El dólar volvió a subir este mes y siempre que eso ocurre no son buenas noticias para quienes viven de un sueldo. No hace falta ser un economista de fuste para advertirlo, es un simple aprendizaje de la experiencia.
En marzo, la divisa de Estados Unidos alcanzó los $16, pero luego bajó a los $15 y así se mantuvo con algunos ascensos hasta noviembre, cuando volvió a dar un salto.
Para la mayoría, la ecuación es simple: aumenta el dólar y entonces aumentan la harina, el pan, los fideos, las bebidas, la nafta y todas esas cosas que se necesitan a diario.
Pero la noticia de los últimos días no fue sólo el salto de la divisa, sino que las proyecciones hacia el 2017 hablan de llevarla en el primer semestre a $18 o muy cerca de ese número.
En diciembre de 2015, cuando se inició el Gobierno actual, el dólar estaba a $13,50.
En los portales financieros más creíbles se advierte de inmediato que en el último período, otra vez, pedalearon las bicicletas financieras en operaciones que el común de los caminantes no termina de comprender.
Para esta columna alcanza saber que las Letras del Banco Central (Lebac) son títulos de deuda de corto plazo que licita el organismo cada semana y con las que algunos pocos ganan miles de dólares.
Hay quienes afirman que la está desacelerada y que este instrumento, junto con otros, abonan en ese terreno. No obstante, quienes sostienen esa tesis no dan cuenta del costo que esto tendrá en un futuro.
En la calle no se habla demasiado de estas cosas, del aumento del dólar, del Lebac y de las bicicletas financieras.
O tal vez se habla con otras palabras mucho más claras y precisas que dicen lo mismo.
En el país, lo urgente no es el temible efecto del billete verde; lo que ocupa la mayor atención del trabajador es mantener su empleo (en caso de tenerlo), conseguir uno aquel que no tiene y el objetivo general apunta a lo básico: vivir dignamente.
Mientras el precio de los alimentos -ítem sensible si los hay- aumente sin contemplar este contexto, difícilmente los números de chicos y grandes cierren.