Análisis y opinión

El fútbol, ¿deporte libertario o ritual de lo común?

Derecha e izquierda se buscan en la cancha, mientras el fútbol sigue siendo algo más profundo: un ritual destinado a tramitar emociones que no siempre confesamos

Todos recuerdan aquel momento de la infancia en que el dueño de la pelota, enojado, decidía irse y el partido terminaba. Una decisión dictatorial, podría decirse. Pero en aquellas tardes azules pocos niños reflexionaban sobre la relación entre el fútbol y la política. En cambio, en los últimos días fueron muchos los adultos que cruzaron el puente entre ambos mundos.

La vicegobernadora de Mendoza -cuyo apellido llegó desde España- llamó "equipo africano" a la selección francesa y su síntesis despertó iras. Seguro celebrará si este sábado gana la albiceleste, ese grupo compuesto por mestizos indios, ibéricos e italianos con el que la gente se identifica en el sur americano y en Bangladesh.

Por otra parte, el pintoresco asesor presidencial Santiago Caputo consideró -tras la eliminación de Brasil frente a Noruega-: "Qué piedra se volvió ser negro. Es culpa de Hollywood. Las advertencias fueron debidamente presentadas". Y entre algunos medios brasileños se multiplicaron las voces que explicaban la derrota de la verdeamarelha por fuerte presencia evangélica en el plantel.

O sea que al mismo tiempo que la FIFA apela a la postura wokista de "evitar conflictos", en el resto del mundo personas con diversos niveles de inteligencia se trenzan para definir si, más allá del obvio negocio global, en lo profundo de su estructura el fútbol cifra una metáfora libertaria o una clave socialista.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, entrega el "Premio de la Paz" al mandatario estadounidense, Donald Trump. Entre ambos hay muchos cabellos de diferencia.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, entrega el "Premio de la Paz" al mandatario estadounidense, Donald Trump. Entre ambos hay muchos cabellos de diferencia.

Fútbol de derecha y de izquierda

Es tan entretenido el fútbol que a todos les conviene llevar agua para su molino. Desde la derecha se han hecho esfuerzos por explicar los motivos que harían de este juego un ejemplo de ecosistema libertario, donde el árbitro-Estado se limita a aplicar normas básicas y la competencia se realiza en forma libre dentro del campo de juego.

Los libertarios también hablan de la cancha como un ámbito en igualdad de condiciones, donde se valora a cada jugador por su capacidad y su mérito, más allá de sus orígenes, su etnia o sus antecedentes.

En la izquierda, en cambio, las aguas se dividieron pronto. Si bien una facción siempre consideró al fútbol como otro "opio de los pueblos", hay una línea más sutil -Eduardo Galeano y otros- que lo asocia con la irreverencia y la fiesta popular. Por no hablar de algo más obvio: si esos 22 tipos no comparten por un rato la pelota, no hay partido. Compartir es el factor sine qua non del evento.

La izquierda podría añadir que la cancha, como el mercado, solo parece un lugar donde se igualan las condiciones. Parece, porque el hecho de que seis de los ocho equipos que llegaron a cuartos de final sean europeos acaso diga algo sobre la manera en la que los jugadores se forman, entrenan y consolidan sus carreras en una de las regiones más ricas del planeta.

O quizá el fútbol no tenga una ideología propia. Quizá ocurra algo más interesante: como es un idioma común, cada ideología intenta traducirlo a su favor.

El presidente argentino, Javier Milei, jugó como arquero. Ahora sigue atajando penales... y casi siempre se tira para la derecha.

El presidente argentino, Javier Milei, jugó como arquero. Ahora sigue atajando penales... y casi siempre se tira para la derecha.

Los jugadores que "aprendieron" a callarse

Si las diagonales entre el fútbol y la política son tantas, ¿por qué, entonces, los jugadores se han vuelto tan cagones a la hora de decir lo que piensan?

Lejos quedó Maradona, con su compulsión por opinar sobre lo que fuera. También tipos como Sócrates, el mediocampista de Corinthians que encabezó una verdadera batalla cultural en el Brasil de los 70 y los 80 al proponer una gestión democrática del equipo.

Hoy es diferente. La biografía de los jugadores se ha vuelto una parte del producto que se vende. Se hace negocio con la facha de Cristiano Ronaldo pero también con la humildad y la sencillez de Messi. Si se los mira de cerca, son packagings redonditos, con pocas aristas filosas si se los compara con los "impresentables" maradonas, los valderramas, los cantona.

Diego Maradona. La cantidad de política que tiene esta foto no cabe en un epígrafe.

Diego Maradona. La cantidad de política que tiene esta foto no cabe en un epígrafe.

Cualquier desliz extrafutbolístico implica el riesgo de perder mercados y sponsors. De ahí esta generación lavada, de héroes que hablan poco de lo que acontece fuera de la cancha.

Una excepción es Kylian Mbappé, polémico grone que se está cansando de meter goles para los franceses. Llama a votar contra la ultraderechista Marine Le Pen: "Sé lo que significa y las consecuencias que tiene cuando gente así alcanza el poder", largó en mayo durante una entrevista a Vanity Fair. Cuando quiere, juega en las lides ideológicas con la misma picardía con la que encara el área rival.

No es sólo fútbol, pero me gusta

Permítaseme una breve incursión al territorio de los experimentos imaginarios: vamos a agarrar a un argentino equis esta noche. Pongamos por caso un conductor de Uber que en este momento maneja por la Alameda. Lo vamos a abducir con ayuda de un plato volador y dentro de la nave lo sentaremos a ver el partido contra Suiza mientras le colocamos electrodos en la cabeza. Esos electrodos van conectados a una máquina que registra todo lo que pasa por la mente del tipo.

¿Alguien cree que durante el partido ese cerebro estará pensando solo en fútbol?

En absoluto. Para ese argentino equis, como para millones, habrá una parte de la conciencia centrada en la pelota y sus vaivenes, pero por lo bajo vibrarán otras corrientes. Habrá recuerdos de un abuelo o una abuela, el sedimento de cientos o miles de tardes pateando en alguna cancha de barrio, la necesidad de igualar tantos con una novia que lo dejó en la adolescencia, la bronca porque la plata no alcanza para comprarle una bicicleta al pibe. Mil cosas.

El fútbol es así: es el nombre engañoso que le ponemos a un ritual que usamos para tomar revancha de aquello que nos duele individual y colectivamente.