Llega puntual, saluda al mozo y pide un cortado, como si fuera un tipo común. Después abre un bolso de mano, saca el celular y pispea los estados de Whatsapp de sus contactos, como si fuera un tipo común. Pero él no es un tipo común. Nunca lo fue. Ni ahora ni durante su brillante carrera de francotirador de la Policía, aunque él prefiere decir que fue sniper o tirador táctico profesional.
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Prefiere que lo llamen La Leyenda, aunque muchos le digan Pichu por su asombroso parecido físico y gestual con el humorista uruguayo que integró el clan Tinelli.
La conversación transcurre en el café de un centro comercial de Guaymallén. El grabador del celular se enciende y el entrevistado mira correr el cronómetro casi con obsesión.
El paso del tiempo parecer ser su objetivo esta vez, como alguna vez lo fueron dos delincuentes: El Morocha y El Polaco. O Matías Cerón y José Francisco Wiecek, a quienes doblegó a tiros de fusil. Certeros. Decisivos para terminar con dos tomas de rehenes. Cada una a su turno. En 2001 y 2002.
Este 26 de diciembre se cumplieron diecisiete años del dramático cautiverio del comerciante Marcelo Lencinas en su minimercado de Adolfo Calle casi Cobos de Dorrego. Fueron once horas a merced de José Francisco Wiecek, conocido en el mundo del hampa como El Polaco.
"Ese día era un día normal: hubo allanamientos durante la madrugada y entrenamiento muy fuerte a primera hora. Yo era oficial de servicio..." "Ese día era un día normal: hubo allanamientos durante la madrugada y entrenamiento muy fuerte a primera hora. Yo era oficial de servicio..."
El francotirador
-¿Cómo se enteró del secuestro?
-A través de la frecuencia policial supimos que había una persecución hacia Dorrego y escuchamos que previamente hubo un enfrentamiento (a tiros entre policías y asaltantes de un local de Godoy Cruz). Alerté al personal y nos preparamos para salir rumbo al comercio de Adolfo Calle casi Cobos. El comisario Oscar Rivas era mi gran maestro, mi comandante. Yo cumplí mi función de sniper, de tirador especial selecto.
-¿El plan se diseñó en el camino?
-Ya cada uno sabe lo que debe hacer en cada intervención, solo nos queda saber la ubicación geográfica para ir y entrar en acción.
-¿Qué hizo entonces?
Recuerdo que debí cambiar de posición cinco veces porque aquel 26 de diciembre era el día más caluroso del año. Cuando llegamos al lugar eran las 10.30 aproximadamente. La primera vez me ubiqué en el techo de una casa vecina, frente al local donde estaba ocurriendo la toma del rehén. El sol calentaba con furia y como el techo de la vivienda esta cubierto de membrana asfáltica se hizo imposible seguir ahí porque, además, el sol me daba en la cara y el reflejo me impedía ver a través de la mira telescópica. Me pasó como en el caso del Morocha en Las Heras, donde el techo era de chapa.
El entrevistado alza un brazo para hacer un gesto, lo que deja ver quemaduras a la altura de los codos. Son "recuerdos" de esos operativos donde debía apostarse en el lugar justo para disparar, aunque eso conllevara alguna dolencia.
-¿Qué fue lo primero que vio a través de la mira telescópica?
-A un hombre muy alto y calvo (por Lencinas) y a otro hombre de mediana estatura, de 1,65 o más, que era Wiecek. Vi en la víctima a un hombre muy angustiado, con mucho estrés y mucho miedo. Era obvio porque lo estaban apuntando con un revólver calibre 38, amartillado y listo para el disparo. Y así fue durante las once horas de cautiverio: Wiecek nunca quitó su arma de la cabeza de Marcelo Lencinas. La pasaba de una mano a la otra. Pero sin dejar de apuntarle.
-¿Cómo tomó la ubicación definitiva frente al lugar del secuestro?
-Rápidamente comencé a sufrir un proceso deshidratación muy severo, así que debí cambiar de posición. Bajé del primer techo y me fui a otro cercano. A la dueña de casa, que era una señora mayor, le pedí que me prestara una manta. La más gruesa, la de mayor espesor que tuviera le pedí. Quería cubrirme sin ser visto desde enfrente. La vecina no podía entender porqué iba a taparme con esa manta, pero fue la que me salvó porque estuve tres o cuatro horas de temperatura muy intensa. Si el captor me hubiera visto su situación de estrés podría haberse alterado.
En la última parte del operativo el tirador se instaló en un jardín maternal decorado con personajes de Disney, que todavía funciona. Los niños y los maestros fueron evacuados por los techos que daban a calle Cobos.
-Estando del otro lado de la calle, ¿cómo logró tener total conocimiento de lo que pasaba entre el rehén y el secuestrador?
-Gracias a que con los años aprendí a leer los labios porque la detonación de tantos disparos en operativos, entrenamientos y competencias deportivas me provocaron una baja del nivel auditivo. Gracias a eso pude saber que Wiecek le estaba diciendo a Lencinas que no se preocupara, que todo sería rápido. Al comienzo le decía eso. Yo transmití todo eso a mis superiores.
-¿Qué es un tirador profesional en un operativo donde la vida y la muerte dominan la escena?
-Un tirador debe ser los ojos del grupo táctico y del personal a cargo de la situación de crisis, en la que intervienen mediadores, negociadores, psicólogos, jueces, abogados, psiquiatras...
"Un sniper debe ser preciso y claro y reportar con naturalidad lo que ve y escucha en la escena de operaciones" "Un sniper debe ser preciso y claro y reportar con naturalidad lo que ve y escucha en la escena de operaciones"
El francotirador
-¿Qué transmitió a los responsables antes del desenlace?
-Que había que actuar rápido porque en poco tiempo nos íbamos a quedar sin luz. Por más que en la calle había gran claridad natural -eran las 20 horas- en el local de Lencinas ya estaba oscuro porque la luz ya había sido cortada hacía algunas horas. Y se necesitaba de buena visibilidad dentro del local.
La gran experiencia y la fina observación le permitieron saber que Wiecek podía matar a Lencinas en cualquier momento. Se lo decían los gestos en la cara del Polaco y hasta el color de la piel, que por momentos era amarillento y cada tanto se ensombrecía. Era el color de la muerte.
A través de la mira telescópica el tirador advirtió que todo terminaría en una masacre si El Polaco no era interceptado.
"Él ya había tomado la decisión de matar a su víctima y suicidarse. Cada tanto repetía que nunca más volvería a la cárcel de la que había salido poco antes" "Él ya había tomado la decisión de matar a su víctima y suicidarse. Cada tanto repetía que nunca más volvería a la cárcel de la que había salido poco antes"
Del francotirador
Entonces, el tirador sintió que el final no podía esperar y que debía salir del gatillo de su propio fusil Ruger M77 calibre 7.62.
La orden del juez a cargo del operativo, Manuel Cruz Videla, puso en marcha el desenlace por todos conocido: Wiecek muerto y Lencinas vivo. La vida de la víctima por sobre todo.
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Final de un día signado por la violencia y el dramatismo en el minimercado de Dorrego.
El tirador es un hombre de fe y diecisiete años después sigue convencido de que no había otro final posible para el secuestro de Dorrego.
Piensa así más allá de la congoja que debió tratar con profesionales para seguir adelante.
La otra encrucijada
Dos años antes había estado en otra encrucijada de alto impacto mediático. Con una rehén a merced del Morocha y de su arma. Un sábado de febrero tan caluroso como aquel día en Dorrego.
Con el delincuente y la víctima en la entrada de una casa rodeada de policías listos para entrar en acción y él justo enfrente, del otro lado de la calle Doctor Moreno, tendido de panza sobre un techo de chapa ardiente de sol, con los codos quemándose y semioculto en una caja de cartón.
Leyendo labios. Ajustando la mira. Enfocando. Preciso. Certero. Reportando. Y a la espera de una orden, la misma que le permitió desarmar al Morocha de un disparo en la mano derecha, la que sostenía el arma hundida en el cráneo de su ocasional víctima.
Hoy
El tirador ya está retirado de las filas policiales. Y cada tanto se reúne con ex compañeros y se saludan y evocan y se organizan y cocinan y comen... como si fuera un tipo común.
Pero no lo es. Y él lo sabe.
Porque aun tiene en las manos y en la cabeza la destreza indispensable para ser más rápido que el sonido a la hora de apuntar con el fusil, destreza que nació con él, que creció en su interior y se fue perfeccionando hasta alcanzar su máximo esplendor en competencias deportivas y en la función policial cada vez que fue llamado a actuar.
Porque entre sus recuerdos hay uno de la niñez que pervive y que él recuerda y cuenta porque está directamente ligado a esa velocidad de movimiento pero también a lo fantasmal que envuelve a la figura de los francotiradores. Que siempre están. Pero vaya uno a saber dónde exactamente, porque cuando suena el disparo y sucede la reacción ya es tarde. Demasiado.
-¿Dónde estuviste todo este tiempo? -le reprochaba la madre cuando el pequeño Pichu reaparecía por fin, luego de una interminable jornada de jugar aquí y allá sin hacer caso a los llamados para comer, para bañarse o estudiar.
-Estuve en todas partes... y en ninguna -contestaba él. Como una premonición.