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De manera exitosa el Teatro Independencia puso sobre el escenario, una vez más, un espectáculo dedicado al arte de la danza. Hubo dos representaciones del Ballet Giselle. Galería de fotos.

Crítica del Ballet Giselle: por suerte, triunfó el arte de la doncella

Por Cristina AlfonsoEspecial para Diario UNO

El Teatro Independencia dedicó su programación, una vez más, al arte de la danza, ofreciendo durante dos noches el Ballet Giselle, con importantes solistas y un elenco bien armado. Lo sucedido en el escenario dio lugar a un juicio dividido entre el hecho artístico en sí y los hechos colaterales. Por suerte, triunfó el arte de Giselle.

En un pueblito medieval a las orillas del Rhin "Giselle" es el ballet con mayor continuidad histórica y forma parte del repertorio de casi todas las compañías del mundo. La historia habla de jóvenes bellas llamadas Willis que estaban comprometidas para casarse y morían antes de la boda.

Cuando se levanta el telón, luego de una breve obertura, vemos parte de un pueblo con casitas de troncos de madera junto al Rhin. Es la época de vendimia y la gente se prepara para celebrarla. A la izquierda del escenario está la entrada a una casa de campo. Es la casa de Giselle (Daiana Ruiz/ Teatro Colón), la hermosa doncella del pueblo que vive con su madre (Maricé Sánchez / Ballet UNCuyo).

En este entorno aldeano, ingenuo y sentimental del primer acto, que se torna sobrenatural en el segundo, no caben dudas, que no hay lugar para la estética del megashow, ni las tardanzas, ni algunos fotógrafos irrumpiendo con el ruido de sus cámaras. Tampoco hay lugar para las alocuciones. Pero hubo de todo un poco, sobre todo, la primera noche.

En lo artístico, se destacaron tanto los solistas locales como los solistas invitados, la prometedora y joven Giselle, la reposición de Noemí Szleszynski (Teatro Colón) y el II Acto a cargo del Cuerpo Estable de Ballet de la UNCuyo (dirección: Vilma Rúpolo). La dirección general le correspondió a Patricia Motos.

Este ballet romántico en dos actos es tan popular hoy, como cuando se lo estrenó en la Ópera de París en 1841, con música de Adolphe Adam y coreografía de Jules Perrot y Jean Coralli.

El libreto del poeta, novelista y crítico Thèophile Gautier, se basa en la historia de las Willis contada por el poeta alemán Heinrich Heine, en su obra De l’Allemagne (1835).

Como dijimos, el Teatro Independencia ofreció el domingo y el lunes, una puesta de Giselle con un grupo importante de bailarines invitados. La mendocina Daiana Ruiz, actualmente integrante del Ballet del Teatro Colón, estuvo acompañada por el francés Gabriel Bucher (Albrecht, duque de Silesia), solista del Ballet de Santiago de Chile. El papel de Myrtha, reina de Willis, lo representó Natalia Saraceno y el de Hilarión, el guardabosque, estuvo a cargo del primer bailarín Vagram Ambartsoumiam, ambos del Teatro Colón. También de la misma compañía vinieron Ludmila Galaverna y Alejo Cano para el Pas de Paysan del I Acto. Dos solistas locales se destacaron como secretarias de Myrtha: Ivana Chavarini (Ballet UN Cuyo) y Paula Giufrida (Bailarina Independiente).

El primer acto, fresco y colorido, obtuvo mejores resultados la segunda noche, incluso el desempeño de la pareja del Pas de Paysan. Por parte del grupo, en general faltó mayor desplazamiento escénico y acción donde lo dramático se imponía por sobre la danza, como es el caso de la famosa y crucial escena de la locura. La joven Daiana Ruiz interpretó el difícil rol protagónico con seguridad técnica y prolijidad interpretativa. Se puede esperar mucho más aún de esta etérea bailarina, ya que dada su juventud, está recién en los comienzos de una promisoria carrera como solista.

El segundo acto estuvo perfecto, con figuras veladas que se movieron flotando sobre el escenario. El Ballet de la UNCuyo participó sólo en este acto y se mostró homogéneo, con líneas cuidadas y muy buen trabajo de estilo, logrado gracias a la labor minuciosa de Noemí Szleszynski (Teatro Colón), a cargo de la reposición. El público quedó muy satisfecho con esta compañía que fue aplaudida las dos noches a la par de los solistas.

¿Qué pasó después de la primera función?Un hecho extra-artístico para reflexionar: el público estaba aún acongojado por la muerte de Giselle y el elenco en pleno todavía sobre el escenario, cuando irrumpió una locutora vibrante de alegría, para presentar entre arengas -incluso ante la desaprobación de algunos presentes-, “el curriculum” de los bailarines, actitud que condujo a un cierre por demás desatinado, perdiéndose por completo la magia.

Los comentarios inapropiados y arengas populares pretendiendo enardecer al público e infundirle sin tino espíritu festivo, produjeron al instante la desaparición del espíritu de Giselle entre las tinieblas, en medio de la indignación generalizada. ¿Qué se quiso hacer? ¿Dónde quedó la estética romántica?

Si bien la cultura ya no es contemplativa sino participativa, hay que saber discernir hasta qué punto, cuando de arte se trata, se puede avanzar metiéndose en el hecho artístico a riesgo de romper la magia, tal como sucedió el domingo, con la primera noche de Giselle. El arte no es simple entretenimiento, sino transmisión y aprehensión de valores estéticos, entre otros. Pero, para que el todo luzca, hay que cuidar hasta los detalles más insignificantes de las partes.

Ya se sabe que la cultura no es gasto sino inversión, aspecto muy bien tenido en cuenta por las autoridades del Ministerio de Cultura quienes vienen apoyando grandes y complejas propuestas como esta y siempre con resultados óptimos. Es una verdadera pena que los grandes esfuerzos se hayan visto deslucidos por intervenciones desafortunadas y, para colmo, ajenas en sí, al hecho artístico.

Hay que tener en cuenta que, cuando los problemas conciernen a aspectos colaterales, pero que todavía suceden sobre el escenario queriendo cerrar un espectáculo de pretendida jerarquía, es aquí, precisamente, cuando se pone de manifiesto la labor de la dirección general. Y es en este punto cuando nos preguntamos qué pasó con la dirección general: ¿estuvo ausente o fue errada? O, simplemente nos preguntamos cuál habrá sido su concepto estético. Sea como fuere, hubo un desafortunado y enojoso desenlace. Y no sólo Giselle quedó con el corazón destrozado.

La segunda noche se inició nuevamente con las palabras de la locutora, pero por suerte y para el bienestar de todos, finalizó sin su alocución. Una representación como esta, sublime, etérea y romántica por donde se la mire, jamás debe complementarse con este tipo de intervenciones.

Dejando de lado este episodio fortuito, podemos decir, finalmente, que el talentoso conjunto logró imponerse con su arte.

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