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Fiebre del énfasis en el periodismo televisivo

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

El énfasis en periodismo es como los condimentos en las comidas: su exceso puede arruinar los mejores sabores. Por caso, no a todos los espectadores les atrae que los periodistas de televisión remarquen demasiado las cosas. Lo usual es que eso se convierta en un intento de didactismo que a la postre sea cansador.

Es como las llamadas malas palabras: sólo a algunos les quedan bien, y en otros suenan como algo impostado, falso.

Hoy, a ambos lados de la grieta (que sigue engordando), varios periodistas se desviven por hacer una alharaca enfática de sus puntos de vista políticos. Es como si estuvieran preocupados por fijar opinión básica en nosotros, que vendríamos a ser los alumnos desatentos.

Hace unos días en su programa de radio Jorge Lanata, admitió estar arrepentido de haber destratado con insultos -en algún momento de su carrera- a algunos políticos cuando en realidad -dijo- ya era demasiado con la posibilidad de exponer sus chanchullos a la luz pública y con dejar en evidencia sus mentiras. Es saludable este tipo de autocrítica.

¡A machacar!

Un buen editorial en un programa político de TV es el que está pensado como una composición musical. Es decir como un conjunto de elementos ordenados donde cada parte, por chica que sea, es imprescindible para entender el conjunto. Es lo que muchas veces malogra Luis Majul por su tendencia a machacar y a desordenar la composición para privilegiar su stand up.

Es entendible que quien trabaja con la imagen tenga esa tendencia a transformar casi todo en autorreferencial y a sazonar la realidad con sus tics singulares. Pero como todo tiene un límite, el de ellos es la noticia, el hecho concreto, el dato, asuntos vitales que muchas veces quedan escondidos, minimizados.

Las mañas, un estilo

Alejandro Fantino es un buen entrevistador (lo demostró sobre todo en aquellos ciclos nocturnos de América) pero suele patinar cuando insiste demasiado en interrumpir al entrevistado para hacerle repetir tal o cual concepto, una maña que inventó Bernardo Neustadt por aquellos años en que Tiempo Nuevo medía tanto o más que algunas telenovelas.

Carlos Pagni en su ciclo Odisea Argentina, en el canal de La Nación, es la contracara de Majul o de buena parte de los periodistas de C5N donde su adalid, Roberto Navarro, no sorprende a nadie porque siempre ha hecho militancia, pero sí cuando lo hacen otros profesionales que supieron tener chapas de serios, como Gustavo Sylvestre.

El editorial del programa de Pagni, que dura media hora sin cortes, está estratégicamente balanceado. Esa exposición cuenta con mucho dato, variada información, y, por supuesto, opinión, muchas veces muy crítica, pero no tiene ese tono de "avíspese, espectador que le estoy dando la posta de lo que usted debe pensar".

El asunto cuestionable en muchos otros opinadores es esa creciente manía de irse al pasto por querer adoctrinar, pontificar, catequizar.

La menoscabada

El periodismo de TV se centra cada vez más en la figura que conduce y cada vez menos en la noticia o la investigación. Lo que importa es la opinión que Fulano o Mengano tengan de un suceso y del show que haga con eso. El caso extremo quizá sea el de Baby Etchecopar y por eso necesita ser analizado con pinzas.

Baby es un agitador (dentro del sistema), alguien que ha dejado al periodista de lado para ser otra cosa. Tanto en la radio como en la TV es un predicador laico, un tipo que se enfrenta al poder con armas que exceden a las del periodismo, alguien que dice ser la voz del pueblo y que ha expuesto su vida personal como un rasgo más de su actividad pública.

Sus recursos actorales le ayudan mucho y por eso lleva años haciendo de pastor revulsivo en teatros (ahora virtuales) donde transforma la realidad política y social en un show pendenciero y visceral. Mientras Baby cuestione al poder será un fenómeno digno de tener en cuenta.

A las fuentes

El periodismo en general, y el televisivo en particular, deben volver al profesionalismo, a la rigurosidad informativa. Ese es el único escudo para preservar el derecho a la libertad de opinión y de prensa que nos fija la Constitución. Y para evitar que los periodistas ayudemos a agrandar la grieta.

El poder político ha sido y será siempre remiso a los controles de la prensa, de allí que ponga tanto empeño y fondos en generar prensa adicta, militante, para sostener sus libretos. Casi todos los que han prometido terminar con la grieta, la han agrandado.

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