sentido la relación.

-Por lo tanto, ellos no tienen palabras para comunicarse, pero tienen gestos. Es lo único que saben hacer en este caso. Y esto es lo que yo quería contar, porque esto yo lo he visto muchísimas veces. Familias que no comprenden, pero que no rechazan. No siempre está unida la incomprensión al rechazo.

-¿Cómo se gestiona esa instancia?

-Cuando les faltan las palabras, pues tienen los gestos o hay que dejar que pase el tiempo o intentan buscar su camino de entendimiento o su camino de unión, que es verdad que es triste, porque cuando nos faltan las palabras, nos falta la mitad de la vida. Pero, al final, se llega a alguna parte, que es un poco lo que yo quería contar en esta novela.

-El aspecto social, el contexto en el que se desenvuelve la historia, resulta clave.

-Es una cuestión, como decía, de que estos esos padres están cansadísimos de trabajar. Con procurar las necesidades básicas a sus hijos tienen bastante. No tienen tiempo para más, no tienen fuerza para más, pero querrían hacerlo mejor. Es lo que a mí me importaba de esto: ellos quieren hacer lo mejor, pero no saben.

-En el recorrido de tu novela destaca, de manera muy notable, el retrato de diversas mujeres trans que, además de su excelencia, transmite una gran ternura y comprensión de cada circunstancia. Y, de entre todas ellas, destaca Margarita, que aparece muy temprano en la historia y permite darle un cierre muy emotivo.

-Margarita, para mí, es quizás el personaje más importante de la novela junto con la protagonista, como tú bien has dicho. Es el oráculo que impulsa a esta niña a vivir, a seguir adelante y es quien después reclama su presencia de nuevo en el barrio.

-¿Qué interpretación le das a este personaje?

-Margarita es un homenaje a una generación de mujeres con las que España tiene una deuda inmensa. Las mujeres trans de la edad de Margarita son mujeres que vivieron la peor parte de la Ley de Peligrosidad Social, que se implementó en los años setenta.

-Época del Generalísimo, recordemos.

-Y cuando el franquismo moría, las leyes contra las personas LGTB se endurecieron en lugar de suavizarse. Estas mujeres entraron en cárceles masculinas, donde fueron muy maltratadas. Cuando salieron de las cárceles ya en los ochenta, vivieron la peor de la pandemia del sida, porque a ellas no las ayudó nadie.

-¿Nadie?

-El Estado no las ayudó, las asociaciones feministas no las ayudaron; las asociaciones LGTB, que estaban naciendo, tampoco les ayudaron y fueron absolutamente barridas. Y las que sobrevivieron son unas mujeres con las que tenemos una enorme deuda.

-¿Cómo las podrías describir?

-Son las mujeres más fuertes, divertidas, sabias… Son increíbles. Para mí, son oráculos, absolutamente. Son las mujeres más especiales que he conocido jamás, de las que he aprendido casi todo lo importante y creo que necesitamos incorporarlas a nuestra cultura.

-Todo esto se trasunta muy bien en tu novela.

-Yo hablo en este caso de mi país. No solamente hay que hablar de ellas en términos históricos, en términos narrativos, sin también aprender de ellas, incorporarlas a nuestra universalidad, porque sin ellas no estamos completas. La historia de mi país no está completa nunca. La historia de las mujeres no va a estar completa. Y, desde, luego la historia de las mujeres trans tampoco, claro. Margarita condensa un poco todo eso.

-Comentario subjetivo de lector. De todo este libro tan logrado, hay un capítulo que sobresale. Está en la página 77 y se titula “El mismo bosque”. Se relata allí la muerte de la madre de Margarita, quien debe enfrentar las crueldades de un burócrata, con un timing y una emotividad extraordinarios.

-Muchas gracias. Creo que esto se lo debo un poco a mi experiencia teatral. Yo me he formado en el teatro, escribiendo teatro, además. Y esto tiene mucho que ver con eso. Esa manera de presentar personajes y de plantear la escena tiene algo que es muy teatral, yo creo. O quiero pensar que es así.

-Pero no solo hay teatro ahí.

-Por otro lado, muy a menudo encontramos la forma de identificarnos con quienes somos, desgraciadamente, a través del dolor o viendo cómo una persona, a la que tenemos como referente, pero que nos da miedo, es vejada delante de nuestras narices y nos duele. A nosotras, de repente, nos duele. Y no debería dolerte, especialmente. Pero te duele y lo sientes tuyo, ¿no?

-Otro capítulo que sorprende fuertemente es cuando la narración, ubicada en los bares y los aguantaderos nocturnos de Madrid, se introduce, súbitamente y sin previo aviso, en el Santiago Bernabeu, en pleno gallinero donde está la afición del Real Madrid. ¿Cómo son tu experiencia y tu conocimiento del fútbol?

-(Ríe) Mi conocimiento es nulo, pero sí he estado muy en contacto con el fútbol porque mi padre es un gran aficionado al Real Madrid. Además, provengo de una familia de grandes aficionados al fútbol y he podido observarlo desde bastante cerca.

-Pero lo habrás observado sin demasiada pasión, ¿no?

-Nunca me ha interesado, pero sí que he estado muy en contacto. Y yo creo que todo el mundo sabe que, verdaderamente, en los campos de fútbol se permiten algunas cosas que no se permiten en cualquier otro lugar.

-¿Cómo fue que te pusiste relacionar dos realidades tan distintas?

-Me parecía que, de repente, a todo ese mundo nocturno, mágico, de esos paseos que son medio mitológicos, podía romperlo yéndonos a la parada del Santiago Bernabéu a gritar. Y es una manera también de contar lo sola que se siente, lo sola que está la protagonista, incluso rodeada de cientos de miles de personas.

-Rodeada, pero de un ambiente que no es el suyo.

-Se trata, ante ciertos ritos de la masculinidad, ciertos lugares en los que la masculinidad es la masculinidad rampante, de colocarla ahí y ver cómo los vive.

-¿En tu caso cómo ha sido esto?

-A mí esto me pasaba un poco: no entender nada de lo que sucedía a mi alrededor. Pero, por otro lado, siempre he admirado la increíble pasión que mueve el fútbol y lo que hace con las personas que lo ven, que lo disfrutan, etcétera.

-¿Qué te parece, a fin de cuentas?

-Bueno, no sé. Me parece una demostración de lo mejor y de lo peor del ser humano y yo quería colocar en ese brete a mí a mi protagonista.

-En un momento de su presencia en la tribuna, dice la protagonista: “Me molestaba muchísimo que el fútbol fuese el entretenimiento asociado sin remedio a la clase obrera y me enfermaban los periodistas que contaban historias melosas de futbolistas llevando la esperanza a sus barrios de origen”. ¿Compartís ese pensamiento?

-Sí, porque me parece que con el fútbol hay grandes chantajes. Sí entiendo y sí que es verdad que es un gran entretenimiento de la clase obrera. Pero también se ha utilizado muchísimas veces como una herramienta ideologizante muy fuerte. Sobre todo, además, asociado en este caso al Real Madrid.

-¿Qué significa el Madrid?

-El Real Madrid tiene un componente ideológico detrás fortísimo. Y hay un momento en el libro en el que yo describo cómo los muchachos del barrio empiezan yendo al fútbol, sentándose en el gallinero, que son las gradas altas del estadio, y terminan en el fondo sur que es donde están los aficionados neonazis. Este camino yo lo he visto con mis propios ojos muchísimas veces, no me lo he inventado.

-¿Cómo se explica esa transmutación?

-Es que con esas pasiones desbocadas había una especie de pastoreo ideológico fortísimo. Precisamente empezaba con esas historias melosas, con esas historias de superación y de repente encontrabas a chavales de diecisiete años haciendo el saludo romano. Esto lo he visto durante toda mi vida.

-Claro, se ve aquí lo mejor y lo peor del ser humano, como decías.

-Si uno o una ama al fútbol, está bien verlo así, está bien criticarlo de esta manera y está bien entender que no hay espectáculo en el mundo, no hay vehículo cultural, deportivo, etcétera, que no sea susceptible de ser usado para que determinadas ideologías crezcan de una manera peligrosa. Y el fútbol tienen los condicionantes perfectos porque está al alcance de todo el mundo, porque es un entretenimiento masivo y es muy fácil utilizarlo para eso.

-Ese componente del fútbol asociado con el nazismo se ve mucho en Italia y quizá también en Alemania, ¿no?

-Claro. Eso es. Tenemos ejemplos muy cerca. Incluso, cuando uno ama algo, lo mejor que puede hacer es criticarlo y ver dónde falla, cuáles son los problemas estructurales que esa industria pueda tener. Y el fútbol, desde luego, tiene muchos problemas. O sea, es capaz de dar muchísima felicidad, pero también es muy problemática.

-Hay otra frase en tu relato que termina siendo muy actual cuando dice “¡ay de los jugadores negros del Real Madrid como fallasen un pase, les robasen el balón o chutasen muy desviado a la portería!”. Esa grave amenaza racista la está sufriendo hoy, más que nadie, Vinicius, el brasileño que es la estrella del equipo.

-Lo sé de una manera bastante tangencial. No he prestado mucha atención a esto. Pero sí que sucede. Yo me acuerdo que, a finales de los noventa, principio de los dos mil, había un par de jugadores en el Madrid. Uno era, si no recuerdo mal, porque soy una analfabeta futbolística, un francés, Clarence Seedorf.

-Era holandés o, para decirlo actualmente, neerlandés.

-Y otro que sí era francés, (Christian) Karembeu, si no recuerdo mal.

-Correcto.

-Pues bien, los insultos que les dedicaban sus propios aficionados eran terroríficos. Y esto sigue sucediendo. Desde esas memorias torpes mías, han pasado 25 años. Y ahora me dices lo de Vinicius. En verdad, no tiene ningún sentido. ¡Esto tiene que pararse! Da igual que el fútbol haga feliz a muchísima gente.

-Completamente de acuerdo.

-Por muy cansado, frustrado o con ganas de soltar adrenalina que tenga o que haya acumulado durante la semana, uno no puede ir a un campo de fútbol a insultar a una persona por ser negra, ¡vamos!

-Una última consideración. Desde el principio, la narración se mueve en dos planos. Uno es el mundo bajo, problemático, habitado por prostitutas, yonquis, obreros fatigados, etcétera. Y otro es el de la narradora, una persona culta, que apela a muchas citas literarias, musicales, clásicas.

-Sí, absolutamente.

-La novela se cierra con una enumeración de mujeres mitológicas con las que se identifica la protagonista como Casandra, la madrastra de Blancanieves, la Llorona, la Dama del Lago, Afrodita, Sor Juana Inés, etcétera. Se nota, aquí, tu formación medievalista y universitaria.

-Ese ha sido y sigue siendo un poco mi santoral, que mezcla las referencias mitológicas con la imaginería católica, con las estrellas del pop y con ese mundo de mujeres que me han acompañado toda mi vida.

-Es decir, te interesa que todo esto se exprese claramente.

-Supongo que no me puedo abstraer de mi información académica. Tampoco quiero. Yo me especialicé en historia medieval por pura vocación. Por pura vocación estética, además. Y creo que eso no va a faltar nunca en mis textos.

-¿Dónde arranca el amor por esta disciplina?

-Me crie leyendo mitología desde pequeña. Me hice adolescente leyendo a los románticos, que tienen una gran carga mitológica. A partir de ahí entré, además, en la literatura medieval, sobre todo en la poesía trovadoresca. Todo esto es un mundo mágico, el cuento mitológico del que están hechas mis fantasías, en realidad. Es inevitable que eso esté ahí. Y va a seguir estando, ¡vaya!

-De todas las diosas o brujas posibles, de todas esas entidades mitológicas, ¿cuál es tu preferida? ¿Cuál es la que más representa a Alana Portero?

-¡Uy, eso es complicado! Pero… creo que Medusa.

-¿Por qué ella?

-Porque Medusa es deseada. Es tan deseada, que es agredida. Y como es agredida, de repente es expulsada a un lugar en el que está completamente sola y la convierten en un monstruo. Pero no hacen más que ir héroes a tratar de mirarla a los ojos y sobrevivirla o a llevarse su cabeza o a cazarla. Entonces no saben muy bien si les da miedo o les fascina. Medusa es un referente absoluto para mí.

-En tu novela, Medusa es Eugenia.

-Sí, sí. Porque tiene ese momento en el que Eugenia, probablemente, por el día es una mujer que no es aceptada en ninguna parte, pero por la noche es el objeto de deseo de medio Madrid.

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