Análisis y opinión

Gabriela Cerruti, la vocera presidencial que pareciera ser vocera de sí misma

La portavoz presidencial Gabriela Cerruti se desvive por demostrar que es una mujer intensa y de múltiples capacidades. A veces parece ser la vocera de sí misma

La portavoz presidencial Gabriela Cerruti (56) es una artista del gesto. Brilla poniendo caras. El rostro de canchera suburbana que tuerce un poco los labios para demostrar fastidio ante una pregunta, es de exposición. Mohines, muecas, semblantes. Tiene un gran repertorio, pero todo es para sugerirnos que es una mujer intensa.

Pero lo que mejor le sale es retar a los periodistas por las preguntas estúpidas que hacen sobre el Gobierno. Y dentro de esas especialidades, resalta la de mandar a esos laburantes a actualizarse. Cree que quienes van a buscar información del Gobierno hacen un periodismo pasado de moda. La repregunta la pone de mal humor. ¿Qué parte no entendieron? les inquiere con su face de mujer burilada a sí misma.

Enseña periodismo desde la militancia nacional, popular y feminista. Es vocera del presidente Alberto Fernández, pero en realidad actúa como vocera de sí misma en cada una de sus conferencias de prensa. Cerruti comparece no tanto para dar la versión del Ejecutivo sino para que sepamos qué opina ella de la versión del Gobierno. Un hallazgo. Un nuevo género.

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El centro no existe

Cerruti parece no tener dudas. Para ella, o sos de izquierda o sos de derecha. No hay grises, ni idea de centro. Ni interés aparente de buscar matices. En abril de 2021 le dijo a Infobae que posee "una postura político-ideológica muy clara. Los valores que me mueven tienen que ver con la izquierda, con la equidad, la justicia o el vivir en comunidad". No faltará algún chistoso de feria que pregunte: "Y entonces qué hacés en el peronismo? O el que indague si la gente de derecha o de centro no vive acaso en comunidad.

Gabriela Cerruti es como Virginia Slims. "Has recorrido, muchacha, un largo camino ya". Ahora afirma cosas como: "He llegado a una edad en que nos damos cuenta de que la grieta es un gran invento de algunos varones". Ajá . ¿Y Cristina Kirchner? ¿Y Eva Perón?

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Gabriela Cerruti, la vocera de Alberto Fernández que pareciera ser vocera de sí misma.

Gabriela Cerruti, la vocera de Alberto Fernández que pareciera ser vocera de sí misma.

En diciembre del año pasado concluyó su mandato como diputada nacional porteña. Y por entonces le dijo a la periodista Mercedes Funes: "Podría haberme postulado para ser reelegida pero quería trabajar desde un lugar político-social, no desde un cargo. Obviamente sé que las transformaciones se hacen desde la política, pero no tengo más ganas de tener un cargo".

Sin embargo, muy poco después la teníamos como portavoz de la Presidencia, con rango de ministra y un sueldo muy apetitoso. Humano, demasiado humano, diría Nietzsche.

Cuando se le acabó lo de diputada nacional aseguró "Hay otra noción de éxito. A veces digo que se me fue la ambición en el sentido capitalista. Es decir, la idea de tener que llegar a algún lado, de poseer determinadas cosas, de lucir de determinada manera". Sin embargo, ahí la tenés a la anticapitalista poniendo bienvenido empeño en los modelitos que luce a diario en la Rosada o en los viajes internacionales con Alberto Fernández donde se juega por detalles como los colores chillones.

El caso Alfa

Gabriela Cerruti es como los huevitos Kinder: viene con sorpresa. La de esta semana la dio al desmentir en nombre del Presidente a uno de los participantes del programa Gran Hermano. No sintió que podía estar haciendo el ridículo. Por el contrario, le puso más énfasis del habitual al informar sobre el asunto.

Fue así: el martes, muy temprano, apareció ella, habló, y opacó cualquier otro tema. Es que para casi todo el mundo, incluidos los peronistas, la importancia que el mandatario y su portavoz le otorgaron a un personaje de semi ficción televisiva fue una cosa desmedida. Bolsonaro vive diciéndole exabruptos sin que nuestro Presidente haya tenido esta reacción para con el brasileño.

En concreto Cerruti le reclamó al canal Telefe y al programa Gran Hermano que hicieran una retractación pública de los dichos de uno de los participantes del ciclo, Walter Santiago, alias Alfa. Y adelantó que les iban a iniciar acciones legales por acusar al mandatario de "coimero". Según la vocera, "acusaciones como ésa, el Presidente no las dejará pasar con nadie".

Con el correr de las horas, la forma inusual y el tono imperativo de la portavoz pidiendo retractaciones a un medio de difusión habían tapado todos los otros asuntos de Gobierno. Incluso el Presidente echó -al otro día- más nafta al fuego al salir a apalancar a Cerruti. "La funcionaria ha dicho exactamente lo que yo creo. Terminen con esta discusión".

En Mendoza algunos kirchneristas simularon estar avergonzados por la situación, entre ellos Lucas Ilardo, jefe del bloque de senadores peronistas, quien tuiteó: "hemos tocado fondo". El frenesí de los kirchneristas por castigar a Alberto Fernández para quedar bien con Cristina es inquietante.

El juguete

En ese universo tan variopinto que es el peronismo, Gabriela Cerruti tiene detractores, gente que la banca por partidismo, otros que la miran en menos, y también los que le tienen alguna estima. Digamos que no parece ser una mujer "entradora", de esas que de inmediato genera buena onda y empatía. Es una persona "de carácter", que se ha tenido que abrir camino y acostumbrarse a polemizar con los varones (y los barones) de la política. Y con algunas pares jodidas como ella, o peor. Como polemista no es brillante, pero sí efusiva y empeñosa.

A diferencia del partidismo ideológico, que todavía la hace pensar en blanco o negro, el feminismo parece haberle abierto ventanas para comprender con más amplitud la realidad. Ahora se permite tener una mirada más indulgente sobre de la edad, la menopausia, las arrugas, los kilos de más. E incluso no tiene empacho en rifar entre sus amistades juguetes sexuales para activar el clítoris sin necesidad de intervención masculina.

Nos podrá gustar o no, pero no se le puede negar trayectoria. Autora de varios libros de investigación periodística, dos de ellos fueron best seller, en particular El Jefe, Vida y obra de Carlos Saúl Menem, publicado en 1993 y reeditado diecinueve veces, y en 2010 El pibe. Negocios, intrigas y secretos de Mauricio Macri, el hombre que quiere ser Presidente, que no logró ni de cerca el éxito del primero. En El Jefe aún se mostraban rasgos de la periodista. En El pibe se opacaban por el ímpetu militante de Cerruti.

A los 56

Ha tenido diferentes cargos públicos y algunos han incluido polémicas, como su paso por la Comisión Provincial de la Memoria, organismo de derechos humanos de la provincia de Buenos Aires, donde fue directora ejecutiva. En Abuelas de Plaza de Mayo no la recuerdan muy bien. También se desempeñó en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires cuando gobernaba el peronista Anibal Ibarra: fue secretaria de Cultura, vicejefa de Gabinete y ministra de Derechos Humanos. A Ibarra se lo llevó puesto la tragedia de Cromagnon y sus 194 muertos.

Ahora se está abriendo de a poco a otra onda. Es autora del libro La revolución de las viejas, que vio la luz en 2020 durante la pandemia, donde desgrana sus visiones sobre el feminismo y la edad adulta. Esta nueva onda la estaría tornando un poco menos áspera. Dice que cuando afloje con la política abrirá un bar en Palermo Soho exclusivo para viejas que quieran divertirse, "lo cual es hoy algo privativo de los jóvenes".

Para algunos tipos, Cerruti "es una mina jodida, pero con rasgos típicos de las peronistas" (que vaya uno a saber qué quiere decir eso en realidad). Otros sostienen que es buena para el debate legislativo, pero no le ponen fichas para el laburo ejecutivo como el que cumple hoy en la Casa Rosada.

Este articulista rescata su histrionismo gasallesco, su talante de maestra ciruela, y sus teatrales retos a los periodistas. ¡Ah! y su aún nonato humor, que el viejo ideologismo no le deja desplegar en plenitud.

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