Iban de contramano, movidos por la pasión. Mientras el frío calaba los huesos, algunas ráfagas de viento azotaban el Este mendocino y una molesta llovizna caía sobre sus cabezas, miles de almas se amontonaban, saltaban, gritaban y se contagiaban el entusiasmo. Eran parte de la “misa india”, ese ritual pagano cuya comunidad sólo tenía un objetivo: ver a su líder, el Indio Solari.
Por eso soportaron no sólo el frío sino las eternas filas de vehículos que, atascados, se turnaban para avanzar a paso de hombre hasta llegar al autódromo esteño para disfrutar de un recital histórico. Era tal la cantidad de micros, trafics y autos que alrededor de las 20 sólo para llegar desde las playas de estacionamiento hasta los ingresos del Ciudad de San Martín se demoraba una hora a pie.
Es que desde el inicio del jueves hasta las 18 de ayer, 752 colectivos, 229 combis y 5.742 vehículos particulares llegaron al autódromo pasando por el arco de Desaguadero, según el Ministerio de Seguridad.
Un cacheo policial poco exhaustivo en la entrada demostró casi la resignación de los organizadores y uniformados. No podían parar el fervor por el convocante músico con sólo despojar a sus fans de algunos artículos.
Una vez dentro del predio donde se gestaría minutos después “el pogo más grande del mundo”, quienes ingresaban quedaban a un kilómetro y medio del escenario donde Solari y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado pondrían a vibrar a los miembros de la tribu rockera.
Cerca de las 20 se lo vio al intendente anfitrión, Jorge Giménez, realizar gestiones para que un contingente de unos 5.000 fanáticos llegados desde San Luis pudiera obtener sus tickets y disfrutar del concierto.
Unos 200 incondicionales del Indio ganaron el sector frente al escenario y no se movieron de allí desde tempranas horas. Apretujados esperaron la “comunión” con el músico.
El resto pudo caminar con comodidad, pese a que eran una multitud, debido a la inmensidad del predio.
Alrededor de las 21 se desató la lluvia, que intentó apagar el calor de una pasión que no entendía de inclemencias climáticas.
Fogatas improvisadas en medio de pequeños grupos acentuaron la imagen de tribu y mitigaron las bajas temperaturas. Música en las bocas de los “fieles” del Indio marcaron la previa, como un anticipo del delirio que se desataría minutos antes de las 22 con los acordes de Luzbelito y las sirenas.