Al abogado Adolfo Moreno le decían El Gallego. En el argot tribunalicio era estimado y respetado tanto como en las facultades de Derecho. También en el mundo del tiro deportivo de Mendoza por sus dotes dirigenciales y de gran tirador. Por eso, cuando El Gallego fue asesinado a tiros en su casa de Guaymallén, un frío amanecer de junio de 2012, hubo sorpresa, bronca e indignación.

Moreno tenía 60 años y acostumbraba a fumar en pipa.

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El día de la tragedia se había levantado temprano, como habitualmente. A eso de las 6. Para organizar sus labores de abogado defensor y profesor universitario. Afuera todavía era noche cerrada y las luminarias públicas le daban algo de vida a la zona. Dorrego, cerca del Acceso Sur, para ser más precisos.

No llamaron su atención los sonidos de autos y camiones -y porqué no de alguna moto- que llegaron lejanos desde las cercanías de la calle Mármol porque eran como la música de sus mañanas, pero sí lo pusieron en alerta un par de ruidos que escuchó adentro de su propia casa.

El Gallego Moreno pensó en Mabel, la esposa, que aun dormía. Entonces se ajustó los anteojos como para ponerse en movimiento y ver qué estaba pasando pero un brazo intruso que salió de la oscuridad lo paró en seco. Era un hombre armado que no estaba solo: lo acompañaba una mujer.

El delincuente amenazó al abogado a punta de pistola y lo llevó a otro sector de la casa. Dicen que Moreno no entendía por dónde habían entrado si siempre tomaba medidas de seguridad. Cerca de allí, una estación de servicios recibía a los primeros clientes del día y un cafetero ambulante abrigado hasta las orejas ya ofrecía su mercancía.

La cómplice se ocupó de barrer con la mirada cada palmo de la casa de la familia Moreno. Para evitar sorpresas. La esposa del letrado estaba ahí y eso era parte del plan, que parecía estudiado. De cabo a rabo.

Parecía todo calculado porque algo se desmadró. ¿Algo que los delincuentes no calcularon por falta de información sensible como que Moreno era tirador y sabía usar armas de fuego? Es que, rapidísimo y cauteloso a la vez, Moreno tomó un revólver 357 de entre sus cosas, apretó el gatillo una vez y dio en el blanco.

Ese intruso flaco y alto quedó herido y sangrando pero aun así terminaría acribillándolo de tres disparos.

La pareja escapó y pasó caminando por la estación de servicios pero nadie advirtió de que el hombre dejaba algunas manchas de sangre a cada paso. Sí había dejado su rastro hemático en la escena del crimen, donde la mujer de Moreno gritaba su desesperación y pedía auxilio.

Un rato después, la noticia estremecía al mundillo judicial y al ambiente del tiro deportivo. También al Colegio de Abogados de Mendoza, de cuyo Tribunal de Ética había sido parte. Y a los amigos. Y a los tres hijos.

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El Gallego Adolfo Moreno en pleno juicio por delitos de lesa humanidad.

El Gallego Adolfo Moreno en pleno juicio por delitos de lesa humanidad.

Bendita tecnología

Las cámaras de seguridad de la zona captaron a la pareja y ese fue un buen comienzo de la investigación. Pero la perla fue que el delincuente había salido herido porque un herido de bala siempre busca asistencia médica y esa es una buena pista que puede dar excelentes resultados.

Tareas de inteligencia posteriores condujeron la pesquisa hacia la zona Este. Entonces retumbaron un nombre, un apellido y un apodo: Fabián Vega, alias Raimundito, como aquel niño malvado de los ´60 y ´70 creado por García Ferré.

La madre de Raimundito fue lo más cerca de él que los investigadores lograron estar en las primeras pesquisas. Porque Raimundito no se dejaba ver en público. Y esa también era una buena señal.

Que la mujer fuera vista ingresando a un centro de salud alentó a los rastreadores. La posterior confirmación de que ella buscaba a alguien que pudiera curar a un hijo herido fue determinante.

Vega cayó preso en la zona Este. Tenía 25 años. Debieron subirlo directamente a una ambulancia que voló al hospital porque había perdido mucha sangre como consecuencia del mano a mano con El Gallego Moreno. Y no solo eso: todavía tenía la bala incrustada en el cuerpo.

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Junio de 2012. Raimundito Vega es llevado al hospital. Allí le sacarían la bala que recibió cuando mató a Moreno.

Junio de 2012. Raimundito Vega es llevado al hospital. Allí le sacarían la bala que recibió cuando mató a Moreno.

En Junín quedó presa la sospechosa de haberlo acompañado en aquella fechoría. Rita Giménez, apenas dos años mayor que él. Dicen que era la novia.

Perpetua

Raimundito Vega fue condenado a prisión perpetua por el delito de homicidio criminis causa en perjuicio de Moreno. Para la Justicia, mató al abogado para tapar el delito de haber intruseado la propiedad. Para asegurarse la impunidad.

En agosto de 2014 lo sentenciaron los jueces Roberto Uliarte, Eduardo Martearena y María Laura Guajardo porque las pruebas eran irremontables: su sangre estaba en la escena del crimen, su imagen estaba en las cámaras de videoseguridad, aparecía en escuchas telefónicas y la esposa de Moreno, testigo ocular del crimen, lo reconoció sin dudar ni un instante.

Vega sigue preso en cumplimiento de la sentencia.

Rita Giménez fue absuelta por el beneficio de la duda porque no hubo ni una prueba que demostrara que estuvo en la casa de Moreno. Quedó en libertad al final del debate oral y público.

El fiscal de Cámara, Darío Tagua, había pedido la pena de prisión perpetua para los acusados.

A su turno, Rafael Manzur, abogado defensor de Pobres y Ausentes, solicitó que Raimundito no fuera condenado a perpetua por haber matado para ocultar otro delito -se pensó en el robo- sino a una pena de 10 a 25 años por robo agravado por el homicidio.

Según Manzur -actualmente en la vidriera pública porque asiste a los imputados por el femicidio de Florencia Romano- Raimundito Vega y Moreno se trenzaron en lucha y durante la misma se produjo la muerte del abogado.

Sin embargo, para el tribunal de sentencia, que los disparos homicidas fueran tantos -3 y no 1 ni 2- alentaron la hipótesis del crimen para callar a la víctima de otro delito.

La previa

Nueve meses antes de ser juzgado por el crimen del Gallego Moreno y mientras esperaba este debate en prisión, Raimundito Vega participó de otro juicio resonante: el caso Bolognezi.

Lo llevaron esposado y con custodia de penitenciarios para que declarara como testigo por el caso de asesinato ocurrido en 2002 en San Martín. Es porque un año después, siendo aun menor de edad, dijo que los acusados de matar a José Luis Bolognezi le habían ofrecido $35.000 para que se declarara culpable bajo el argumento de que ser menor de edad le garantizaba que no sería puesto en prisión.

Sin embargo, Vega se negó a repetir aquella versión de su adolescencia: "Me tienen harto con eso: se los dije y no me creyeron", zanjó y se negó a declarar en la sala de audiencias.