Por la puerta de madera labrada de uno de los salones de la casona que ocupa la comunidad de laicos católicos de Sant'Egidio, dos jóvenes entran con una bandeja de emparedados y refrescos, tal vez, la única comida que probarán ese día una decena de indigentes que esperan sentados en un semicírculo en blancas sillas de plástico."A veces uno amanece hasta con el bolsillo vacío", dijo Ernesto Gutiérrez a The Associated Press, un policía retirado de 66 años, quien luego de separarse de la mujer con la que vivía hace siete años, se quedó en la calle, sin hogar, una cama o un baño.
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