Cuando Scaloni sacó a Paredes en un momento clave del partido, 1 a 0 abajo y avanzando el segundo tiempo, me agarré la cabeza. Por suerte, la preocupación me duró un par de segundos porque el momento de reflexión fue más fuerte: "El equipo técnico debe haber visto algo, no solo de lo que está pasando sino de lo que está por venir. Tiene la capacidad de prever, de adelantarse a los escenarios del juego". Algo así se me vino a la cabeza. Ya con el resultado puesto, la verdad es que tenía razón Scaloni, y yo hice bien de confiar en él, para mis pulsaciones.
A la Selección le sobran pelotas: fútbol, cerebro y corazón argentinos
¡Vamos campeón, una vez más! Suframos, sabemos hacerlo, pero disfrutemos porque hay equipo.
Se dice que los ingleses arrugaron en el tramo definitorio del partido, pero pasó mucho más que la intención de especular con el resultado jugando a la defensiva, colgados del travesaño. Una estrategia a la que habían echado mano con éxito en otras ocasiones en el campeonato. Esta vez fue muy diferente, ya que enfrente tenían a un equipo de guerreros argentinos que se los llevaría por delante.
La mayoría de los partidos nos ha tocado vivirlos -sufrirlos- con el corazón a mil. Cuando corrían los minutos y la pelota no quería entrar me acordé del meme que circula con el arquero rival congelado. Estuve a punto de reenviarlo a mis contactos. Pickford estaba sacando todas las imposibles y si no, también los palos parecían estar jugando para los contrarios. Mientras, el árbitro enfriaba el partido y se había empeñado en no darnos las chiquitas.
En verdad, nunca me dejé tentar por la resignación porque se veía que los muchachos no bajaban los brazos y el gol tenía que llegar antes de que la semifinal quedara para siempre en los libros de la injusticia.
"Ganamos, perdimos, el baile se lo dimos...", cantábamos en los picados de barrio para compensar la eventual derrota con orgullo. En el estadio de Atlanta eso no tenía lugar. Los nuestros aparecían por todos lados, ganaban las divididas, abrían la cancha, centros que eran misiles, probaban al arco, con los pies y la cabeza.
Todos mirábamos dónde se ubicaba Messi, y se notaba que podría estar exhausto pero inspirado, con determinación. Y si bien perdió algunas, y el árbitro no le hizo caso en ningún pedido de infracción, era una usina de peligro constante para los rivales. Con 39 años en el documento, el mejor de todos, de a ratitos parecía llevar bajo la piel al Diego en plenitud, el de la camiseta azul y dos goles icónicos a los ingleses, por entonces con 26 vividos a full. A esa altura, a pesar de la angustia, era imposible no creer.
Claro que Lionel Messi, el jugador de fútbol más prolífico de todos los tiempos, no estaba solo: había un equipo de jugadores talentosos, generosos y corajudos que una vez más lo supieron complementar.
A los ingleses se los veía aturdidos, tratando de cazar una pelota para pegarle alto, fuerte y lejos, como relataba Araujo. Pero no podían. Los muchachos que tan bien representan al fútbol argentino estaban prestos para arrancar una y otra jugada. Messi tiraba centros milimétricos, enganchaba desde la derecha del campo con la zurda, para adentro y para afuera. Con las últimas gotas de sudor, habilitó a Enzo que esta vez no perdonó con su insistentes remates. Pero había más: con la supuestamente menos hábil, desde la línea de fondo, le hizo el último pase a la cabeza de Lautaro. "Tomá, hacela vos", para sentenciar la semifinal.
Fue una caricia infinita a los corazones argentinos, un homenaje al Diego. Así lo expresó emocionado al final del partido.
El domingo vamos a jugar otra final para la admiración del mundo, y la envidia de unos cuantos camuflada en teorías conspirativas. Lo que importa es la alegría del pueblo argentino, que detrás de la Selección se encolumna por una camiseta unificadora, que diluye las grietas mientras rueda la pelota.
Suframos, sabemos hacerlo, pero disfrutemos porque hay equipo. Cerebro para jugar al fútbol no falta, corazón y pelotas tampoco. ¡Vamos campeón, una vez más!





