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La española que Hollywood borró de "Everest"

En su casa del Pirineo, de la que sólo se aleja cada martes para participar en un programa de televisión en Barcelona, Segarra confiesa que se enfrentó a la cinta "con algún prejuicio". "Es muy raro ver una película basada en hechos reales y haberlos vivido", explica al teléfono. Lo que más le ha incomodado es la poca profundidad psicológica de los personajes y que se presente al más legendario de los ochomiles como a un "monstruo"."Te deja la sensación de que es un lugar salvaje, despiadado, donde la gente se enfrenta a la montaña porque es ambiciosa, irrespetuosa y está mal preparada. Viéndola parece que la montaña es súper dramática, y no es cierto. Es como ir a una autopista en hora punta y con accidentes".

El periodista Jon Krakauer también lo vivió todo en primera persona y ha empuñado el piolet contra la superproducción: "Es una absoluta porquería". "Espantosa", coincide el veterano aventurero Carlos Soria. "Está muy bien hecha, pero todas las escenas son de tensión y horror. La montaña no es así. Lo he pasado mal, se me han saltado las lágrimas".Hay quien ve en Segarra a una heroína que ha decidido no serlo («por llegar a 8.848 metros no tienes nada que enseñarle al mundo»). Fan de Nadia Comaneci y espeleóloga en sus inicios, ha preferido no encadenarse a patrocinadores ni tener un perfil excesivamente mediático para gestionar su libertad y su sufrimiento. "Me he bajado de muchas más montañas de las que he subido. Si estoy sintiendo dolor porque se me están enfriando las manos y no las consigo recuperar, me doy la vuelta. Eso significa que me voy a congelar y a mí me gusta mucho pintarme las uñas. Todas", bromea con coquetería y cierta distancia con el himalayismo no matter what. Ése que acaba provocando amputaciones.
Desde su carácter risueño, Segarra admite perplejidad, pero cero resentimiento, hacia los guionistas que la han photoshopeado hasta hacerla desaparecer. Y con ella, a su custodio en Nepal, el hijo del mito sherpa Tenzing Norgay."El otro día hablé con él y le pregunté si no le daba un poco de pena no salir en la película. Me confesó que estaba completamente decepcionado.... Lógico, fue uno de los encargados de comunicarse con los porteadores sobre el terreno el día del desastre. Cogió la radio y les aleccionó en su idioma para que hicieran todo lo posible por los expedicionarios extraviados, algo que desde el Campo Base no habría logrado ningún occidental", explica.Araceli SegarraSólo la acumulación de decisiones erróneas, una tecnología rudimentaria y la mala suerte explican el drama del 96. Resumiendo mucho: un temporal sorprende a varios alpinistas que descienden del último confín del planeta a una hora no aconsejable. Los directores de las dos agencias organizadoras de la aventura, Rob Hall y Scott Fischer, colegas y a la vez rivales, terminan exponiéndose más de la cuenta.La expedición deviene en romería traumática, con montañeros extraviados en altura y con distinto grado de formación. El desenlace se lloró como una esquela mundial."La última palabra siempre la tiene la montaña", pone el guión en boca del guía ruso Anatoli Brukeev. La reflexión del antagonista de Everest marca con exactitud dónde termina la épica y empieza el cementerio. Y eso que a mediados de los 90 todavía no se hablaba de masificación en las cimas."Marcó un precedente y en la actualidad se va con más cuidado. Lo que no quiere decir que no pueda repetirse. En momentos de cumbre y en zonas cercanas a la cascada he visto a demasiada gente colgando de una sola línea. 30 personas en un único anclaje es peligroso", advierte Segarra.Ni tan alto ni tan difícil es su diario como testigo de la catástrofe. Ella lo llama «libro de recetas». Se publicó 17 años después de los hechos, para desesperación de esos fabricantes de best sellers que aspiraban a dar contrarréplica a lo que escribieron Krakauer (Mal de altura) y Brukeev (Everest 1996. Crónica de un rescate imposible).Sus más 200 páginas -salpicadas de lecciones de autoayuda; de ahí lo de recetas- vienen introducidas por unas breves pero cálidas palabras de Jamling Tenzing Norgay. La escaladora catalana, por tanto, ya le debería dos. Fue su escoltasherpa quien le recomendó mirar a otro lado al pasar junto a los cuerpos agarrotados de quienes habían sido sus vecinos de tienda de campaña ("Eso no es nada, sólo basura, basura...").Segarra cobró 9.000 euros por pasar tres meses de aislamiento y a temperatura de iglú con el equipo de filmación. Eso le permitió costearse unos meses de alquiler tras terminar la carrera de Fisioterapia. Y sobre todo, le animó a intentar la doma de otros gigantes (Kanchenjunga, K2, Gasherbrum I) y le dio experiencia para coronar formaciones rocosas menos codiciadas en una quincena de países.Las incursiones en la naturaleza vertical las compatibiliza actualmente con la creación de la serie infantil Tina y las siete cumbres y trabajos como modelo ocasional y conferenciante. "Estar en una cordada y en un auditorio provocan miedos diferentes. En la montaña, donde cualquier cosa puede fallar, el miedo es objetivo, has de aprender a escucharlo. En cambio el miedo a estar delante de 200 o 2.000 personas es subjetivo, de los que te limitan. A veces me pongo nerviosa y trato de repetirme un mantra: ¿aquí va a haber alguna avalancha? No. Entonces, ¿qué problema hay?".En esas charlas motivacionales, en ocasiones en el extranjero, la ayudante de cámara de Siete años en el Tíbet y colaboradora de National Geographic y Discovery Channel proyecta imágenes suyas en el Everest con la misma música con la que entonces cogió impulso: la banda sonora de Braveheart, George Harrison y 10,000 maniacs. Un chute que en los lugares con alta presión atmosférica sólo lo iguala la dexametasona.¿Se tiende a minimizar el riesgo de los deportes extremos? ¿Puede todo el mundo hacer cualquier cosa?Podemos conseguir mucho más de lo que creemos que somos capaces, pero no hay un salto directo. Tiene que haber una preparación. Y aun así, a veces se confunde resistencia técnica con física. Correr maratones no es garantía de poder subir al Everest.Segarra regresó en 2007 para participar en la segunda parte del documental. Se percató de que las cosas habían cambiado. Para bien, a pesar de que el selfie se paga ahora a precio de diamante. "La previsión meteorológica es más precisa y la comunicación es mucho mejor. En 1996 los teléfonos satélite eran enormes y sólo había en el Campo Base; hoy todo el mundo en todos los campamentos lleva un teléfono por si puede pedir una pizza y que se la traiga un dron", asegura, exagerando.O no... A veces la realidad se pasa de hiperbólica.El martes 23 de septiembre, en torno a las diez menos cuarto de la noche, parte del falso techo de un cine de Madrid se venía abajo durante la proyección deEverest. En la sala había 250 espectadores. Siete de ellos resultaron heridos, probablemente muchos menos de los que en un principio creyeron que el estruendo formaba parte de los efectos especiales del filme. "El cine basado en la alta montaña es lamentable. No es ficción, es ciencia ficción. Nadie salta grietas de tres metros -ni siquiera de medio- y se engancha a la pared como en Límite vertical. Por no hablar de Máximo riesgo... Sin embargo, la gente lo absorbe como si fuera real. Es como si le preguntas a un astrofísico por las películas con aterrizaje en la Luna".Fuente: El Mundo

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