Pasemos en limpio algunas cuestiones acerca de la pandemia entre tanto bombardeo de datos que nos llegan por todas las vías posibles. Rociemos con lavandina, frotemos con alcohol en gel o simplemente higienicemos con agua y jabón tanto infovirus.
Sin que esta pesadilla real haya concluido, por el contrario, recién está empezando para nosotros, se pueden ensayar algunas reflexiones preliminares.
Es inédito para la especie humana que tenga que enfrentar una amenaza global tan cercana y palpable. El tiempo que lleva escribir y leer estas líneas es suficiente para que se multiplique la cantidad de infectados y se sumen las cifras de muertos por el coronavirus. Así de veloces son los contagios. Así de dramática es la pandemia.
No existe vacuna ni tratamiento específico para el coronavirus y no habrá hallazgos científicos eficaces al menos por muchos meses, demasiados, hasta que algún laboratorio de alguna potencia o país desarrollado logre patentar la vacuna o la medicina, y escalar el negocio.
No existen garantías de inmunidad para ninguna zona o región ni clase social. En el mundo globalizado la transmisión del virus tarda lo que el vuelo de un avión y lo que dura el pasaje de microgotas de saliva de un portador a una persona sana.
Los antídotos a mano
Sin la existencia de una vacuna, sólo quedan como estrategia las barreras a la circulación libre y el aislamiento social. Es decir, las decisiones que emanan de la esfera gubernamental y la conducta individual.
En las experiencias que venimos observando en los diferentes países apreciamos distintos modelos de gestión de la crisis sanitaria. Las formas de intervención gubernamental se diferencian nítidamente de un país a otro. Ya sea por características personales de los liderazgos o por sistemas políticos distintivos. También por la diversidad cultural y disciplinaria de cada sociedad.
Las coberturas sanitarias de las poblaciones, lógicamente, son muy disímiles unas de otras. Esa realidad explica en buena medida que los índices de mortalidad de países como Corea del Sur o Alemania sean brutalmente inferiores a casos como los de Italia o España.
Y que Japón se dé el lujo de continuar con una vida casi normal apelando a la conciencia ciudadana. Solamente ha suspendido las clases y los eventos multitudinarios. Su estrategia hasta ahora es aislar a los grupos de contagio. Pero para eso cuenta con diagnósticos masivos.
Lo mismo ocurre en Corea del Sur, donde los laborarios de test facilitan la detección temprana de personas infectadas sin presentar síntomas.
El presupuesto e inversión en salud, y el acceso a coberturas del conjunto de la población, junto a medidas idóneas adoptadas a tiempo, integran el principal anticuerpo de un país para hacerle frente a la pandemia.
El mejor remedio casero
A nosotros, que no tenemos las herramientas suficientes para salir a dar la pelea como los orientales desarrollados, no nos queda más opción que apelar al aislamiento. Es nuestro principal recurso para ralentizar los casos y aplanar la curva de contagios. En pocas palabras: darle tiempo a nuestra red sanitaria para atender a los enfermos sin que exploten los sistemas nacional y provincial.
El otro factor es la economía, también atacada con violencia por el coronavirus. Es el gran dilema, porque vastos sectores de la actividad económica sufren daños y quebrantos. Y como es de esperar, el mayor desamparo recae en las capas más vulnerables de la población que viven de las changas y de la actividad informal.
Pero cuánto peor sería contabilizar en miles los muertos si no se tomaban las medidas a tiempo. Además, sin cuarentena, igual el golpe a la economía sería feroz.
La representante de la OMS, Maurinee Birmingham, declaró que Argentina tiene buenas chances de detener la propagación del Covid-19 porque ha actuado de forma "oportuna y precoz". Los elogios también llegaron del coordinador de la ONU, Robert Valente: "Tomaron decisiones consensuadas, transparentes y oportunas, basadas en evidencias científicas".
Adoptar medidas drásticas como lo han sabido hacer Fernández en la Nación y Suarez en la Provincia es la clave para detener la tragedia colectiva.
Esto no significa suscribir todas y cada una de las medidas sin beneficio de inventario. Por ejemplo, habrá que estar alertas sobre cómo administra el gobierno nacional los recursos escasos ahora que se apropió de los respiradores que había comprado la Provincia. Que esa decisión no nos deje sin oxígeno a los mendocinos.
Un muestrario de estupideces
En el plano internacional, las recetas demagógicas y las prioridades puestas en los costos económicos implican regodearse en el peligro que invariablemente concluye en pérdidas humanas. Los ejemplos por derecha y por izquierda de Bolsonaro y López Obrador dan la medida, por omisión, de la irracionalidad llevada a la cúspide del Estado. Un costo humanitario que también pagarán los habitantes de EEUU por la perversidad de Trump que dejó sin cobertura de salud a la mayoría de la población.
"No voy a morir por Wall Street", fue tendencia en las redes para responderle al vicegobernador de Texas, quien propone inmolar a los ancianos para salvar la economía.
Lo prioritario
Por eso vale resaltar que, en cambio, aquí se han tomado medidas que son acompañadas mayoritariamente por el arco político, los científicos, sectores económicos y por casi todos los habitantes. Es así, a pesar del impacto en la producción, la industria, el comercio, la educación y en la actividad en general, sumado a los inconventes del quehacer diario. Pero sabemos que del acatamiento social depende nuestra suerte.
No es menor el cimbronazo emocional de todo esto: agobia la angustia de sentirnos amenazados. Apena el distancimiento físico de nuestros afectos. Abruma la pérdida de las rutinas cotidianas. Duele el reclamo de los que más sufren. Aterra el saber que hay vidas en riesgo.
Pero la expectativa de recuperar lo que ha quedado en pausa retempla el ánimo. Lo que alienta es saber que tenemos que pasar esta pesadilla para volver a las fuentes, y en algún tiempo darnos los abrazos tan añorados.
