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Por años de tener que lidiar con un sistema económico tan sensible como fluctuante, pocos consumidores más entrenados que el argentino a la hora de hacer rendir cada peso.

Ojo con los precios

Debería ser una constante, pero en un contexto de crisis más que nunca se requiere de la honestidad comercial en cualquier tipo de transacción.

Por el impacto en el castigado bolsillo de los ciudadanos, no da lo mismo un precio que otro. Y no estamos hablando de las lógicas diferencias que puedan existir con un producto que se compra en un mercadito de barrio o en una cadena de supermercados.

No se discute aquí la más elemental lógica de la oferta y la demanda. Es bastante más simple: no disparar los precios arbitrariamente.

Tanto en el gobierno de Cristina Fernández, con el plan Precios Cuidados, como en el de Mauricio Macri, que impulsa Precios Claros, el objetivo -y el mensaje- a los comerciantes es el mismo: no se excedan en su potestad de fijar cuánto cuestan los productos que venden.

Es muy valioso que los consumidores cuenten con información de dónde pueden comprar más barato.

Hoy, a través de las opciones que ofrece la tecnología, una aplicación en el celular permite acceder a un listado de miles de artículos, con sus precios y dónde conseguirlos sin tener que movilizarse y generar un nuevo gasto.

Paradójicamente, estos formadores de precios suelen ser quienes más se quejan de los avatares de la economía, sin embargo rara vez pierden. Aplicando sin descanso su maquinita actualizadora, siempre van un paso más adelante de esa a la que contribuyen sustancialmente a engordar con su particular estrategia.

Mientras tanto, el cliente está sujeto a lo que el gobierno de turno haga (o no) con la macroeconomía y a lo que en el trabajo que tenga en suerte dispongan con su sueldo.

Por años de tener que lidiar con un sistema económico tan sensible como fluctuante, pocos consumidores más entrenados que el argentino a la hora de hacer rendir cada peso.

La especulación, de uno y otro lado del mostrador, termina siendo parte de un modus operandi tan propio de la supervivencia como de esa picardía más argentina que la birome.

Llegar a fines de mes sigue representando un estrés al que ningún ministro de Economía ni por asomo le encuentra el antídoto.

En todo caso, el ingenio es el remedio más parecido al que apela la mayoría para no desbarrancar.

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