Cuando hablamos de ese espacio lo nombramos con dos palabras cortas y concretas: el Parque. Si alguna vez tuviésemos que justificarnos como sociedad, esa obra pública nos serviría para aprobar cualquier examen civilizatorio. Con el Parque, los mendocinos mostramos nuestra manera de transformar un desierto y ratificamos que en esta provincia lo verdaderamente revolucionario es plantar árboles.
El Parque es el ámbito más democrático de la Ciudad de Mendoza, una especie de ágora vegetal con el que de alguna forma rendimos homenaje a aquellos sitios de reunión ciudadana que inventaron los griegos.
El Parque admite a todos. Pobres, ricos, medio pelo devaluado, chetos, guasones, instruidos, chuncanos, mal hablados, gente de izquierda, de derecha, de centro, populistas, liberales, conservadores, revolús, informáticos, católicos que creen en el Espíritu Santo, farmacéuticos, vicedirectoras, controllers, fieritas, zafados, gente con don de ubicuidad, tiktokeros.
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Ahí no te preguntan si sos desalmado, soñador, ladrón, buena persona, cruel o amable; solidario o tacaño; morocho, castaño o rubíón. Podés ser pelirroja, teñida o pelada. O feo o fea "¡y ser persona, Jesús!" como dice el bueno de Sabina.
El Parque no discrimina. Podés ser gordito, gordo, o el rey del sobrepeso, igual vas a poder caminar por esa pasarela en torno al Lago. Podes ser una jermu fuerte de caderas o un cuarentón con zapán. Podes ser carne de gimnasio y tener la tabla de lavar marcada en la panza. El Parque no se reserva el derecho de admisión.
Como el traste
Usted sabrá disculpar el siguiente comentario, pero es "sociológicamente" necesario para la tesis de esta columna. El Parque te permite cuantificar, por ejemplo, la enorme cantidad de tipos de culos que portamos los humanos. Los hay caídos, chatos, parados, grandes, bajos, altos, formados, deformes, amables, balanceados, cimbreantes, proporcionados, disruptivos y, claro, esos que uno dice ¡chapeau!
El Parque te acepta si te bañás todos los días o si vas con baranda, no te hacen pasar por ningún escáner. Podés ser kirchnerista que igual todo se te va a perdonar. Nadie te va a preguntar si has pecado de palabra, obra u omisión, o si has evadido impuestos, ni te van a mirar de menos por no haber leído a Pierre Bourdieu.
Podes llevar la mejor ropa deportiva de marca o ir con esa remera raída y descuajeringada que deberías haber tirado hace cinco años, o con esos jogging frizados que seguiste usando en este noviembre que "hizo" de enero. No se te cuestionará tu desubicación para vestirte a la hora de caminar, trotar o correr.
En los prados del Parque podés hacer fiestas de cumpleaños, bautismos, o usarlos como gimnasios. El dueño de éstos no pagará nada al fisco, pero les cobrará religiosamente a los que se juntan a recibir las clases de tai chi, esgrima o "localizada".
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La gran vida
A este columnista le emociona la enorme cantidad de gente que va a tomar el fresco o a mirar la naturaleza portando esas sillas o reposeras que parecen tronos en los que pasan horas mirando el verde y respirando aire puro antes de volver al departamento y al ventilador de techo.
A veces se pregunta si darse la gran vida no es acaso mirar las nubes, observar la formidable arquitectura de los árboles (que como dijo el poeta Ramponi "son pensamientos de la tierra"), dejar a los culillos que metan las patas en las cunetas de riego, o leer un buen libro mientras los pájaros cantan (siempre que no te defequen desde las alturas).
Como en todo ágora, el Parque es un libro abierto para leer sobre los humanos. Están los matrimonios bien avenidos que caminan tomados de la mano; están las parejas que se recriminan cosas, los que cuestionan a su parentela, los que caminan peleados y con broncas soterradas, están los que no pueden dejar de hablar de sus trabajos, y los que hartos de los berrinches de los pibes agarran la heladerita y las sillas y enfila hacia el auto diciéndoles ¿para esto me rompieron los quinotos con venir al Parque?
Menos brutos
El Parque nos ha enseñado a ser un poco menos brutos como ciudadanos. De tanto ver cómo actúan los demás y de escuchar las recomendaciones, manejamos con más prudencia, paramos donde dice PARE. En las sendas peatonales dejamos pasar a niños, abuelas, ciclistas, triciclos, cochecitos con bebés, y no les ponemos cara de fastidio. Como si fuéramos gente.
Un capítulo aparte lo conforma la enorme cantidad de perros que sus dueños llevan al Parque. Hay parejas que van con cuatro o cinco. A los perros ahora se los trata mejor que a las personas. Este cronista a veces se detiene a observar la enorme paciencia que muchos amos tienen con sus pichichos, y se pregunta si esa templanza será habitual que la tengan también con los hijos.
Como en todo sitio público, en el Parque hay que ir dispuestos a aceptar la diversidad y a tomar recaudos. Uno de ellos es con los cultores de los patines en línea que pasan a mil al lado tuyo y no falta el huevas que te tira al piso, o con algunos ciclistas que hacen willy con sus rodados encabritados en medio de los caminantes.
Pero ¡tranquilos! En el Parque General San Martín casi todo lo demás es ganancia.
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