Por Selva Florencia Manzur
manzur.florencia@diariouno.net.ar
El año que está por terminar fue especialmente prolífico para más de un artista mendocino. Hubo quienes editaron discos, montaron obras, estrenaron películas en los cines y hasta series en la televisión mendocina.
Aprovechando que el 2014 está por llegar a su fin, Diario UNO reunió a tres artistas, de tres rubros diferentes, que tuvieron un gran año, ya sea por su trabajo, su esfuerzo o por reconocimientos que les llegaron en el momento justo.
Estamos hablando del actor y director Ernesto Flaco Suárez, el músico Raúl Tilín Orozco y el dibujante Juan Giménez. El primero celebró 50 años de trabajo en el teatro mendocino y en diferentes países debutando en la pantalla grande. El segundo fue nominado junto con Fernando Barrientos a un Grammy Latino tras décadas de promoción del folclore cuyano. Y el tercero volvió a su provincia natal para participar en el Festival de Cine Mendoza Proyecta e inaugurar un espacio visual que lleva su nombre en la Casa de Gobierno.
El encuentro con ellos tuvo lugar en la Redacción UNO Multimedia, y coincidió con el reencuentro entre Suárez y Giménez, quienes se conocen desde antes de que el ilustrador se consagrara en España, hace más de 30 años.
Mafalda, la nena ilustrada más famosa de la Argentina, creada por Joaquín Salvador Lavado (Quino), cumplió medio siglo de vida y tuvo un sinnúmero de celebraciones en todo el mundo.
Quino regresó a su Mendoza natal en julio para un acto en el que se bautizó un estudio del canal Acequia con su nombre. Allí, el dibujante estuvo rodeado de artistas amigos y contó que muy pronto volvería a vivir a Mendoza.
Como si esto fuera poco, medio siglo después de darle vida a la pequeña Mafalda, el artista estuvo en boca de todos nuevamente cuando recibió, en octubre, el premio Príncipe de Asturias de manos del Rey de España, Felipe de Borbón.
Desde enero El Siete local incluirá microprogramas de Mafalda en su grilla.
Del asado al Tinto y al Grammy
Raúl Tilín Orozco tiene 54 años y es cantante, músico, compositor y folclorista. Su vida, enteramente dedicada a la música, lo puso en el mismo camino que Fernando Barrientos y fue en 2003 que formaron el dúo Orozco-Barrientos. Tras innumerables reconocimientos, recitales en todo el mundo, el padrinazgo de Gustavo Santaolla y la experiencia de grabar con Mercedes Sosa, el dúo lanzó en 2013 el álbum Tinto.
Hace unos meses, ese trabajo les mereció una nominación a un Grammy Latino en la categoría de mejor álbum de folclore.
–Tinto se grabó en Mendoza y es el CD que más lejos llegó. ¿Por qué?
–Este disco refleja exactamente lo que quisimos decir: dónde, cuándo y cómo. Contar quiénes somos. Nos propusimos grabar y hacer todo acá en Mendoza. Los dos anteriores los habíamos hecho afuera y sentimos que faltaba el aire de aquí. Acá está la montaña, la churrasquera para hacer el asado entre grabación y grabación, el vino y los amigos: cosas que son fundamentales para hacer música popular. Por eso le propusimos a Santaolalla usar músicos mendocinos, técnicos mendocinos y un estudio de acá. Para eso hubo que reforzar el equipamiento de Fader Records y ellos quisieron invertir con tal de que lo hiciéramos aquí. Fue un gesto de cariño y apuesta hacia Orozco-Barrientos, y lo agradecemos. Además, Fernando ha visto crecer a mis hijos, entonces fue importante que mi hijo, que es guitarrista, grabara en el álbum y que mi hija estuviera a cargo del diseño.
–¿Creés que todo esto influyó a la hora de ser nominados a un Grammy Latino?
–Creo que sí. Es un orgullo haber llegado hasta la Academia porque estábamos muy contentos y orgullosos del disco, pero jamás pensamos que íbamos a ser nominados. Nos pasó algo similar cuando ganamos en el Festival de la Canción de Viña del Mar (Chile). Son cosas que nunca soñamos.
–¿A qué te referís?
–Hubo una época en la que yo estuve muy mal económicamente. El Flaco (Suárez) lo sabe porque él fue el único que me ayudó. Y cuando nos invitaron al Festival de Viña (2003) fuimos porque nos servían los viáticos: nos daban nueve dólares y nos quedábamos con lo que nos sobrara para traerlo de vuelta a Mendoza. Cuando terminó el festival, resulta que ganamos la Gaviota de Plata. ¡No lo podíamos creer! Nos trajimos 30.000 dólares, algo impensado.
–Y cuando participaron en la ceremonia en Las Vegas, ¿fue inevitable recordar todas esas penurias y alegrías?
–Por supuesto. Pudimos viajar gracias al aporte de diferentes entidades, entre ellas el Fondo Vitivinícola y algunos amigos. Estuvimos en el MGM Arena de Las Vegas y pudimos compartir con gente como Totó la Momposina, Lila Downs y Carlos Vives. En el próximo disco esperamos contar con la presencia de ellos. Nuestro objetivo es que la mayor cantidad de figuras internacionales canten tonada, cueca y gato.
–Estar presentes sirvió entonces para compartir con artistas que no es común que vean...
–Esas celebraciones son muy glamorosas y son algo a lo que no estamos acostumbrados. Son muy frívolas, pero no todos los que asisten son frívolos. A nosotros nos sirve para trabajar, pero mucha bola no le dimos a la competencia porque nuestra crianza ha sido la de compartir, no la de competir.
–Y en la ceremonia, cuando llegó la categoría en la que fueron nominados y oíste el nombre de los dos, ¿qué se te pasó por la cabeza?
–¡Fue terrible! Uno lo va pateando y piensa que está todo bien, pero ese momento en el que dicen: “Los nominados son”, ahí te morís. No pude pensar en otra cosa que en todos los que transitaron este camino, gente como Cacho Mussuto, Sergio Embrioni, Marcelino Azaguate, mis viejos. Siento que fue un homenaje a todos ellos, a los que están y a los que vendrán. Hacemos música hace tantos años y todavía hay algún trasnochado que piensa que llegamos porque somos amigos de tal o cual, pero a ellos les digo que no tienen idea. Esto es la consecuencia de muchos años de trabajo, de mostrar nuestra identidad y exhibir lo que somos.
Mendocino de ciencia ficción
Juan Giménez "tour"
Juan Giménez tiene 71 años, vive en España desde hace más de 30, pero regresa a Mendoza en ocasiones especiales. Este año, pasó dos meses en Argentina y entre las actividades en las que participó estuvieron: el Festival de Cine Mendoza Proyecta, el Mercado de Ilustración de Mendoza y la inauguración de un espacio visual con su nombre en Casa de Gobierno (ver página 4).
–En octubre estuvo en el Mercado de Ilustración (en el Le Parc) y conoció a decenas de ilustradores. Muchos de ellos lo consideran un ídolo, ¿cómo fue ese encuentro?
–Vi mucha gente joven y pude ver la evolución de su trabajo. Fue muy positivo, pero encontré que todos me hacían la misma pregunta: “¿cómo llegar al éxito?”. Vi mucha gente en competencia para ocupar la primera fila en su rubro, chicos muy jóvenes. La respuesta no es otra que trabajar mucho. Esa es la clave. A la vez, tenés que caminar ligero y, si uno tiene la suerte de que alguien lo empuje, entonces estar liviano para llegar adonde quieras. Uno puede tener suerte, como tuve yo, pero a la suerte hay que ayudarla.
–¿Cuánto tiempo le demoró idear esta filosofía tan personal?
–Lo importante es siempre hacer lo que a uno más le gusta. Me costó varios años descubrirlo. Uno nunca sabe si el trabajo que hace puede gustar o tener éxito, pero si hace algo que le gusta, ya se puede dar por satisfecho. Antes, cuando no había internet, uno leía las cartas del lector de las revistas. Una vez encontré una que decía: “Me gusta ese señor que hace los avioncitos”. Ese fue el mejor premio que recibí, porque había alguien disfrutando de lo que yo hacía.
–Fue jurado del Festival Mendoza Proyecta, ¿cómo fue ver las películas y elegir la mejor?
–El esfuerzo que vi fue magnífico. Sobre todo porque se hace desde acá, desde el interior, y eso es un doble esfuerzo. Me asignaron nueve películas internacionales, pero se equivocaron y me las mandaron a todas (risas). Entonces, con mi mujer aprovechamos para verlas a casi todas. Me sorprendieron varias producciones, no se notaba la economía interna de cada provincia. Vimos una de Tucumán que nos pareció sensacional, hubo otra de Córdoba (Atlántida) que nos encantó por sus actores y otro corto mendocino (Un día, los días, de Aldo Osiris Yebra) que nos gustó muchísimo también. Luego, con el jurado hubo debate, pero tratamos de premiar la mejor. Fue difícil elegir la que ganó (La herida, de España), pero habiendo tomado unos tintos muy buenos, la decisión fluyó fácil (risas).
Medio siglo de aplausos
Ernesto Suárez cumplió en noviembre 50 años arriba del escenario. A punto de cumplir 75 años el mes que viene, ha sido docente, director, escritor, actor y buen amigo.
Este año, además, marcó un hito para su carrera: filmó su primera película. Se llama Camino a La Paz, y en ella compartió protagónico con Rodrigo de la Serna.
–¿Cómo fue actuar frente a cámara, sin el público del otro lado?
–Anoche hablé con Rodrigo y me dijo que está todo muy bien, excepto las partes en las que actuamos nosotros (risas). Sólo sé que se estrenará en 2015, pero primero en festivales internacionales. Ya me avisaron que me voy a tener que comprar un traje. Tengo un solo traje y me lo compré hace 16 años, cuando se casó mi hija Laura. Es el que uso todas las semanas en La sanata.
–¿Te gustó hacer cine?
–Estuvo lindo como experiencia, pero me aburrió absolutamente. Hacer cine demora mucho. Lo bueno fue que nos reímos mucho fuera de cámara, Rodrigo toca muy bien la guitarra y el equipo era divino. Pero el viaje y lo que demora filmar cada una de las escenas es terrible. Hay una, por ejemplo, en la que nos atan a un árbol a Rodrigo y a mí. En la escena, nos dejan abandonados en el camino,pero en la vida real hacían dos grados, llovía y estuvimos tres horas abajo del árbol para filmar tres minutos de escena. Lo único en lo que podía pensar era en que no quería hacer cine nunca más en la vida. Además tenían que ladrar unos perros y no lo hacían. ¡Filmen después a los perros, loco! Me quería morir. Déjenme con el teatro, mejor.
–En la escena, para celebrar tus 50 años de carrera elegiste un texto de Chéjov que habla justamente sobre un actor veterano...
–Fue un desafío interno y externo. Externo porque uno siempre espera que al público le guste lo que hace, pero interno también porque esa noche (14 de noviembre) tuve un problema con mi hija, que estaba muy mal. Me tuve que ir a actuar, pero llegué tarde y no estaba tan enfocado, siendo que el texto era muy complejo. Creo que por eso me salió muy visceral.
–Esas situaciones son especialmente difíciles para el artista, porque tiene que salir a escena igual...
–Sí. Lo que pasó esa noche me hizo acordar a mis años en el exilio. Un día, estando en Ecuador, llegó una carta y me demoré como tres días en abrirla. Cuando por fin la abrí, decía que se había muerto mi vieja. Me puse a llorar, estaba destruido. No sabía si ir a la función o no, pero a la vez el arte es así: catártico, motivador y bello. El arte nos libera, porque cuando subís al escenario se te pasan todos los dolores. Que es lo mismo que le debe pasar a Juan cuando dibuja o a Tilín cuando toca la guitarra.
–¿Cómo era tu mamá?
–Yo hago teatro popular, cuento historias que recojo en la calle y baso todo en mi maestra, que fue justamente mi vieja. Ella fue la que más me enseñó. Ella tenía un sentido del humor más grande que el de cualquier cómico del mundo. Yo salí a ella. Daniel (Quiroga, su sobrino) heredó eso mismo.
–Viene en la sangre...
–Exacto. Muchos dicen que los mendocinos son amargos, pero no es así. ¡Ni en pedo! Te vas a Lavalle y te matás de risa con la gente, hablando tonteras. Porque dentro de esa otra Mendoza, esa en la que vemos chicas vestidas iguales y teñidas de rubio, está la otra Mendoza: la del suburbio, la de los barrios, la de la gente común.
