A juzgar por lo aportado en el debate presidencial no podemos avizorar cómo sigue la película después del 10 de diciembre. Lo único claro es el presente de pobreza y estancamiento producto de una inflación irrefrenable.
Tampoco hay acuerdo sobre las causas que nos han llevado a esta situación de decadencia y futuro incierto: que sin son ochenta años, con predominio peronista de diversas caras y en todas las etapas, que si los culpables son los gobiernos neoliberales, de los cuales el actual sería un fiel exponente.
Sea como fuere, es imperdonable para las generaciones de políticos lo que viene ocurriendo en un país favorecido por recursos naturales y con un capital humano de exportación.
El estancamiento del PBI que, con subas y bajas, se ha prolongado por ocho años, y con una contracción pronosticada de 1,3 por ciento para 2020, hace corresponsables a los dos bloques de poder que están compitiendo por la presidencia.
El fracaso del gobierno de Mauricio Macri se explica por los errores propios, por el clima económico global y también por los graves problemas estructurales que heredó (déficit fiscal, inflación, default, cepo, subsidios energéticos, pobreza).
En consecuencia, el próximo gobierno deberá acertar cuidadosamente en sus políticas, interactuar con un contexto internacional hostil, y lidiar con la herencia que quedará (inflación galopante, deuda impagable, pobreza récord).
Seis para triunfar
El punto de partida del debate presidencial es la situación crítica que estamos viviendo. Difícil para el candidato Mauricio Macri apoyarse en su propuesta (promesa), sin aludir a los malos resultados de su presidencia en el plano económico. En el doble rol que le toca jugar es aconsejable que esboce una autocrítica, al menos que sirva como excusa o "relato" de lo que ha pasado en su gobierno. Al respecto poco dijo en el debate, sólo que cuatro años son pocos para cambiar una historia de ocho décadas de inflación y de pobreza.
En su estrategia ofreció ese flanco para las estocadas de Alberto Fernández, quien dio a entender que Macri vivía en un mundo irreal, entre otros ataques rayanos en la agresión.
La fortaleza de Macri se basó en destacar algunos logros en la lucha contra el narcotráfico, en materia de obras y, principalmente, en la inserción en el mundo con vistas a un futuro de desarrollo y progreso, según lo que auguró. Rozó al pasar el tema de la corrupción e hizo una sola referencia implícita a Cristina, cuando le recordó a Fernández las críticas que éste le hacía al desmanejo económico de la gestión que encabezó su compañera de fórmula. Y embocó en el mentón a Axel Kicillof cuando metió lo de la "narcocapacitación".
Alberto Fernández, también libretado al detalle, salió a golpear una y otra vez no sólo al gobierno actual, sino directamente a la persona de su principal rival. Ocupó el centro del ring en varios pasajes, pero tuvo puntos flojos, como cuando no pudo resolver el intríngulis en que se encuentra dentro del cristinismo con el asunto Venezuela. Por lo demás, invirtió su tiempo en describir críticamente al gobierno actual, aportando datos -varios erróneos- sobre la deuda y la ejecución presupuestaria (ver chequeado.com).
Fernández dejó pasar la oportunidad de plantarse como futuro presidente hablándoles a los argentinos sobre sus planes de gobierno, al menos a grandes rasgos.
Si bien demostró destreza discursiva en el manejo de los tiempos acotados, se expuso al contragolpe certero de Macri con eso del dedo admonitorio, quien aprovechó para presagiar el regreso de los modales autoritarios.
Como corolario, todos tenemos claro lo que estamos viviendo, lo que nos falta es algo de certidumbre acerca del camino que seguirá el país con el próximo gobierno, una hoja de ruta que ningún candidato logró brindarnos.
Segundos afuera
Decepcionó Roberto Lavagna. Apenas sí atinó a plantear un cambio de gestión en la educación para llevarla de la órbita provincial a la Nación, y alguna que otra propuesta para las pymes. Estuvo acertado a la hora de encuadrar a la pobreza y al hambre como un drama humanitario pero, entre balbuceos, no logró ubicarse como el hombre capaz de resolver el problema económico, que es la base de lo que está pasando. Sin reparar en las cámaras de la transmisión televisiva, dio la impresión de sentirse incómodo en el formato de tiempos acotados.
José Luis Espert, en cambio, demostró saber a qué se estaba jugando. Con habilidad para adecuarse al corsé del debate televisado aprovechó cada segundo para meter frases efectistas. Antipolítico por excelencia, planteó el arancelamiento universitario, la inviabilidad del sistema previsional, "el curro de los derechos humanos", y otras cuestiones por el estilo que, podrán fidelizar al pensamiento liberal extremo, pero lejos están de conquistar a la masa de electores.
Juan José Gómez Centurión tuvo una actuación fallida. No pudo redondear una idea y, cuando tuvo más tiempo, se quedó corto en la exposición con su caballito de batalla antiaborto. El candidato tiene un destacado historial como héroe de Malvinas, y encabezó batallas contra las mafias al frente de la Aduana, pero en su alocución se limitó a cuestionar la ideología de género en la educación sexual y no mucho más.
Nicolás Del Caño, a fuerza de experiencia, ha aprendido mucho del manejo de medios y se lo vio descontracturado, aunque no logró convencer más allá de su base de sustentación electoral al no apartarse de las frases ya remanidas por su uso en la campaña. Así, perdió riqueza argumentativa. Con una única mención a la situación de Ecuador hubiera sido suficiente para generar conciencia y solidaridad con la lucha del pueblo indígena, pero no supo dosificar el tema y cayó en la sobreactuación. Es de esperar que la izquierda sea capaz de incorporar mayor densidad a su plataforma para levantar el nivel de su participación en el ámbito nacional.
El próximo round
El formato elegido no da para mucho y será difícil que los candidatos se salgan demasiado de libreto. Igualmente, será una oportunidad para que cada uno, con sus coach y equipos de asesores, levanten la puntería con vistas al segundo debate del próximo domingo.
En rigor, no se sabe si será una instancia para definir el voto, para volcarlo o fidelizarlo, aunque lo más probable es que no mueva la aguja.
Al menos, ojalá que esta modalidad, importante desde el punto de vista institucional en el proceso electoral, sirva para que, con propuestas coherentes, exentas de espejitos de colores, nos echen algo de luz sobre la Argentina que viene. Algo que, a priori, se ve improbable.
