Bautizado extraoficialmente como Chile–China Express, este proyecto apunta a tender un cable de fibra óptica submarina desde la costa chilena hasta Hong Kong, sin pasar por territorios intermedios como Estados Unidos o Europa. A primera vista, se trata de una infraestructura más en la expansión global de la conectividad, pero la falta de información pública ( financiamiento, plazos, socios y gobernanza) ha generado inquietudes considerables.
Chile y China: fibra óptica y geopolítica del siglo XXI
Un cable submarino Chile–Asia (Hong Kong) con participación china gana relevancia: conecta tecnología crítica y tensiones geopolíticas clave para la región.
El desarrollo está siendo promovido por Inchcape Shipping Services (ISS) junto a socios vinculados a China, y ha sido presentado ante autoridades portuarias y actores industriales, sin que hasta ahora exista un cronograma claro o documentos públicos que permitan a analistas independientes verificar sus parámetros básicos. Música de misterio.
¿Qué se busca con un cable directo a Hong Kong?
Técnicamente la idea de un enlace directo transpacífico tiene sentido: menos latencia, mayor capacidad de transmisión y una ruta alternativa a las que hoy dominan el tráfico internacional de datos. La discusión tiende a centrarse en la distancia física, lo realmente estratégico es quién controla los nodos, los puntos de enlace y la operación del sistema. Eso define quién puede priorizar tráfico, acceder a metadatos o, en casos extremo, responder a requerimientos legales del Estado bajo cuya legislación opera la infraestructura.
Si hablamos de China, su Ley de Ciberseguridad y otras normativas de inteligencia obligan a las empresas a cooperar con las autoridades de ese país en materia de entrega de datos y auditorías. Ese marco legal ha sido señalado por analistas como un factor de preocupación (no nos olvidemos del caso tiktok, entre otros), porque hipotéticamente podría permitir acceso a información que transite por este cable, incluso de países terceros conectados regionalmente a la red chilena, Argentina por ejemplo.
Soberanía digital y riesgos de opacidad
La opacidad del Chile–China Express contrasta con otros proyectos de infraestructura global que han cobrado visibilidad pública, cronogramas transparentes y acuerdos claros con gobiernos locales. Podemos tomar el Cable Humboldt, una alianza entre el Gobierno de Chile y Google para tender un sistema submarino entre Valparaíso, Polinesia Francesa y Australia, con operación estimada para 2027, planes de inversión definidos y participación pública en la gobernanza.
Esa transparencia, a diferencia del caso chino, facilita el escrutinio ciudadano y el debate sobre el interés nacional. En cambio, la falta de información clara sobre quién financia, quién opera y bajo qué condiciones se administra el Chile–China Express ha encendido alertas sobre la soberanía digital de Chile y, por extensión, de países como Argentina, Brasil, Perú y Ecuador, cuyos datos podrían circular por una red que opera bajo jurisdicción y leyes diferentes.
El tablero geopolítico: datos como nuevo campo de batalla
La famosa frase: "El conocimiento es poder" nunca estuvo tan vigente. Detrás de la fibra óptica hay una guerra silenciosa entre grandes potencias (públicas y privadas) por la infraestructura que sustenta internet global. Como lo relató un extenso informe de Reuters, Estados Unidos y China llevan años compitiendo por el control de cables submarinos, conscientes de que más del 95 % del tráfico de datos mundial transita por estas redes bajo el océano.
Washington ha bloqueado proyectos chinos en el pasado y ha promovido iniciativas propias con aliados, bajo la premisa de que la dependencia en tecnologías o infraestructuras de potencias rivales puede traducirse en vulnerabilidades estratégicas. China, por su parte, ha expandido su presencia en cables, redes 5G y otros activos globales como parte de una estrategia más amplia de diplomacia tecnológica.
¿Por qué Chile?
Chile no es un país cualquiera en esta ecuación. Su ubicación geográfica estratégica lo convierte en un punto natural de enlace entre Sudamérica y el resto del mundo, como han demostrado otros cables que ya desembarcan en sus costas, como el Mistral o el Curie.
La postura chilena en este campo, desde la apertura a múltiples proyectos hasta la voluntad de posicionarse como hub de interconexión digital regional, refleja la ambición de avanzar en conectividad, pero también lo expone a tensiones entre demandas comerciales y riesgos geopolíticos, que incluyen debates sobre seguridad cibernética, soberanía de datos y dependencia tecnológica.
¿Un segundo cable transpacífico?
Una de las críticas recurrentes es por qué Chile necesitaría un segundo enlace transpacífico directo si ya existen iniciativas como Humboldt. Esta pregunta pone sobre la mesa algo más que cuestiones técnicas: es una reflexión sobre prioridades estratégicas y sobre qué clase de relaciones internacionales quiere construir el país.
Tecnología, soberanía y futuro digital
El debate en torno al Chile–China Express es, en realidad, una discusión sobre qué entendemos por soberanía en la era digital. No basta con legislar telecomunicaciones, la infraestructura física que sostiene el flujo de datos determina capacidades económicas, políticas y de seguridad. Construir un cable submarino puede parecer un asunto de ingeniería, pero tiene profundas implicancias geopolíticas y un impacto directo en cómo los países gestionan su conectividad, sus alianzas estratégicas y la protección de la información de sus ciudadanos.
Chile se encuentra en una encrucijada: puede impulsar su conectividad con nuevos enlaces, pero también necesita asegurar que esos enlaces se construyan bajo los principios de transparencia, gobernanza abierta y protección de datos nacionales. El riesgo de avanzar sin claridad es que se sustituyan viejas dependencias por otras nuevas, menos visibles pero igualmente influyentes en el escenario global.
Si bien la fibra óptica es un recurso técnico, el debate que se abre aquí es el de quién controla la fibra del futuro, y con ella, una porción esencial de la soberanía y el desarrollo tecnológico de gran parte del hemisferio sur.










