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No están locos. Tienen una causa y mueren por ella: el odio a las mujeres. Lo demuestran así, la mujer es suya o de nadie, y el suicidio luego del ataque es el mensaje de que va en serio, hasta la tumba.

Fundamentalistas

No están locos. Tienen una causa y mueren por ella: el odio a las mujeres. Lo demuestran así, la mujer es suya o de nadie, y el suicidio luego del ataque es el mensaje de que va en serio, hasta la tumba.

De las múltiples variantes del machismo, ellos son de la versión fundamentalista. Pero actúan en un contexto social y cultural que los avala.

Del maltrato callejero a la violencia en el hogar, desde la discriminación laboral hasta la falta de educación sexual en las escuelas desde una perspectiva de género, la violencia física, psicológica, sexual, económica, patrimonial y simbólica hacia las mujeres es el ambiente que sostiene la causa de los que por ella se inmolan.

Y aunque parecen impredecibles, como lo puede ser un ataque suicida de un fundamentalista islámico, al igual que éstos tienen un plan, pero son más evidentes, van dejando señales en el tiempo que pueden advertir sobre la escalada de violencia.

Por eso, deben existir los dispositivos que permitan intervenir a tiempo, ayudar a una víctima lo antes posible. Un minuto después puede ser tarde.

Por eso se insiste en la declaración de emergencia en violencia contra las mujeres, a la que el Estado aún no ha dado respuestas de fondo.

El cambio en el Código Penal, por el cual desde fines de 2012 se impone la prisión perpetua a los femicidas, llevó justicia a las sentencias pero no sirvió como prevención.

Así como a algunos no les importa morir por el odio a las mujeres, a otros menos les importa ir presos de por vida.

En un año que no pudo haber sido peor, en 2016 no hubo respuesta oficial a la altura de las circunstancias.

Ni para prevenir ni para asistir. Si en 2017 no se toma el problema en serio, es posible que los asesinatos de mujeres por parte de estos hombres se incrementen.

Lamentablemente no está ajena a esta sangrienta realidad que mete miedo y exige pronta respuesta.

Aunque hay organizaciones trabajando activamente y esfuerzos esporádicos en el sector público, no alcanza.

Todavía falta una acción más profunda que aísle a los violentos y evite que sea la muerte la que selle un vínculo enfermo.

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