Análisis y opinión

Ninguna mujer nace cuidadora: algunas no queremos cuidar a nadie

La tarea de hacernos cargo de otras personas nos encuentran a las mujeres en la plenitud de la vida, a veces sin que podamos hacer nada para evitarlas

El mundo podría dividirse en infinitas categorías, pero quizás la que al menos a mi me genera mayor rechazo es la que divide a las personas que asumen las tareas de cuidado y las que no. En la mayoría de los casos, esas personas son mujeres.

Quizás porque me tocó pasar gran parte de mi existencia cuidando y resolviendo la vida de otros y otras, es que actualmente cuando apenas escucho el vocablo “cuidar” inmediatamente salgo corriendo en la dirección contraria, sin destino.

Es así: yo no quiero cuidar a nadie.

Y las mujeres que sienten lo mismo que yo, aunque deban cumplir con esa tarea, son muchas más de las que se animan a admitirlo.

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Hay una etapa de la vida de las mujeres en las que se puede juntar el cuidado de un adulto mayor con la de un niño pequeño. Los resultados pueden ser desbastadores.

Hay una etapa de la vida de las mujeres en las que se puede juntar el cuidado de un adulto mayor con la de un niño pequeño. Los resultados pueden ser desbastadores.

El cuidado de otros en la plenitud de la propia vida

El hecho de ser una mujer adulta, no es lo que más ayuda a que las que no tenemos ningún tipo de vocación de cuidado –pero ni la más mínima- nos podamos escapar de este rol: a la mayoría de las mujeres entre los 35 y los 64 años les toca cuidar a alguien. No es un invento mío sino un dato que surge del informe “Demandas laborales y tareas de cuidado” elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina, de la UCA.

Hijos en edad escolar, adultos mayores que no se pueden valer por si mismos, otros seres cercanos que no son autosuficientes. Las mujeres, queramos o no, cuidamos en la Argentina a las más de 12 millones de personas que necesitan que otro ser se encargue de en el 89,4% de los casos.

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El agotamiento por la carga mental que produce el cuidado provoca inconfundibles signos, que se conocen como burnout

El agotamiento por la carga mental que produce el cuidado provoca inconfundibles signos, que se conocen como burnout

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Quién me ha robado 10 meses de abril

Tengo 49 años y como a Joaquín Sabina, alguien me ha robado el mes de abril, pero de los últimos diez años.

Es que me pasé la última década de mi vida cuidando gente.

Manteniendo la logística de la casa de mis padres enfermos al mismo tiempo que me hacía cargo de cuidar y criar relativamente sola a una hija bebé que por suerte ahora ya no lo es. Y para qué mentir; por suerte mis padres tampoco me necesitan más.

¿Crudeza en el relato? Puede ser. Pero como yo, hay muchísimas mujeres que detestan cuidar a otra gente. Porque el cuidado es una de las tareas más desgastantes que puede tocarle a una mujer en la vida adulta.

Por eso, en la previa de cumplir 50 años, me parece que hace tres meses tenía 39. Pues no: alguien me robó esa década. ¿El cuidado tal vez?

Habrá varones que se sentirán poco contemplados en esta columna. Tienen razón.

Las mujeres nos hemos empoderado en muchos aspectos y escalado en puestos de decisión, ocupado lugares de jerarquía que antes eran casi 100% de los varones. pero eso no exime a ninguna de tener que encargarse del control y la logística de los hogares, a veces no solo del suyo propio sino del de otras personas que dependen de ellas.

Y todo esto sucede en la plenitud del desarrollo personal y profesional: el mismo informe indica que más del 50% de las mujeres que cuidan, tienen entre 35 y 64 años. Es decir que cuando el hecho de encargarse de otros se terminó, a lo mejor comienza la etapa en la que alguien –casi daría por sentado que otra mujer- se tendrá que hacer cargo de nosotras.

La vida muchas veces suele ser un círculo (muy) vicioso.

Cuidar no es gratis

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Cuidar a otras personas suele ser la puerta de entrada de descuidarnos a nosotras mismas

Cuidar a otras personas suele ser la puerta de entrada de descuidarnos a nosotras mismas

En el informe de la UCA hay otro dato aún más paralizante: el 57% de las personas que cuidan, tienen un trabajo remunerado además del de las tareas de cuidado, que es una actividad por la que raramente se recibe una remuneración.

Pero les tengo una gran noticia: cuidar no es gratis. Aunque por la naturalización con la que lo tomamos pareciera que sí lo es.

Pero la realidad es que si las mujeres cobráramos por cuidar y hacer el trabajo de logística de los hogares, seríamos multimillonarias. No existe un precio para estas actividades.

Nosotras hacemos un trabajo sumamente invisible para que el mundo siga girando. Pero, tal y como sucede con la rotación del planeta, la tarea que realizamos es intensa e invisible, y no se puede parar, porque si nos detenemos, el mundo se detiene y no es metáfora.

El precio es quizás, dejar de cuidarnos a nosotras mismas. Y aparece el síndrome del cuidador quemado.

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El síndrome de las cuidadoras quemadas

Conozco una mujer que me describió esta situación con una frase que no puedo dejar de incluir en esta reflexión: “si hubiera otra vida, no tendría plantas, y no aceptaría ni un peluche de mascota”. Y ella parece estar muy contenta y satisfecha con su vida. Pero es que simplemente odió ejercer el cuidado.

Y no es la única. La psicología ha descripto el fenómeno como “síndrome de burnout” o “cerebro quemado”, que se aplica más que nada al ámbito laboral, pero que se ha adaptado perfectamente a las tareas de cuidado.

El burnout ligado a lo laboral, ha sido descripto por la Organización Mundial de la Salud, en el año 2000 como el síndrome de la sobrecarga emocional, síndrome del quemado o síndrome de fatiga en el trabajo. La OSM lo declaró un factor de riesgo laboral debido a su capacidad para afectar la calidad de vida y la salud mental de quienes lo padecen.

Esto no es un invento ni una exageración. Tiene que ver con vivir la vida que otra persona no puede vivir: en algunos casos desde los fisiológico en adelante.

De hecho, conozco mujeres que luego de hacerse cargo durante mucho tiempo de otras personas que no se pueden valer por si mismas y de repente dejar de hacerlo, generan una especie de “culpa fantasma” con respecto al tiempo libre: no son capaces de disfrutarlo porque sienten que han dejado algo por hacer.

Quizás lo que han dejado por hacer es encargarse de su propia vida y retomarla no es fácil. Hay que buscar los abriles perdidos por ahí, ponerlos en orden y recordar quienes éramos antes de dejar de ser nosotras mismas.