"El cementerio hace milagros", dice el guía Juan Carlos González, encargado desde hace muchos años de revivir las historias que pasaron de boca en boca hasta convertirse en mitos entre las tumbas.
Una de ellas es la que unió, silenciosamente y después de la muerte, a Juan Francisco Cubillos -conocido como "El Gaucho Cubillos"- un conocido ladrón de caballos que se convirtió en protector y cumplidor de promesas, a quien le dio muerte, el policía Juan Carrizo y al médico que reconstruyó su rostro a través de un identikit que, con los años, es la única imagen que se conservó de él, Godofredo Paladini.
El milagro es que por casualidad u obra del destino, estos tres personajes convivan hasta la eternidad en apenas unos metros cuadrados de la necrópolis. Nadie lo premeditó, nadie lo pensó, pero el cementerio puso las cosas en su lugar: los tres son vecinos. González relató su unidad simbólica, que es una de las historias menos conocidas del cementerio de la Ciudad.
La tumba del gaucho Cubillos, un mito que todavía respira
La tumba del gaucho Cubillos está ubicada en uno de los pasillos centrales del cementerio y llama la atención de inmediato. No por su solemnidad, sino por todo lo contrario. Es una especie de gruta pagana: una estructura de ladrillo y chapa que funciona como refugio para quienes llegan a pedir o agradecer. El rojo intenso contrasta con el gris del resto de las tumbas.
Lo que la rodea es un folclore fúnebre extraño y profundamente popular. Flores de plástico conviven con juguetes viejos, macetas vacías y velas gastadas de tanto prenderlas y apagarlas. En uno de los rincones hay un teléfono semipúblico, como si el muerto todavía pudiera recibir llamados. Y están las cajas de vino. Muchas. Muchísimas. Vino popular, tetra. Nadie le llevaría a Cubillos un cabernet sauvignon cosecha 2015. A figura popular, ofrendas igualmente populares.
La tumba se distingue por algo poco habitual: su recuerdo se puede oler. No huele a muerte, huele a vino. Literalmente. Hay un agujero por donde los devotos le pasan vino al muerto, en señal de gratitud o de pedido desesperado. El líquido corre hacia adentro como si todavía hubiera alguien del otro lado.
No hay objetos de valor material. El guía contó que alguna vez hubo una guitarra, pero se la robaron. También una bandera de Huracán Las Heras, que el sol del verano terminó por deshacer. Lo que queda es lo mínimo indispensable para sostener la devoción. Incluso hay un sector especial para encender velas, del otro lado del mausoleo, para evitar incendios. Es la única tumba del cementerio que tiene reclinatorios. Hay mujeres que la limpian, le llevan flores. A 130 años de su muerte, Cubillos sigue teniendo devotos. Como corresponde a una figura que, según dicen, cumple.
El policía que mató al gaucho es vecino de su tumba
A pocos metros de allí está la tumba de Juan Carrizo, uno de los policías que dio muerte al gaucho Cubillos. En realidad fueron dos agentes encubiertos: Carrizo y Manuel Quinteros. La historia es conocida. Cubillos era cuatrero. Para algunos, robaba a los ricos para dar a los pobres; para otros, era simplemente un ladrón con una destreza notable para escapar de la policía.
Ocho veces se fugó de la cárcel, que en aquellos años funcionaba donde hoy está el Teatro Independencia. La última vez, la sociedad mendocina de fines del siglo XIX estaba harta de sufrir los embates del malhechor y de su banda. En 1895, el entonces gobernador Francisco Moyano ofreció una recompensa. Cubillos huyó a las minas de Paramillos, en Uspallata. Hasta allí fueron a buscarlo. Lo emboscaron y le dieron muerte a puñaladas.
Carrizo cobró cien pesos por esa muerte. Y terminó enterrado, muchos años después, en “la otra cuadra” del gaucho, a pocos metros de él. Su tumba es apenas un rectángulo de mármol con una cruz en el centro y casi ninguna inscripción. Nadie repararía en ella si no fuera por la singularidad de sus vecinos. No hay flores, no hay velas, no hay pedidos. A Carrizo no lo recuerda nadie. Cubillos, en cambio, sigue recibiendo visitas.
Godofredo Paladini, el médico que reconstruyó su rostro
El tercer vecino completa la escena. Godofredo Paladini fue médico de la policía, lo que hoy llamaríamos médico forense. En su época, los médicos no se dedicaban a una sola especialidad: en su tumba puede verse la figura de una mujer sosteniendo a un bebé en brazos, ya que Paladini también fue médico de niños. Un contraste inevitable.
Paladini fue el encargado de realizar la autopsia al cuerpo de Cubillos. El gaucho, atravesado por puñaladas y con un disparo en la cabeza, no había quedado, digamos, en las mejores condiciones para ser reconocido.
El médico hizo su trabajo: reconstruyó su cara a partir de un identikit. Sin embargo, Paladini no sabía que esa iba a ser la única imagen que, años después se conserva de Juan Francisco Cubillos.
Tiempo después habría circulado una fotografía, pero desapareció. Lo que queda es el dibujo. Sin el aporte de Paladini, no sabríamos cómo mirar a Cubillos.
Un vecindario imposible en el más allá
El cementerio de la Ciudad unió, después de la vida, tres aristas de una historia que en la realidad no se hubieran unido jamás: La ciencia, la violencia y la ley comparten una vecindad definitiva en el camposanto municipal.
Tal vez sea solo una coincidencia. O tal vez sea otro de esos milagros discretos que hace el cementerio: mantener unidas, para siempre, historias que solo se cruzaron en el borde final de la vida.








