Pensar en grande puede resultar una práctica relativamente sencilla, lo complejo es desprenderse del interés personal. Cuando uno y la facción se ponen por encima de un proyecto colectivo resulta infructuoso creer en lo estratégico, que inexorablemente tiene tiempos de ejecución muchos más largos que las elecciones que se nos imponen cada dos años.

Uno de los males de la política nacional, que nos distingue bastante de los países exitosos, es el priorizar la lucha por poseer el gobierno y el Estado como fin en sí mismo, con los privilegios que eso supone, sin buscar los consensos y acuerdos necesarios para pensar en un proyecto que nos permita superar la postración. Está probado que sin una concertación entre los principales sectores confrontados no es posible diseñar una política de Estado que nos lleve a crecer sostenidamente, mediante un plan de largo plazo.

Suele decirse que Mendoza es una isla. En verdad, no estamos exentos de los vaivenes, de las crisis recurrentes, ni de la pobreza que asuela a más de un tercio de la población. Sin embargo, tenemos grandes fortalezas que podemos aprovechar. No es poco ostentar instituciones más fuertes que los personalismos, lo que realmente es un activo que nos distingue de otros estados provinciales y de la Nación. Tenemos recursos naturales privilegiados y un capital humano sobresaliente. Éstos son pilares fundamentales sobre lo que se sustentan las posibilidades de superación.

Mendoza también ha dado muestras de buenas señales concretas en políticas sustentadas en el largo plazo, como en materia de turismo y en la vitivinicultura. Días pasados el economista Bernardo Kosacoff, invitado al Foro de la Industria, nos remarcó que el plan vitivinícola (PEVI 2020) es un modelo de articulación público-privado que se estudia en distintos ámbitos del mundo. Obviamente, con aciertos y defectos, y la necesidad de un nuevo que está diseñando la COVIAR en forma participativa para los años próximos, el plan del sector no puede garantizar per se la competitividad que no ofrece la macroeconomía. Pero es sin dudas el método de pensar una estrategia de desarrollo. Lo mismo se puede decir del turismo en general y del enoturismo, específicamente, que han sido apuntalados por los sucesivos gobiernos desde hace varios años. Hoy el turismo es una actividad económica distintiva que aporta al producto bruto geográfico ensamblado con diversos servicios.

Mientras esperamos el viento de cola y que el próximo gobierno nacional acierte en la macroeconomía que termine con el "producticidio", Mendoza no puede dejar de pensarse  a sí misma en términos de evolución. No debemos desestimar el informe realizado por las entidades empresarias que señalan con alarma que la Provincia ha perdido participación en el PBI. Según el estudio de la UIM, la FEM y el CEM, que abarca el período 2004-2016, el producto bruto geográfico de la Provincia bajó su participación en el producto bruto interno (nacional) del 3,9% al 2,8%. Un impactante llamado de atención. Al menos hoy, con las cuentas públicas ordenadas y con un presupuesto creciente en la inversión, tenemos una gran oportunidad de profundizar las políticas en áreas tradicionales y en otras novedosas que nos permitan acrecentar la matriz productiva.

La economía del conocimiento

Cuando hablamos de desarrollo hay que centrar la mirada en los sectores que vienen mostrando un gran potencial en nuestro territorio como polos innovadores que no pueden faltar en la agenda del futuro gobierno. Actualmente, Mendoza es ejemplo destacado en lo que viene realizando a través del polo TIC con la participación del Estado provincial, municipal, universidad, y privados. El parque TIC, con la presencia de empresas locales y corporaciones de dimensión multinacional, da cuenta de la existencia de un ecosistema propicio para el desarrollo de servicios basados en el conocimiento. El programa Mendoza TEC, con aportes de promoción fiscal, está apuntando al sector que ostenta un crecimiento imparable, incluso más allá de la sede tecnológica de Godoy Cruz.

Actualmente, la matriz basada en el conocimiento incluye 13 mil empleos relacionados, de los cuales hay tres mil personas, en forma directa e indirecta, involucradas en la realización de softwares. Según datos oficiales, hay 1.640 empresas vinculadas a estos sectores, de las cuales 300 son de base tecnológica. En las universidades cursan 31 mil alumnos carreras afines, el 35% sigue ingenierías, computación y sistemas. Pero la economía del conocimiento también abarca a otros componentes como la industria audiovisual, que aquí contiene un entorno destacado, el videojuego, y un sinnúmero de servicios articulados. Hoy Mendoza exporta en estos campos en el orden de los 100 millones de dólares y la aspiración es alcanzar los 350 millones de dólares. A propósito, el experto Carlos Pallotti nos puntualiza que la economía basada en el conocimiento hoy ocupa la tercera parte de las exportaciones argentinas, que alcanzan los 6.700 millones de dólares.

El influyente diario Clarín acaba de publicar un conceptuoso artículo titulado "Mendoza high tech: ¿la nueva California?". Con la firma de Silvia Naishtat, el artículo toma testimonios de referentes que estuvieron presentes en un foro que se realizó aquí recientemente y señala que Mendoza se ha convertido en un polo para la industria del conocimiento.

Al introducir esta columna nos referíamos a la necesidad de alentar políticas de Estado para hacer crecer a Mendoza. En la economía del conocimiento tenemos un gran tema que debe estar contenido imperiosamente en la agenda de los futuros gobiernos.

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