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La película desentraña la psicología del exitoso novelista austríaco.

El escritor que prefirió morir a ver el triunfo nazi

Un hombre y una mujer yacen muertos en una cama, abrazados. En "Stefan Zweig: Adiós a Europa", la imagen solo aparece reflejada en un espejo, como si hubieran querido librarnos de su violencia. Es el suicidio del escritor Stefan Zweig y su esposa Lotte en Petrópolis, , el 22 de febrero de 1942. Es la escena con la que termina una película que repasa el periplo, como exiliado, de uno de los novelistas más leídos del siglo XX, del biógrafo concienzudo que vio arder sus libros en las piras encendidas por el nazismo y del hombre que, más allá de juicios literarios, sigue vigente, gracias a sus ideas, en un tiempo en el que la Unión Europea amenaza con caerse a pedazos."Zweig fue el mayor antinacionalista. Quería ser un ciudadano del mundo: no un austriaco, sino un ciudadano europeo", explica Schrader, directora del filme, durante una conversación telefónica con ABC. "Estoy de acuerdo con él en que conocer varias lenguas y tener la posibilidad de viajar a varios países fortalece el intercambio de los pueblos y el clima de paz", añade acerca de las ideas políticas de un escritor que hablaba un francés perfecto.La "culpa" de la víctimaZweig fue un hombre discreto. Nacido en una familia de la burguesía judía de Viena en 1881, abandonó Austria en 1934, meses después de que el político "austrofascista" Engelbert Dollfus alcanzara la cancillería de su país. Su viaje a Reino Unido fue la escala de uno mucho más largo: el de su exilio en América, que primero le condujo a los Estados Unidos, a Nueva York, y finalmente a Brasil. Precisamente, la película arranca con su llegada al país americano, cuando disfruta de una cuidada recepción en Río de Janeiro y agradece la hospitalidad de su tierra de asilo."A lo largo de sus años en el exilio, Zweig era consciente de que vivía en condiciones lujosas", recuerda Scharader. Comodidades que, paradójicamente, repercutieron de forma negativa en su psicología: "Todo el que ha sido capaz de escapar, incluso en la actualidad, se ve sometido a un sentimiento de culpa y responsabilidad. Creo que ese fue su caso. Trató de ayudar a otros a huir, pero, al mismo tiempo, sabía que nunca sufrió un peligro personal intenso: nunca sufrió tortura ni perdió a un ser querido". En definitiva, "tenía unas condiciones mejores que las de millones de personas". Con todo, lo cierto es que Zweig sufrió duramente su exilio. "Cuando menciono mi "éxito", no hablo de algo que me pertenece, sino de algo que me había pertenecido en otro tiempo, como la casa, la patria, la confianza en mí mismo, la libertad, la serenidad", explicaba, quizá insinuando su triste final, en "El mundo de ayer: Memorias de un europeo".Al dolor por la lejanía, Zweig tuvo que unir el de una batalla perdida: la de explicar por qué se negaba a emitir juicios contra el nazismo. Una resistencia que algunos calificaron de cobarde. Scharader rechaza ese punto de vista: "Los artistas tienen modos distintos de enfrentarse a los problemas políticos. Zweig estaba convencido de que no quería utilizar sus escritos para atacar a personas o países", señala.El novelista expresó su oposición a Hitler de la forma más dramática. El temor a que el nazismo ganase la Segunda Guerra Mundial -"fue muy pesimista desde el primer momento"- le empujó a la muerte.

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