Análisis y Opinión

Estilo aparatoso y pico de oro: Gabriela Cerruti unta todo con ideología, incluso a los muertos por el covid

La portavoz presidencial trabaja todo el tiempo de mujer hecha y derecha que no se achica ante nada, ni siquiera ante las víctimas de la pandemia

A esta altura del disparate, hay que empezar a admitir que Gabriela Cerruti se ha convertido en un personaje interesante. De tan irritante que es, la portavoz presidencial está mutando en alguien casi familiar. Da un poco de "cosa" verla como arrastra todo el tiempo esa poderosa necesidad de demostrar que es alguien más importante de lo que muchos creen.

Ella trabaja full time de mujer hecha y derecha, pulsuda, que no se achica ante nada. De esas que te zampan: "conmigo no se jode". Uno sospecha que debe ser cansador cumplir todo el día ese papel, pero, como suele suceder, uno está equivocado. Ella parece disfrutar su estilo frontal y aparatoso.

Y lo demuestra a diario con su generoso pico de oro, algo que en su caso viene acompañado de un llamativo hablar porteño que a los provincianos nos provoca una mezcla de atracción y rechazo. Y, claro, adobado con ese porte canchero y esas miradas tipo ¿qué te pasa nene? que exhibe en las conferencias de prensa de los jueves.

Mohines, contracción de labios, sonrisas forzadas para demostrar enfado, movimientos de hombros, toda una pirotécnica artillería al servicio de la puesta en escena Una reina recia que no duda en preguntarles "¿qué parte no entendieron?"

Adicta al énfasis

Reconozcámoslo: jueves a jueves Cerruti se supera. Es notabilísimo el énfasis, criteriosamente teatral, que despliega para indicar supremacía militante sobre esos periodistas que, según ella, hacen preguntas viejas porque no han entendido que la libertad de prensa al modo de las democracias liberales está hoy bajo cuestionamiento.

Tal vez sea esa fiebre por tener opinión formada de todo lo que la llevó al último de sus exabruptos. Nos referimos al que se mandó contra los muertos por la pandemia. Más concretamente contra los muertos "de la derecha", que vaya a saber qué quiere decir eso, tratándose, como todos sabemos, de víctimas de todos los colores políticos que fueron atacados por un virus que se propagó por países comunistas, liberales, republicanos, populistas, monárquicos o de cualquier pelaje ideológico que se conozca en el orbe.

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El suceso que dio pie al dislate ocurrió durante una visita oficial de Irene Montero, ministra de Igualdad de España, a la Casa Rosada. Esa funcionaria es una de las referentes de Podemos, el partido chavista-kirchnerista español que integra la coalición de Gobierno que conduce Pedro Sánchez, del Partido Socialista.

Tras reunirse con el presidente Alberto Fernández, la portavoz Gabriela Cerruti invitó a Montero a recorrer la Casa Rosada, sobre todo el mítico balcón desde el que Perón y Evita hablaban a la multitud y donde -muchos años después- Madonna hizo para el cine la versión que Broadway le dedicó a la "abanderada de los humildes".

Desde ese balcón, Cerruti le explicó a la española lo que se veía abajo, en la Plaza de Mayo: "Lo que tenemos ahora ahí, en esa fuente, es que después del Covid, la derecha argentina ha puesto piedras para recordar a los muertos por la pandemia". Si a esa desgraciada frase le sacamos "la derecha argentina" no hubiera pasado nada. Pero en ese caso no hubiera sido una frase de Cerruti.

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La obsesión de la figura de esta columna es la de demostrar que aquí no queremos a "la derecha", igual que los de Podemos en España. Eso era lo esencial. No la defendió nadie. Mucho menos el Presidente que suele refrendar sus puntos de vista. Tuvo que salir a pedir disculpas por la afrenta a los familiares de los 130.000 muertos que dejó la pandemia en Argentina.

Esa lamentable mención lleva la marca Cerruti en el orillo porque a ella lo que le fascina es el ideologismo declaracionista, máxime delante de una populista de izquierda de la Madre Patria ante la cual nuestra portavoz quiso "chapear" de esclarecida sudamericana. Puro pavoneo nacional y popular.

La compadrita

Lo concreto es que ella marca tendencia. Es el lógico resultado de un Gobierno donde todos son compadritos, así no tengan con qué (sobre todo si no tienen con qué). Gabriela ha instalado una forma de vocería donde, en lugar de informar profesionalmente sobre la actividad presidencial, lo valedero son las opiniones que ella tenga de esos actos, lo cual le sale a borbotones.

Cerruti baja línea, pontifica, nos enseña hacia dónde va la política, dice que lo insoportable de los periodistas es que quieren darle clases a los políticos de cómo deben manejarse. Y que atrasan, que son antiguos.

En sus conferencias de prensa, Cerruti cuela todo por su particular cedazo. Usted dirá que eso es poco profesional, pero a ella ese rechazo suyo la incitará a ir por más. Avíspense, argentinos. Esta portavoz no se parece a nada. Y, como dice el tango, no habrá ninguna igual.

Dice estar convencida de haber construído un ámbito en el Gobierno que no existía en la Argentina y que eso lo ha generado con voz de mujer, lo que es, remarca, un doble desafío. Asegura que la ayudó mucho el oficio de periodista que hace años practicó y que ahora mira con desdén. Ella se jacta de haber ingresado a la política activa "cuando apareció el huracán Néstor Kirchner y nos enamoró a todos".

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