Hay personas que viven el fútbol todos los fines de semana. Discuten formaciones, conocen las estadísticas, recuerdan partidos completos y son capaces de explicar un offside con una precisión que me resulta inalcanzable.
Esta columna no es para ellas.
Es para los que durante cuatro años nos olvidamos de que existe el fútbol, pero cuando la selección Argentina sale a la cancha sentimos que tenemos que estar ahí. Aunque no entendamos demasiado qué está pasando. Aunque suframos más de lo que disfrutamos. Aunque al día siguiente volvamos a olvidarnos de que la pelota existe.
Como cuando un hijo hace algo que no entendés
Anoche, mientras veía el partido de Argentina contra Jordania, me di cuenta de que hay una situación muy incómoda que me sucede cada cuatro años.
Porque, en realidad, el fútbol me importa bastante poco, o más bien cero.
Ningún deporte me entretiene demasiado, salvo cosas random como el patinaje sobre hielo, la gimnasia deportiva o esa gente que hace piruetas imposibles, mucho más cerca del Cirque du Soleil que de una competencia.
No entiendo el folclore del fútbol. No conozco las reglas en profundidad. No discuto tácticas, no sé cuándo un técnico se equivoca ni puedo explicar un offside sin hacer papelones.
Y, sin embargo, cada vez que juega la selección, me pasa exactamente lo mismo.
No lo quiero ver.
Pero tampoco lo puedo dejar de ver.
Es una sensación muy parecida a cuando un hijo hace alguna actividad que no te interesa en lo más mínimo.
Capaz está bailando una coreografía incomprensible frente a un montón de gente. O de repente se apasiona por el manga, los cómics o algún universo del que no entendés absolutamente nada.
¿Y qué hacés?
¿Lo ignorás?
No.
Lo mirás.
Lo acompañás.
Terminás entendiendo lo que podés porque es tu hijo.
¿Cómo no vas a prestarle atención? ¿Cómo vas a rechazar el collar de fideos que hizo en la escuela?
Bueno.
Con la Selección me pasa exactamente eso.
No entiendo demasiado qué está pasando, pero siento que tengo que estar ahí.
Tengo que acompañar.
Noventa minutos de sufrimiento
Como el fútbol no me gusta, yo no disfruto un buen partido. Lo sufro de punta a punta.
Son noventa minutos -o cien, con las pausas de hidratación de este Mundial- de ansiedad extrema.
Con los años algo aprendí.
Tengo 50 años. Vi trece mundiales, pongámosle doce, porque del de Argentina 1978 apenas me acuerdo de las cornetas.
Aprendí que una falta cerca del arco puede terminar en penal. Sé lo que es un tiro de esquina, un tiro libre, un saque desde el arco.
Lo suficiente para sufrir.
Nunca lo suficiente para entender.
Los recuerdos que me quedaron de los mundiales
Curiosamente, de todos esos mundiales apenas conservo un puñado de recuerdos.
El gol de Maradona a Inglaterra.
Sobre todo ese.
Lo vi en vivo y todavía lo recuerdo en vivo.
Nadie me explicó nunca por qué ese gol significaba tanto. Pero yo tenía 11 años y sentí que la Guerra de Malvinas terminaba ese día.
Que Maradona llevaba en las piernas el espíritu de todos los soldados caídos pateándole un gol a Margaret Thatcher.
Después recuerdo a Goycochea atajando penales.
Recuerdo a Codesal, el árbitro que nos arruinó la final de Italia 90.
Recuerdo a la enfermera llevándose a Maradona del Mundial de 1994 y aquella frase imposible de olvidar: "me cortaron las piernas".
También recuerdo que el final de ese Mundial coincidió con el atentado a la AMIA y que un diario porteño tituló: "La alegría es solo brasilera".
Y después...
Después no me acuerdo de casi nada hasta Messi.
Ese chico al que primero defenestraron porque no jugaba en la Selección como jugaba en Barcelona y que hoy aman porque de verdad es un genio y más argentino que el dulce de leche.
Aunque uno nunca sabe.
En Argentina nunca está del todo claro cuándo alguien pasa de héroe a villano.
También recuerdo haber sufrido como una madre los penales del Mundial de 2022.
Y haber festejado el campeonato.
Después me olvidé completamente de que existe el fútbol. Hasta que vuelve a jugar la Selección.
Por qué nunca dejo de mirar un partido de Argentina
Sin embargo, nunca dejé de mirar un partido de Argentina. Nunca dejé de pasarla mal cuando la pelota la tiene el rival.
Nunca dejé de putear hasta en esperanto, cuando erran un penal.
Y creo que ya entendí por qué.
No es por el fútbol.
Es porque durante esos noventa minutos pasa algo que ocurre muy pocas veces.
Todos queremos exactamente lo mismo.
Todos pateamos para el mismo arco.
Es uno de los pocos momentos en los que sé que, si yo estoy sufriendo por este hermoso país bipolar, millones de personas están sufriendo conmigo.
Hay cosas que no se entienden.
Pero igual se sienten.
No me sirve disociar.
Tengo que acompañar a esa gente.
Siento que esos once tipos que están corriendo detrás de una pelota también están haciendo algo por mí.
Por eso, cada cuatro años vuelvo a sentarme frente al televisor.
Dispuesta a sufrir.
Hasta que llegue el momento de festejar.





