Hay decisiones que parecen impulsivas pero que con el tiempo revelan una intuición precisa. Eso le pasó a la emprendedora mendocina Milagros Mc Donnell, una joven que mientras cursaba Administración de Empresas, decidió apostar por un cultivo que todavía no estaba en boca de nadie: el pistacho. Su familia venía del vino y del aceite de oliva; ella también. Sin embargo, eligió otro camino. Uno largo, lento y que no generaba resultados inmediatos, sino al que había que apostar con una gran dosis de paciencia.
Mujeres emprendedoras: una joven mendocina que se adelantó al boom del pistacho antes de que fuera moda
A los 24, Milagros Mc Donnell creó Nushka, su marca de pistachos. Su historia cruza intuición, paciencia y un inesperado paralelismo con el camino de su padre
Hoy, con 24 años, la misma edad con la que su padre compró la finca familiar “La Cristina” en Maipú, Milagros está construyendo su propio proyecto: Nushka. Una marca que combina conocimiento agrícola, estrategia empresarial y esa mezcla tan mendocina de crecer esperando que la tierra de sus frutos.
Una vida entre olivos, vides y una idea persistente con el pistacho
Milagros se crio en un ambiente de finca, entre conversaciones que siempre derivaban en el clima. Su familia produce malbec, Pedro Giménez y aceite de oliva; ese universo era parte de la casa, como un idioma heredado. Pero también escuchó, desde muy chica, las quejas inevitables del campo: heladas traicioneras, precios que suben y bajan sin avisar, años buenos que se compensan con otros olvidables.
Cuando empezó a estudiar Administración de Empresas, sintió el impulso de crear algo propio. La tierra le atraía, pero también le generaba respeto. No quería repetir, necesariamente, lo que había visto siempre. Quería encontrar un espacio donde lo aprendido en la finca y lo aprendido en la facultad se cruzaran sin pelearse.
Así llegó al pistacho.
Una visionaria que se adelantó al boom
Antes de que el pistacho se volviera la estrella snob del chocolate Dubai y de las heladerías gourmet, Milagros ya estaba investigando. Le llamó la atención que era un cultivo y noble, pero lento. Lentísimo. Los árboles tardan entre 10 y 12 años en dar frutos. Era, básicamente, el "antiemprendimiento express".
Aun así, compró 150 plantas sin injertar. Un número chico si se mira desde afuera; gigante si se mira desde la perspectiva de una chica de 20 años que decide sembrar a futuro.
La apuesta no tardó en volverse desafiante. Mientras ella ponía sus primeras plantas, otros productores comenzaron a llegar a cientos: 300, 500, 900 árboles. El boom del pistacho había empezado y parecía que se la iba a llevar por delante.
Saber de cálculos y del trabajo de la tierra, el valor agregado
Milagros se amedrentó un poco, pero no retrocedió. Ahí entró en juego su parte más empresarial: decidió complementar lo que todavía no podía producir con compra de pistachos a granel. Así nació "Nushka", una marca que mezcla ese alma familiar del campo con una lógica comercial clara: construir una clientela ahora, para que el día que sus propios árboles den fruto, la base ya esté armada.
Hoy abastece a negocios locales, arma combos, cuida cada presentación y, como buena hija de su generación, se volvió su propia community manager: graba videos, muestra procesos, explica curiosidades. Como toda emprendedora de la época, sabe que la semilla crece también en las redes.
Lo que ve más allá de la moda del pistacho
El pistacho está viviendo un momento casi exagerado: chocolates edición Dubai, helados premium, postres verdes, snacks gourmet. Pero Milagros es bastante más realista que las tendencias.
Dice que la moda va a pasar. Que el pistacho, por su sabor suave, va a quedar más ligado a terminaciones sutiles, tanto en cocina salada como en repostería. Que es un fruto seco elegante, pero discreto. Y que, justamente por eso, tiene larga vida más allá del furor actual.
No lo dice con resignación. Lo dice con la calma de alguien que plantó árboles que tardan doce años en fructificar.
La coincidencia que cierra el círculo
Su padre, contador de profesión, compró la finca familiar cuando tenía 24 años. La misma edad que Milagros tiene ahora. Él, que viene de los números, se dedicó al cambo con coraje y con algo de desconocimiento. Ella hace algo parecido, pero con una base académica distinta y un mercado que se mueve mucho más rápido.
A veces, cuando camina la finca, piensa en esa coincidencia. No como una carga, sino como un pequeño guiño. Una forma de saber que, aunque su camino no es exactamente el mismo, la raíz es compartida.
Una marca joven que crece al ritmo de su creadora
Nushka todavía está en etapa temprana, igual que las plantas que algún día le darán pistachos propios. Pero Milagros sabe esperar. Sabe trabajar. Sabe combinar tradición y estrategia. Tiene 24 años, energía de sobra y una claridad que sorprende.
Quizás sea eso lo que más la define: eligió un cultivo lento, pero no eligió una vida lenta. Eligió un fruto que tarda, pero no eligió quedarse quieta. Eligió sembrar futuro, incluso cuando nadie miraba hacia ese lado.
Y ahora, mientras el boom del pistacho va y viene, ella sigue firme, construyendo algo que requiere tiempo. Ese recurso que pocos tienen y que ella decidió invertir sin miedo.








