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La heredera en Mendoza

Gisela Emma Saccavinogsaccavino@diariouno.net.ar

Desde que la descubrió Julio Marbiz en un festival callejero en 1992, en su primera demostración artística en público, Yamila Cafrune emprendió una ruta que no para de expandirse.

Con el orgullo –y el peso– de ser hija de Jorge Cafrune, ese jujeño que recorrió el país a caballo para mostrar su música y que es hoy una suerte de mito y leyenda del género, Yamila ha llevado las formas más arraigadas del folclore argentino hasta Houston, Los Ángeles, México, Zaragoza, Barcelona y otras ciudades del mundo, por las que ha girado incesantemente desde 2006.

Inmersa en el vertiginoso trajín de los festivales veraniegos, la artista llegará mañana a Mendoza para presentarse en la 26ª edición del Festival de La Paz y el Canto de Cuyo, que se desarrollará desde hoy hasta el domingo en ese departamento del Este y ofrece a mendocinos y turistas una nutrida grilla (ver aparte).

Antes de su arribo y desde Jesús María, festival cordobés en el que se presentó esta semana, Yamila reflexionó sobre el rol social del artista, el valor identitario del folclore y la “preciada” música cuyana.

–¿Seguís donando la mitad del dinero que ingresa por la venta de tus discos a distintas entidades?–Así es, por suerte podemos disponer libremente de nuestros discos (la artista trabaja con su marido, el músico Esteban Sarlenga) porque los lanzamos de manera independiente, hasta ahora no hemos negociado con ninguna compañía discográfica. Entonces lo que hacemos es muy práctico: no bien llegamos a dar un concierto a algún lugar, hablamos con el municipio o con quien corresponda para que nos informe a qué organismo les vendría bien la ayuda. Luego, la mitad de lo que vendemos se lo damos a esa entidad y listo, de ese modo la ayuda llega directamente, sin intermediarios.

–Como artista popular, ¿concebís la labor artística intrínsecamente unida a la labor social?–Es que es así. Cuando uno ya se hace un nombre en los escenarios donde nos movemos nosotros, no es una cuestión de gusto, es una cuestión de ética, de subir al escenario y hacer escuela. Y cuando digo escuela no hablo sólo de enseñar lo que uno sabe, sino de empezar a mostrar lo que tiene el folclore. Por ejemplo, elegir mejor las canciones, contar su historia, y esto lleva a que el público no sólo zapatee y baile cuando vos cantás, sino que escuche a conciencia y aprenda.

–Y esta es justamente la idea de El Folclore Va a la Escuela, un proyecto que de algún modo sintetiza esa idea de recrear y a la vez introducir a los niños en la música que hace a nuestra identidad.

–Así es, es muy entretenido y al mismo tiempo un buen panorama de nuestra danza y nuestra música. Contiene un libro con información didáctica y un CD con canciones de distintas regiones del país como José Correntino, Juana Azurduy o Los 60 granaderos. Y claro, el fin último es construir sentido de pertenencia. El material ya ha sido disfrutado por más de 10.000 chicos de escuelas de Buenos Aires.

–A propósito del folclore, muchos festivales tradicionales han ampliado en los últimos años su convocatoria y suelen incluir en sus grillas a artistas de otros géneros, ¿cómo ves este fenómeno?–Mirá, hace unos años Mercedes Sosa dijo: “Va a llegar un momento en la música en que los géneros van a desdibujarse”. Yo en ese momento no lo entendí, pero luego me di cuenta de que era un vaticinio, porque hoy en los festivales conviven el folclore, el cuarteto y el rock. Salvo en algunos muy específicos, como en Olavarría o el Festival de la Calle Angosta, que mantienen la raíz folclórica. Yo lo que no sé es hasta qué punto beneficia a los festivales abrir el espectro. Porque lo cierto es que en los medios gráficos y electrónicos el folclore cada vez tiene menos espacio. Entonces, si dejamos que copen nuestro lugar que son los festivales de la temporada de verano, tendremos menos posibilidades de hacer folclore.

–Tiene sus pros y sus contras…–El pro de todo esto es que es bonito compartir escenario con artistas de otros géneros, por ejemplo, con Cacho Castaña me encantó, así como la Sole, que es la pendex del folclore y me encanta lo que hace. Pero también gusta a ultranza actuar en festivales junto con, por mencionarte algunos, Los Chalchaleros, Domingo Cura o Cacho Tirao, yo me muero con esas cosas.

–¿Y ahora qué nos mostrarás?–Para este año hemos preparado una serie de canciones clásicas que están incluidas en el CD de El Folclore Va a la Escuela y las combinaremos con otras de Raíz y de Bien de familia.

–Sé que tenés una debilidad por la música de Cuyo…–Uno a veces, a pesar de no nacer en un lugar determinado del que le gusta la música, la va conociendo y la siente como propia. Yo no soy cuyana de sangre, pero sí de corazón, me he criado escuchando las canciones de ustedes. Mi papá sin ser cuyano le cantó mucho a Cuyo y le encantaban las cuecas y tonadas. Yo aprendí de él por ejemplo La tupungatina, La flor porteña, un montón de canciones típicas de allá y cada vez que voy me reconforta el espíritu. La gente no sabe esto, pero me gusta tanto su música que cuando voy a los festivales me quedo al lado del escenario escuchando.

–Y el público mendocino debe disfrutar mucho de tus versiones…–Es increíble. Cuando cantás alguna cueca o tonada y la gente te pega el grito cuyano, que es como el sapucay del Litoral, no sabés si vas a terminar de cantar de la emoción que te da.

–La pasión por Cuyo se evidencia también en que desde tu primer disco, Regalo de amor, incluís tonadas o cuecas…–Claro, y la primera vez me dijeron: “No grabés canciones de Cuyo porque no es comercial”. “¿Ah, no?”, dije. Entonces las grabo. Siempre he sido así. En el segundo y en el tercero hay también cueca, y también grabé con Osvaldo Burucuá la Tonada de otoño, que es una de las canciones más bellas de Mendoza. Y canto otra que no recuerdo bien, el estribillo dice (y entona): “Solo, me dejaste solo, pensando en volver...”, bueno, ya la van a escuchar en Mendoza. Y espero que les guste.

 

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