Por Enrique Pfaab
pfaab@diariouno.net.ar
Lo que está quieto se limpia, y lo que se mueve se saluda. Así le decían los crueles cabos y sargentos a los reclutas, en tiempos en que todavía existía el servicio militar obligatorio. Ahora, en este presente mucho más amable, una consigna parecida se aplica en San Martín. La espera del Indio.
Cuadrillas de obreros municipales, de Vialidad provincial, de Edeste y de la Cooperativa de Electricidad de la región y Aguas Mendocinas trabajan febrilmente para tener todo listo para el recital del sábado del Indio Solari.
“Salimos el miércoles de Buenos Aires, haciendo dedo, y llegamos ayer (por el lunes) a la noche”, contó uno de los muchachos que instaló su carpa en el Parque Agnesi, junto a otras 30.“Está todo bien, loco. Estamos de diez”, dice otro que se suma a la charla. Para ellos no hay amenaza de Zonda que los asuste. “Al Indio lo seguimos por todo el país. Vamos a cualquier lugar en donde toque”, asegura un tercero.
No son adolescentes. Son hombres jóvenes, de entre 20 y 40 años. Son las 10 de la mañana y mientras unos juegan un picadito cerca del campamento, otros hacen fuego y acomodan las ollas para el almuerzo. No están tomando agua mineral. “¡Pegate un traguito, así te vas contento!”, invita uno, que está en silla de ruedas, tiene puesta una gorra con una estrella roja y parece ser uno de los ricoteros más veteranos. El cronista accede con la justificación de que “es parte del oficio” y siente que el vino es tan extraño a media mañana como un vaso de leche a las 4 de la madrugada.
Pero el alcohol en esta fauna no ha generado inconvenientes, al contrario. Acá sólo hay camaradería. Quizás lo único riesgoso es la combinación de la bebida con la pasión por el Indio, que hace perder de vista algunas prioridades. Uno de los fanáticos tuvo que ser atendido en el Perrupato debido a un cuadro febril. Los médicos le diagnosticaron neumonía y lo quisieron dejar internado, pero el hombre se negó rotundamente y debieron dejarlo ir bajo su exclusiva responsabilidad.
Mientras dentro del autódromo se arma el escenario y los organizadores despliegan todo lo necesario para el show, afuera se limpia, se inventan enormes playas de estacionamiento, se hacen nuevos tendidos eléctricos y hasta se rescatan perforaciones que estaban en desuso para proveerles agua potable a todos.
Será una fiesta. Al menos para eso trabajan.
Expectativa comercial
Algunos se apuran en duplicar su stock de mercadería para poder satisfacer al malón. Otros, en cambio, dicen que prefieren mantener cerrado todo por temor a que la oleada de gente concluya en raterismo o algún saqueo. Entre medio están los que atenderán al público, pero detrás de las rejas.
“Abrimos y después veremos. Todo depende de cuánta gente sea y como se comporten”, dijo ayer uno de los responsables de una confitería céntrica.
Más allá de las posturas, todos tienen un sentimiento común: la intriga por saber qué ocurrirá con el fenómeno Indio Solari. Lo que es un hecho es que todas las ciudades en donde se presentó el músico colapsaron en esas horas.
