No es raro ver en estos días cómo recrudecieron los ataques a gestiones municipales, funcionarios, e incluso personas comunes, en las redes sociales.
El temor de los perdedores
El intendente de San Carlos, Alejandro Morillas, se refiere en esta nota de opinión, a los haters y las fake news
Tanto es así que hasta el mismísimo gobernador de la Provincia ha sido víctima recientemente de los “haters” y las “fake news”.
Sin embargo, Alfredo Cornejo no es el único blanco de estos ataques arteros. La misma metodología de anonimato alcanza a intendentes y funcionarios de diversos municipios, incluso de signos políticos opuestos al oficialismo provincial.
Esta transversalidad en las agresiones refuerza la hipótesis de una acción coordinada y sistemática. Porque está claro que la democracia nos permite disentir de las ideas, e incluso del rumbo que toman quienes fueron electos para gobernar la Nación, la provincia o el departamento.
Pero el disenso no habilita la injuria ni la calumnia. No. Estas son patrimonio exclusivo de los perdedores que, ante la falta de argumentos sólidos, recurren a la falacia y al agravio gratuito.
Es ese el refugio de quienes, al carecer de razón, intentan empañar con mentiras lo que no pueden ganar con la verdad.
Es evidente que detrás de los teclados de perfiles sin identidad definida, embozados, y –como entiende Cornejo- con un tinte delictivo pronunciado, existe un factor común: el temor.
Porque sólo quien teme, se esconde. El que huye, para no ser descubierto, el que delinque para no ser atrapado y enfrentar el peso de la ley, y el que no tiene ni la razón ni la verdad, para no ser confrontado por la realidad misma.
Y como se trata de política, la lógica indica que los que injurian y calumnian en las sombras, tienen miedo. Habrá quienes crean que se trata de un simple y vulgar despecho por haber perdido el poder o –peor aún- no haberlo ejercido nunca, pero el miedo siempre es el factor común de los perdedores.
Cuando se pierde una elección -o dos-, la limitada talla moral e intelectual de ciertos actores los arrastra a perder incluso la dignidad. El miedo termina por dominarlos: temen que sus engaños sean expuestos ante el consumidor de redes, que su mentira quede al desnudo y, sobre todo, que deban sostenerle la mirada a una sociedad que ya tiene la evidencia frente a sí.
Porque, en última instancia, el miedo de quien no sabe perder es el miedo a la democracia misma; a ese veredicto popular que, siendo el valor fundamental de nuestra sociedad, resulta insoportable para quienes han hecho del engaño su único refugio.
Como queda claro en redes sociales, los perdedores tienen miedo. Eso es evidente.




