Hay temas que suelen quedar fuera de agenda por ser, erróneamente, considerados "menores".
Frente a una coyuntura que reclama atención prioritaria para responder a las demandas de salud, educación y seguridad, como principales rubros, es difícil que el radar del Estado termine reparando en determinadas situaciones o hechos que también reflejan a una sociedad.
Un buen ejemplo de esto es cómo se perdió esa cultura de la limpieza que era sinónimo de una bien entendida "mendocinidad".
Al añoso eslogan de "tierra del sol y del buen vino" se le adosaba, con indisimulado orgullo, "y la más limpia del país".
Lejos ha quedado de este sello de calidad que los turistas se encargaban de resaltar una vez que regresaban a sus destinos.
Este signo de educación urbana, y hasta de cultura ecológica (cuando aún no se hablaba en esos términos), mutó en un presente de alarmante desidia.
Sin culpa ni castigo, se arroja basura en cualquier parte y a cualquier hora.
No importa si es en pleno centro, las acequias del barrio o los costados de una ruta.
Así es como proliferan los basurales a cielo abierto sin que los controles comunales alcancen para frenarlos o multarlos severamente.
Desde partes de vehículos hasta electrodomésticos naufragan a diario como si nada por los principales cauces de riego de Mendoza.
Todo un símbolo en la Mendoza que logró convivir con el desierto y hasta ganarle no poco terreno gracias al visionario sistema de riego de los pueblos huarpes.
Se podría inferir que esta indolencia no se manifiesta sólo en lo ambiental. La despreocupación de las nuevas generaciones tiene sus correlatos en, para citar otro caso de temas cotidianos de "menor peso", la atención al público.
Descontando que ya se da por sentado omitir el básico saludo cuando uno es atendido en un comercio equis, lo que sigue es prácticamente un monólogo del cliente.
Con mal talante, quien debería ofrecer una simple y buena atención concluye su parte como si se tratara de un favor.
Dos caras apenas de males que, con acción, son solucionables. Depende de quienes tienen la potestad de introducir cambios que empiecen a poner allí el foco. Y del resto de la sociedad, de volver a hacer los palotes en la educación más elemental.
