Un inmigrante portugués, que hace 25 años abrió su comercio en una zona industrial en Caracas, guarda cada semana fajos de billetes en una bolsa negra, a la espera de una llamada.Del otro lado de la línea, una voz juvenil le pregunta si va a pagar y, en minutos, un motorista pasa a recoger los 5.000 bolívares (un poco menos que el salario mínimo mensual) que le cobra una banda criminal desde hace un año por no volver a atacar a tiros su venta de materiales de construcción.
El auge de las extorsiones es otro duro golpe para los comerciantes en Venezuela
