Voy a decir algo sesgado. Esta semana sentí que la política había producido una muy buena noticia. Me refiero a la decisión de revisar y actualizar aspectos de la Ley de Arbolado Público de Mendoza. Ocuparnos con eficiencia de la vida de los árboles es un mandato, no una opción más para los mendocinos. La decisión llega medio tarde, pero vale.
Si existiera una biblia mendocina, debería arrancar así: "En el principio fue el árbol"
La decisión de actualizar la Ley de Arbolado Público de Mendoza ha sido la gran noticia de la semana. Ese debate debería ser no sólo legislativo. Los ciudadanos deberíamos revisar cómo está nuestra cultura del árbol
Esta vez se buscará que los municipios tengan más autonomía -ahora concentrada en la Provincia- para resolver con rapidez y eficiencia los problemas vinculados con los árboles de cada comuna, sobre todo después de las tormentas, pero también debería ser la vía para que le demos una especie de remezón a nuestra obligación cívica de mantener viva la cultura del árbol, que a veces aparece un poco distraída. Apalancada por el Ejecutivo, se aguarda que la norma que debatirán los legisladores sirva para generar ese sano revuelo colateral.
Si existiera una biblia mendocina, una que fuera bellamente pagana y mucho más acotada que la tradicional, debería comenzar diciendo: "En el principio fue el árbol". Es que los árboles fueron y son una necesidad básica -como el alimento o el sueño- desde el inicio de nuestra vida comunitaria en esta parte del mundo.
En una tierra fieramente áspera, ellos nos dan sombra con sus ramas y hojas; resguardo con sus estructuras leñosas y maderables. Además purifican el ambiente y ayudan a regular la temperatura. ¡Pavada de "trabajito" el que les tocó a estos seres vivos del mundo vegetal!
En Mendoza la aridez es el dato predominante de la naturaleza. Las "terminaciones nerviosas" de los mendocinos han captado muy bien dicha esencia y la han incorporado a su carácter. Los árboles, por su parte, nos han dado un potente porcentaje de identidad. Por eso, plantar, cuidar y hacer crecer un árbol, es un encargo insoslayable. Cosas como éstas son las que nos otorgan a los mendocinos ese matiz diferencial, sin que eso signifique ser mejores ni peores.
"Plántalo tú"
La historia del mundo está llena de hitos donde los árboles son parte central de la trama. La mitología y las religiones han apelado a ellos a placer. No por nada Buda alcanzó la iluminación bajo un árbol. La tradición judeocristiana tiene los árboles del Edén y en uno de ellos, los buenos de Adán y Eva se mandaron un lío soñado. Al profeta Mahoma, los musulmanes le atribuyen esta frase maravillosa: "Si el Día del Juicio Final estalla mientras estás plantando un árbol, sigue adelante y plántalo".
Existe una costumbre muy amable en las provincias. Es la de relacionar al General José de San Martín con árboles de distintas partes del país por las que pasó este estratega. Desde el pino de San Lorenzo donde descansó tras la famosa batalla, hasta el Manzano de Tunuyán donde Don José durmió una noche estrellada de enero de 1823 al volver -por el paso El Portillo- de la gesta libertadora en Chile.
Parece haber una atracción ideal entre el cosmos y los árboles. Sus raíces conectan con lo profundo de la tierra; y las ramas con el universo. Algunos pensadores han dicho que los árboles son como "un eje perfecto entre el cielo y la tierra".
Un chico sanjuanino llamado Domingo Faustino Sarmiento aprendió a leer debajo de la higuera de la casa materna. Años después sería el gran educador argentino, pero también un destacado forestador del país. Alentó, por ejemplo, la plantación de plátanos, esos que nos emocionan por su porte y su verdor y que nos permiten caminar por la avenida San Martín sin ahogarnos en los veranos.
No me voy a cansar de citar al poeta mendocino Jorge Enrique Ramponi, quien nos enseñó que "el árbol es un pensamiento de la tierra". Esa frase debería ser burilada en algunas de nuestras plazas y en el Parque San Martín. Cuando Ramponi escribía eso, desde el otro lado de la cordillera, su colega chilena Gabriela Mistral nos llamaba a la acción: "Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú".
Numerosos versículos bíblicos comparan a las personas justas y nobles con árboles firmes. Y quienes los ven crecer con esa paciencia conmovedora, no pueden menos que experimentar un ramalazo emocional.
Sequedad ambiental
La primera ley integral de arbolado que nos dimos los mendocinos es de enero de 1897. Gobernaba entonces Francisco Alvarez. Fue considerada pionera y replicada en otros puntos del país. Estableció la obligatoriedad de forestar metódicamente por una cuestión de sanidad pública. La sequedad ambiental y el polvo que bajaba de la montaña se habían vuelto un problema serio.
Para que usted sitúe en qué contexto se dictó aquella norma digamos que un año antes (1896) ya había salido la ley de creación del Parque del Oeste, luego Parque General San Martín, que buscaba establecer un pulmón verde que sirviera como purificador del polvo que bajaba hacia la Ciudad.
Ambos hitos lograron convertir un problema en una de las mejores políticas de Estado que ha logrado darse la Provincia. Luego hubo modificaciones a la Ley en 1939, 1954 y 2008. Esta última es la que ahora se busca airear para darle un marco legal más eficiente a las crecientes responsabilidades que, en la práctica, los municipios han tenido que afrontar en materia de forestación y cuidados del arbolado.
Por exigencias de la ley original (que otorga a la Provincia la última palabra en materia de autorizaciones, por ejemplo para poder cortar un árbol seco) las comunas se ven obligadas a una burocracia cansina y muchas veces innecesaria, donde el principal afectado es el contribuyente. Las comunas han tomado responsabilidades, pero no les dan las facultades para sustentarlas.
Celebramos al iniciar esta columna que la política se estuviera dedicando a un tema esencial para la Provincia, como son los árboles. Nos gustaría concluir diciendo que ojalá que el debate por los cambios a la Ley de Arbolado sirva para hacer docencia y para que ampliemos el gusto por esa épica que hemos ido armando en torno al arbolado, uno de los pocos asuntos que nos une de manera natural.







