Jorge Bergoglio es un señor sinuoso. No deja de ser un hombre fascinante. Pero es jodido de una manera muy argentina. Es astuto como pocos, o si usted me permite la licencia, ladinamente jesuita. Por ejemplo en eso de sentar una fuerte presencia política en su tierra natal sin salir del Vaticano.
Por estas horas el pontífice ya le ha marcado la cancha al presidente Alberto Fernández al rechazarle a quien nuestro país había postulado para ser embajador en el Vaticano, Luis Bellando, un diplomático de carrera que venía desempeñándose como embajador en Angola.
Las buenas lenguas coinciden en que las razones para tirarlo de traste al nominado y generarle un bolonqui a la Casa Rosada es que ese diplomático es divorciado. Y casado en segundas nupcias. Y, además, que en el primero de esos matrimonios estuvo casado solo por el Registro Civil.
¿Se acuerdan, de paso, del cortocircuito que se produjo en la reciente campaña electoral cuando Cristina dijo "yo no soy divorciada" para diferenciarse de María Eugenia Vidal?
Algunos atribuyen lo del bochado embajador a cosas del protocolo vaticano. Argumentos respetables, arguyen. Para otros, rechazar a un divorciado son incongruencias de un Papa que nos sugirió que llegaba al Vaticano "a hacer lío" (de hecho hizo varios bardos conceptuales), pero que luego suele recular o comportarse de maneras raras.
Como, por ejemplo, cuando hace un mes le pegó un empujón poco cristiano a una señora que le quiso retener la mano papal, o cuando en su viaje a Chile trató de mentirosos a quienes habían sido víctimas sexuales del temible cura Karadima.
O, lo peor para los mendocinos, cuando Bergoglio aún sigue sin referirse con su propia voz al infierno vivido por niños y niñas sordomudos que fueron abusados durante años en el colegio Próvolo, de Luján de Cuyo, por dos sacerdotes que ya fueron condenados por la Justicia mendocina.
Locos avatares
El presidente argentino tiene previsto visitar al papa Francisco a fines de este enero durante su gira por Israel y Europa. Y quería presentarse en compañía de su embajador. Ahora la Cancillería argentina anda a las corridas en busca de otro que no esté divorciado, así no sea católico.
Como para agregarle más pimienta a este episodio, el canciller de nuestro país, Felipe Solá, quedó empantanado porque al mismo tiempo que ocurría lo del rebote del embajador divorciado, se revelaba que Solá habría enviado unos increíbles mensaje de Twitter en los que se tomaba a la chacota el asunto de esos tontones argentinos que tiraron un chancho desde un helicóptero hacia una piscina en Punta del Este.
Dímelo tú
Es difícil distinguir cuál es el verdadero Bergoglio. ¿Será el que nos pedía con fervor "cuiden a Cristina" cuando ella transitaba su segunda y cuestionada presidencia?
¿Será el que despreciaba a Macri por ser liberal y que cada vez que estuvo con él lo recibió con cara de pocos amigos?
¿Será el que, en cambio, recibía alborozado a los "pibes para liberación" (léase La Cámpora) con los que intercambiaba camisetas en la Santa Sede?
¿Será el que jugó todo el tiempo al suspenso sobre la fecha en que visitaría la Argentina, dejando leer entrelíneas que jamás lo haría mientras Macri fuera presidente?
¿Será el que se ocupa personalmente de promover a gente de su extrema confianza para sentar presencia en la política argentina, como es el caso de un dirigente populista como Juan Grabois?
¿Será el que en la película Los dos Papas es mostrado como alguien que salvó gente durante la dictadura de Videla y Massera?
¿Será el que al comienzo de su gestión asombró al mundo al anunciar que traía, como jefe de la Iglesia católica, otra mirada para los divorciados y para quienes optaban por elecciones sexuales que no eran las tradicionales?
Chi lo sa, podría decirnos él ahora que habla tan bien el italiano. Y nosotros, en lenguaje tanguero, bien argentino, podríamos chancearlo con un ¡Te conozco, mascarita!
