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El Teatro Independencia presentó el viernes a la distinguida soprano Verónica Cangemi, junto con la Orquesta Filarmónica de Mendoza dirigida con maestría por Emir Saul. Fue una gala con más de un detalle para recordar. Fotos.

Verónica Cangemi dominó con virtuosismo la técnica y el decir

Por Cristina AlfonsoEspecial para Diario UNO

Todo hacía suponer que la impronta sería la misma, a pesar de que en el programa de mano no se habían detallado las obras a interpretar. Esperábamos las delicias del barroco cuando de repente, de la prodigiosa voz de Cangemi, comenzó a revelarse un programa belcantista con alternancia de piezas sinfónicas y fragmentos liricos: después de más de 20 años dedicada al barroco, la soprano decidió “darse el gusto” de abordar un repertorio nuevo, apartado un tanto de su estética estilística.

De la mano del director invitado Emir Saul la Orquesta Filarmónica de Mendoza estuvo imponente. Su sonoridad fue amplia, llena y muy bien equilibrada. Nacido en Buenos Aires, Saul reside en Italia desde 1989 y cuenta con una importante trayectoria internacional.

Paralelamente a su actividad artística, se desempeña como profesor en el Conservatorio “Claudio Monteverdi” de Bolzano y Director Artístico dell’ Associazione Amici della Musica del Lago di Garda. Mostró una batuta bien definida, segura y con absoluto dominio escénico.

El director asumió la tarea de anunciar cada obra del programa y actuó de puente y respaldo de los cuatro jóvenes que forman parte del Programa de Canto de la Universidad de Congreso, dirigido por Verónica Cangemi. Ellos hicieron con la orquesta una presentación breve, en cuarteto (no se proporcionaron datos de los cantantes, ni de la obra que interpretaron).

Piezas orquestales precedieron los fragmentos líricos. El preludio al tercer acto de la ópera romántica Lohengrin de Richard Wagner (1813-1883), en versión de Arturo Toscanini (1867- 1957) quien deja un final orquestal amplio, dio paso a la primera entrada de la soprano mendocina con “Eccomi in lieta vesta”, aria de Giulieta de la ópera seria I Capuleti e i Montecchi de Vicenzo Bellini (1801-1835). De la ópera cómica La Cenerentola de Gioachino Rossini (1792-18689) se escuchó la obertura, seguida de Oh mio babbino caro, la famosa aria de Gianni Schicchi, ópera de Giacomo Puccini (1858-1924). Palabras de agradecimiento por parte de Cangemi y un aria de Carmen, de Georges Bizet (1838-1875) completaron la primera parte.

Luego de la pausa la orquesta interpretó el emotivo y popular Intermezzo de Cavalleria Rusticana, melodrama en un acto de Pietro Mascagni (1863-1945). A continuación la muy buena sonoridad de las cuerdas estuvieron a la par de la sensible Margarita (de Goethe) entonando la brillante aria de las joyas, de la “grand opéra” francesa Faust de Charles Gounod (1818-1893), obra de grandes proporciones.

Los últimos dos fragmentos fueron de Giuseppe Verdi (1813-1901): la obertura de Nabucco y del Acto I de la Traviata, la tercera aria de Violetta (É strano!, é strano!).

Antes de que los aplausos pidieran un bis y con un Feliz Cumpleaños iniciado por un sector del público al que se sumó la orquesta, Cangemi festejó sus 50 años y aprovechó para anunciar la reciente aparición de su nuevo CD con música barroca, editado por el sello discográfico Deutsche Grammophon (“La concordia de’ pianeti” de Antonio Caldara (1670- 1736), compositor veneciano del barroco tardío).

El bis fue “Lo son L’umile ancella”, romanza de Adriana de la ópera Adriana Lecouvreur de Francesco Cilea (1866-1950), compositor cuyo estilo vocal se acerca mucho más a la voz declamada con extensas líneas melódicas, apartándose de trinos y coloraturas.

Cangemi posee amplio discurso musical con admirable producción del legato, coloraturas ágiles, agudos diáfanos, graves aterciopelados y, por supuesto, es una experta en el declamar cantando. Tanto en el repertorio francés como en el italiano su decir fue perfecto, con imágenes fonéticas que le daban vida al texto, dotado a su vez, de una inmensa fuerza expresiva. Cada entrada suya tuvo la gracia y la sencillez de quien domina con virtuosismo la técnica y el decir. Es una artista impecable, pero a nuestro juicio, y por sobre todo, ella es la esencia misma del arte barroco, sutil y poderosa al mismo tiempo.

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