"9 días de infierno": el atleta que sobrevivió al desierto de Sahara bebiendo sangre de murciélago

En pleno desierto de Sahara, este hombre escribió una de las páginas más escalofriantes en la historia de la supervivencia humana

Editado por Luciano Carluccio
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Mauro Prosperi, un experimentado deportista y pentatleta italiano, se inscribió en 1994 al mítico Maratón de las Arenas, una de las carreras más extremas del planeta: 250 kilómetros a pie a través del indómito desierto del Sahara. Sin embargo, lo que tenía que ser una hazaña deportiva se transformó en un descenso al infierno.

Durante la cuarta etapa, una feroz tormenta de arena de ocho horas bloqueó el sol y sepultó cualquier rastro del camino, por lo que el atleta quedó completamente desorientado y ahí empezó el problema.

El atleta que sobrevivió al desierto de Sahara

Prosperi quedó completamente desorientado. Al disiparse la nube, la realidad lo golpeó de frente: estaba solo, sin brújula y con apenas unos sorbos de agua. Su instinto de supervivencia se activó de inmediato.

Tras caminar días bajo temperaturas que arañaban los 50 grados, el atleta encontró un santuario sufí abandonado en mitad de la nada. Lo que el no sabía es que en el techo de esta estaba su salvación.

Desesperado por la deshidratación, el italiano cazó varios ejemplares de murciélagos que habían en el santuario. Les cortó el cuello y bebió la sangre directamente de los cuerpos de cada uno para recuperar fluidos y nutrientes básicos. Era eso o entregarse a los buitres.

El intento de suicido frustrado

Al noveno día, convencido de que nadie lo encontraría, Prosperi decidió abreviar el sufrimiento y se cortó las venas con una navaja. Pero el Sahara tenía otros planes. Su organismo estaba tan seco, tan desprovisto de agua, que la línea roja que brotó de sus muñecas era una pasta densa que se había coagulado.

Esto fue tomado como una especie de señal divina por el atleta quien, guiado por las estrellas, caminó y caminó hasta encontrarse con un grupo de pastores, a ás de 200 kilómetros de su ruta original. Había perdido 16 kilos y sus órganos internos estaban severamente dañados, pero su corazón seguía latiendo.

De esta manera, Prosperi pasó a escribir una de las páginas más escalofriantes en la historia de la supervivencia humana.

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