Tomás Abraham (Timioara, Rumania, 1946) ha alcanzado tal madurez existencial y como pensador, que le permite ser un jugador de toda la cancha.
Tomás Abraham: "Filosofamos porque nos molesta el pensamiento dominante de los otros, de papá, del cura, del político, del presidente"
Filósofo y escritor, Tomás Abraham, autor de numerosos libros, publicó ahora Pensar de nuevo. “Dedicarse a la filosofía no significa una iniciación a la sabiduría”, define

Tomás Abraham, filósofo y escritor.
Foto: El NacionalPuede mover las fichas, con soltura, si lo desea, desde ambos lados del tablero.
Decir, por ejemplo, como en esta entrevista, “soy un tipo combativo”, “me enojo”, “pelear es divino”. Y confesar, al mismo tiempo, con una media sonrisa, sin que se le mueva un pelo, “soy un dulce”. Incluso, elevando la apuesta: “Soy un tipo que vive del amor. Yo quiero, yo protejo, yo cuido”.
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El amplio dominio que ejerce sobre su disciplina lo lleva a retratar con agudeza a sus cuatro maestros confesos (Sartre, Althusser, Foucault y Deleuze), pero advirtiendo que no cree en los hombres ejemplares. Lo considera un infantilismo para justificar nuestras propias imperfecciones.
Dice, también, de manera categórica: “Dedicarse a la filosofía no significa una iniciación a la sabiduría”.
Luego de haber transitado, tiempo atrás, por algunos otros libros suyos como La matanza negada o Diario de un abuelo salvaje, el diálogo, esta vez, sobre su reciente título, Pensar de nuevo, discurre tan fluidamente como siempre en el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Hola, Tomás. ¿Cómo está la salud?
-Bien, bien. ¿Y la tuya? (risas).
-Igual, gracias. ¿Y la vida cómo está?
-La vida está bien, por suerte. Con la familia bien. Y yo trabajando, haciendo mis cosas.
-Preguntaba porque es muy significativo el capítulo sobre "La máquina de los soplos pensantes" donde hablás de los cuatro jinetes del apocalipsis, que son tus maestros. Los tipos parecieran haber tenido una vida medio desastrosa. Se ve que los seguiste en su filosofía, pero no les diste pelota en cuanto al itinerario existencial.
-Tampoco los conocía mucho. Ni tampoco creo que hayan tenido una vida mala, no, para nada.
-¿Cómo fue, entonces?
-Sartre tuvo una vida fantástica, en el sentido de que hizo todo lo que quiso; todos sus sueños de adolescente se cumplieron, y en exceso, dado que escribió y publicó una cantidad enorme de libros. Y fue, quizás, el filósofo más famoso que dio la historia de la filosofía.
-Pero en algún momento se le complicó la cosa.
-Lo que pasa es que, bueno, no se cuidó, para nada y, alrededor de los sesenta y siete años, tuvo un aneurisma que lo dejó ciego.
-¿Y Althusser?
-Nosotros no sabíamos nada de su vida.
-De los cuatro, la vida de Althusser fue la más terrible, ¿no?
-Sí, porque él tenía una enfermedad de la que yo no tenía conocimiento. Tampoco la gente más allegada a él había dicho nada.
-Un trayecto complejo, el suyo.
-Era un hombre que tenía problemas psicológicos graves y terminó alucinando algo que lo hizo matar a su mujer. Entonces, sí, era un hombre que tenía problemas para vivir, angustias, distinto de lo que ocurrió con Sartre. A sus angustias no las podía compensar con sus enamoramientos, porque era muy enamoradizo.
-Algo que no pudo manejar.
-Era todo muy conflictivo, porque tenía a su mujer de siempre y se sentía muy culpable, todo ese tipo de cosas.
-Pasemos a Foucault.
-Foucault era un hombre muy vital y muy feliz. Como todo el mundo, tuvo sus momentos duros, cuando era muy joven. La homosexualidad, en esa época de su juventud, era algo que uno tenía que ocultar. Eso lo atormentaba mucho.
-Pero murió de sida.
-Sí, sí, murió de sida. Estaba circulando en ese momento, pero todavía no estaba muy claro qué tipo de enfermedad era.
-¿Cómo se movía él en aquellos tiempos?
-No se adaptó mucho a la vida parisina. Tampoco era parisino. Viajó muchísimo, vivió muchos años en distintos países, fundamentalmente en Suecia, después estuvo en Polonia, después en Túnez, etcétera. Pero era un hombre muy afable, se lo veía en plena expansión vital y además trabajando con entusiasmo en todas sus investigaciones.
-Opinión subjetiva de lector. El capítulo sobre Foucault es excelente, uno de los pináculos del libro.
-Yo no sé si me expresé de forma clara, porque no tengo una idea definitiva sobre el pensamiento de estos grandes. Y en el caso de Foucault, al que tanto leí y sigo leyendo...
-Se nota.
-...tampoco tengo una idea definitiva. Pero yo quería llegar a algo que para mí fuera, por lo menos, alguna certeza. O sea, como para poder decir qué tipo de filosofía, finalmente, cuál es la línea de fuerza dominante en el pensamiento de Foucault. Y yo no sé si eso quedó claro. El tema de él es el poder.
-Eso sí está a la vista.
-Lo que pasa es que él insiste mucho y me confunde, porque dice que su tema es la verdad. Pero no. Su tema es el poder, porque cuando él habla de la verdad, sigue hablando del poder. Entonces, ese es su gran tema, ¿no?
-¿Y Deleuze?
-Hablando de las vidas, la de Deleuze es mucho más introvertida. Es un hombre que no viaja, que está todo el tiempo produciendo libros, muchos de ellos de un rigor académico especializado. A pesar de tener una mente tan libre, tan libre, su vida fue muy recoleta, muy para adentro y, además, con una enfermedad de tuberculosis que no le permitía tampoco mucha circulación.
-Pero con un impulso suicida permanente, porque tenía tuberculosis y no paraba de fumar. Y terminó suicidándose.
-Bueno, pero... escuchame, no va a ser el primero que sigue fumando. Se suicidó porque ya no daba más, me imagino. Pero la cantidad de vida que él transmitió a los otros, de algún lado salió.
-Vos decís, a su vez, que ellos, los cuatro, no fueron ejemplos de vida. Y afirmás: no creo en tales ejemplos.
-No, no creo. Yo no creo en los ejemplos de vida. Por eso te decía, ellos tuvieron una vida fantástica, una vida intensa, de gran creatividad, muy fecunda. Fueron maestros, no míos, maestros de una generación; y a lo mejor más de una generación. Son grandes, son clásicos. Es decir, a ellos se va a volver siempre.
-Aun así, en todos los manuales, incluso desde los manuales escolares en adelante, lo que buscamos permanentemente son las biografías de los hombres ejemplares, ¿no?
-Lo que pasa es que eso es una especie de infantilismo. La vida de los santos, en una época, después, la vida de los héroes, en otra época. Digamos que queremos creer que hay una vida perfecta, que nos justifique nuestra imperfección. Pero no, no, vidas ejemplares no.
-Es el clima general de tu libro.
-Siempre hay fisuras. Siempre hay, como decía Deleuze, citando a Scott Fitzgerald, años de demolición, años de decepción. Todo el mundo pasa por eso. Y el dedicarse a la filosofía no significa una iniciación a la sabiduría. No es así. Lamentablemente para los que tienen la idea de que un filósofo es un sabio.
-¿Cómo es la cosa?
-En realidad, si uno se pone un poco académico, como dice Platón, que fue el maestro iniciador de esta disciplina, la filosofía nace en el momento en que se retiran los sabios de la ciudad. Entonces lo que queda es una aspiración, es un recuerdo que nos hace creer la ilusión de un retorno.
-¿Cuál?
-Era el de Platón y los filósofos atenienses que intentaron, mediante la escritura, imitar lo que los sabios no necesitaban hacer, porque no escribían; es decir, algunos aforismos, algunas frases, pero no se jugaban en la escritura, como lo hicieron después ya Platón y Aristóteles.
-Cambia el paradigma.
-La escritura misma ya es algo muy frágil para iniciar una época de los sabios. Entonces, no hay vidas ejemplares; los filósofos intentan hacer algo en la filosofía misma, que yo también llamo pensar.
-¿Qué pasa con él?
-El pensamiento, primero, no necesariamente nos hace felices, porque no es esa la meta. En general, digo. Y la sabiduría tampoco es lo interesante del asunto.
-¿Cuál es, pues, el asunto?
-Yo, en ese sentido, creo que el que mejor lo dijo fue Nietzsche: a nosotros, los que nos dedicamos a esto, y a otros también, los artistas, los científicos, tanta gente, lo que nos da una expansión vital es crear algo.
-Ok, vos decís que la filosofía no nos hace felices. Hay otra frase tuya textual, acá en el libro, que lo reafirma: "La filosofía no promete felicidad ni serenidad, ni siquiera sabiduría". Entonces, ¿por qué esa compulsión por filosofar?
-¿Me preguntás vos a mí?
-Por supuesto. Si no promete ni la felicidad ni la serenidad, ¿para qué meterse en ese quilombo?
-Es muy fácil la respuesta (sonríe). Mirá, decirte que es fácil. Me lleva una vida llegar a responder estas cosas.
-Se entiende. ¿Por qué filosofar, en resumidas cuentas?
-Porque nos molesta el pensamiento de los otros. Es así. Si no nos molestara el pensamiento dominante, si no nos molestara el pensamiento de papá, del cura, del profeta, del policía, del maestro, del presidente, del político, del que sea; si no nos molestara un pensamiento de otro, si no nos perturbara, si no nos aprisionara, si no nos inquietara, no tendríamos ninguna necesidad de pensar por nosotros mismos. Lo primero es el pensamiento de los otros que nos oprime.
-¿Qué se hace, a partir de ahí?
-Entonces, ante esa sensación que tenemos de opresión por el pensamiento de otro, queremos responder. Porque necesitamos aire, que se llama, en otros términos, libertad.
-¿Cómo se gestiona eso?
-Necesitamos aire. Pero, para ese aire, no se trata solamente de una reacción que puede ser una reacción intempestiva o lo que sea. No nos alcanza eso. Para realmente defendernos -porque es un mecanismo de defensa-, tenemos que generar nuestros propios pensamientos. Para poder hacer una barrera y, al mismo tiempo, ordenar el mundo de otro modo del que nos quieren hacer ordenar.
-Hablando de esto, Tomás Abraham queda retratado en cuerpo y alma en un par de páginas bajo el título "Yo. Pelear es divino".
-(Ríe).
-Ahí decís: "Hay temperamentos diferentes; el mío es el de contradecir".
-Sí.
-Nadando a la contra, Tomás Abraham, siempre, ¿no?
-Bueno, sí, pero que no sea la idea de un contrera. Ese no es el tema, sino lo que yo estaba diciendo ahora. Es generar espacios. Generar espacios de libertad. Y la tradición filosófica es la de la contradicción.
-¿Por qué? ¿En qué sentido?
-Porque si uno escucha bien la palabra “contra-decir”, es porque hay un decir previo. Entonces, Platón, cuando inicia el camino de la filosofía, lo hace mediante este género conocido como diálogo. Y los diálogos de Platón introducen a personajes. Y los personajes -entre ellos, por supuesto, está el protagonista, Sócrates-, discuten. O sea, no hay pensamiento en el terreno filosófico si no es polémico. Eso es así.
-En ese mismo párrafo, manteniendo tu proverbial ironía y el sentido del humor, agregás: "Nos alimentamos del saber y del poder de los demás para contrarrestarlos. Somos parásitos o vampiros. Como nací en Rumania, prefiero lo último". Encantador.
-Escuchame una cosa. Si no la pasás bien escribiendo, es decir, si no bromeás con vos mismo también... Para mí el pensamiento incluye esa sonrisa.
-Todo tu libro podría haber llevado por título el de este mismo capítulo, "Pelear es divino" porque, entre otras cosas, dialoga con el anterior, Diario de un abuelo salvaje. O sea, Pensar de nuevo es el del bisabuelo que concluye que pelear es divino, ¿o no?
-(Sonríe) El Diario de un abuelo salvaje, mirá vos, es un libro en donde la pelea está casi ausente. Es un libro que yo escribo sin querer casi, porque no tenía un proyecto. Tiene que ver con la pandemia. Es un diario de pandemia.
-Está tu enfermedad, también. Ponés mucho el físico ahí.
-Sí. Hablo de mis seres queridos, hablo de mí, hablo de lo que me rodea, hablo de la pandemia. Y termina -y me alegro de que haya terminado así- con una frase del Pepe Mujica que decía que, para él, la felicidad es comerse un asado y dormir una siesta bajo la sombra de un árbol.
-¡Para qué más!
-Y yo termino diciendo, sí, pero ojo con la molleja, ojo con el chorizo, ojo con la morcilla, porque me quiero despertar mañana.
-Recordás que en el Diario de un abuelo salvaje no te peleabas. Pero acá, sí. Es exactamente al revés. Terminás el capítulo en cuestión diciendo: "Soy un ser reactivo. Si no reacciono, me aburro o me deprimo. Pelear es divino".
-Sí, sí, está bien. Pero digamos que hago una ironía respecto de mí mismo. Aunque tiene algo de cierto. Yo soy un tipo combativo.
-Total.
-Yo me enojo, yo soy pasional, extremadamente sensible. Yo no soy un tipo que habla meditando. Yo irrumpo. Soy así, explosivo. Por supuesto que a veces no me sale bien. Pero, sí, hay algo de eso. A mí las cosas me irritan. No las tomo con parsimonia. Es decir, cuando yo escribo algo, como lo hice durante tantos años, en un diario, sobre actualidad, es porque estoy medio furioso.
-Ni que lo digas. Sos un tipo cascarrabias. ¿O no?
-No, no, para nada.
-¿No! Pero sos calentón. No puede ser.
-Preguntale a mi esposa. Preguntales a mis hijas. Preguntales a mis nietos. Yo soy un dulce.
-¿Ah, sí?
-Más bien. ¡Pero más bien! Yo soy un tipo que vive del amor. Yo quiero, yo protejo, yo cuido, yo busco, yo llevo al colegio, traigo del colegio, cocino. Hago todo lo que es necesario para que los que me rodean sean felices.
-Pero, atendeme, al ver tu retrato, que tiene un gran carácter, en cualquier foto, uno se dice: este es para hacer de malo en cualquier historia. No tenés cara del bueno de la película.
-Vos sabés que cuando uno se pone frente a una cámara, no pone el alma, pone otra cosa, ¡qué sé yo! (risas).
-Sobre el tramo final del libro te ponés a hablar del ser argentino, del Ser Nacional. Se trata de un concepto jodido. ¿Esto lo hacen todos los países? ¿Se preguntan qué es ser chileno, qué es ser francés, qué es ser ruso o es una cuestión nuestra, nomás?
-Por supuesto que yo no conozco a los países en general. Esto de ser argentino o ser guatemalteco o lo que se te ocurra, tiene que ver con el nacionalismo. Entonces, no todas las sociedades actuales, modernas, como quieras llamarlo, ni todas las culturas tienen una vertiente nacionalista poderosa. Algunas sí, otras menos. Y los nacionalismos tampoco son todos iguales. Hay nacionalismos imperiales, hay nacionalismos de sociedades que han sido colonizadas. Pero hay algunos que no son nacionalistas como lo somos nosotros. Tienen su propio estilo.
-Por eso mismo vale mirarlo como algo propio.
-En mi capítulo dedicado a la Argentina de la década infame menciono en algún momento que nosotros tenemos una afición muy, pero muy intensa a hablar de lo que fue.
-Notable apreciación. Decís que si algo caracteriza a la historia argentina es que "el pasado siempre es actual. Nada de lo que sucedió deja de suceder".
-¡Nosotros nos dividimos! Tenemos una grieta respecto de lo que pasó en 1870. O sea, en todas las culturas se discute la historia. No hay una historia oficial. Hay varias historias. Ok. Pero el grado de pasión que nosotros ponemos entre Rosas sí, Sarmiento no, o al revés... Escuchame, ¿cuántos años de peronismo tenemos? ¿Setenta? ¿Ochenta?
-Es del '45, así que llevamos ochenta.
-¿Cuántas generaciones son? Unas cuantas. Y seguimos hablando de lo mismo. Y nos dividimos respecto de lo mismo.
-Pero de todas las grietas posibles, el peronismo es la gran grieta nacional.
-Bueno, sí, en términos cuantitativos, sin duda. Para darle un significado a eso, yo empiezo también este capítulo diciendo que le voy a explicar a un turista qué es el peronismo. ¡Porque no entienden! Nosotros, los argentinos, decimos: no entienden. Para entender el peronismo tenés que ser argentino y todo ese tipo de cosas. Por eso se me ocurrió que se puede llegar a explicar como un fenómeno trifásico. Pero nos dividimos en eso.
-Sin superación posible, se ve.
-El otro día me invitaron a dar una charla en la Facultad de Filosofía. Los chicos tendrían unos veintiún años. Y yo hablaba sobre un tema que tenía que ver con Foucault. Después se abrió un poco para que hicieran preguntas, observaciones y demás.
-¿Por dónde vino la cosa?
-Hay un pibe que me dice, bueno, como yo soy peronista… Algo que no tenía mucho que ver con nada.
-¿Entonces?
-Pero él mostraba cuál era su identidad, ¿no?
-Sí, una marca de origen.
-Escuchame, te voy a decir una cosa. Con uno de mis nietos, que ahora tiene trece, almuerzo todos los miércoles. Lo voy a buscar al cole, y como tiene doble turno, al mediodía salimos a comer.
-¿Cómo se llama?
-Rafael. Es el que me saca las fotos para la tapa de los libros.
-Un capo.
-Sí. Entonces le digo, mamá -que es mi hija- dice que te gusta la materia Historia. ¡No! ¡Pero sabés cómo es mamá! ¿Qué? ¿Cómo es?, le pregunto. Exagera, me dice. Lo que pasa es que me gusta la maestra de Historia (risas). Así que te gusta la maestra de Historia. ¿Por qué? Porque es peronista. ¡Ah, mirá vos! Y yo soy peronista, dice. ¿Vos sos peronista? Sí. Yo soy peronista y de izquierda (risas).
-Explicale a Rafael que hay muchos peronismos.
-¡No! Yo no explico nada. El que sabe es él.
-No queda otra.
-Por eso estamos así, con una simbología eterna, que no es simplemente folclórica; divide a la gente. Y además crea identidades cuyo contenido es totalmente volátil. Uno dice este es peronista, el otro es peronista, etcétera. Y cada uno inventa su propio peronismo.
-Un laberinto difícil de seguir.
-Y del otro lado, quedan aquellos que no lo son y que necesariamente son antiperonistas, porque todo tiene que ver con una sola cosa.
-Una sola y repetitiva cosa.
-Con esto te quería decir que una de las cosas que me parecen dominantes en nuestra visión de nuestro presente es nuestra vocación permanente por la memoria, por los monumentos, por el pasado, etcétera. Y cuando yo digo esto se me vienen todos encima creyendo que yo estoy en contra de los que hablan todo el tiempo de la memoria, referida al proceso del terrorismo de Estado, que tiene como emblema la memoria. Es como que la memoria ya tiene dueño.
-Entre tantos temas y personajes que abarca tu libro, vale rescatar, como una novedad, la figura, muy poco citada, de Lucio Félix Weil. Qué tipo interesante.
-Sí, es muy interesante porque hizo un diagnóstico y un análisis de la sociedad argentina de la década infame, de la que él participó como espectador y también como funcionario. Realmente es una referencia bibliográfica ineludible.
-Toda una personalidad a redescubrir.
-Es un hombre que pertenecía a la alta oligarquía argentina inmigrante, los Weil, que tenían la cerealera. Y desde ese lugar, él no solo no asumió el rol de heredero, sino que era comunista. Después fue a Alemania y fue el mecenas de la Escuela de Frankfurt.
-¡Nada menos!
-Decir la Escuela de Frankfurt es como decir una de las principales corrientes de la filosofía moderna.
-Un gusto, como siempre Tomás. ¿Qué viene después del abuelo salvaje y del bisabuelo peleador empedernido? ¿Cuándo será el próximo capítulo?
-Del próximo capítulo, no tengo idea. En este momento estoy absolutamente perdido.