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A los tiros limpios por las calles de Mendoza

Editado por José Luis Verderico
verderico.joseluis@diariouno.com.ar
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El 16 de julio de 1999 era viernes y el termómetro en el aeropuerto El Plumerillo marcaba 4,9 grados bajo cero a las 6.20 de la mañana. A esa hora, la cúpula de Seguridad del Gobierno de Arturo Lafalla no imaginaba -tampoco contaba con información clasificada- que una banda de asaltantes ajustaba detalles para cometer uno de los atracos más recordados de la criminalidad mendocina.

El golpe al diario Los Andes ocurrió a las 17.40 de aquel día de vacaciones de invierno y fue mucho más que un asalto por $7.000.

Su endiablado efecto dominó derivó en la espectacular fuga y persecución a los tiros entre policías y delincuentes desplazándose por las calles durante 3 kilómetros pero también en un balazo en la cabeza a un conductor ajeno al episodio, en una falsa toma de rehenes en la Cuarta Sección y en el secuestro de un juez y un jefe policial.

La víctima inocente

Aquella tarde, la vida de Leonardo Bora cambió para siempre. Manejaba tranquilamente y de pronto se estrelló con su  Peugeot 505 en el costado izquierdo de la calle Cadetes Chilenos casi San Martín, cerca de una farmacia. El vehículo, descontrolado, como nadie hubiera habido al volante, casi cae a la acequia.

Es que Bora había recibido uno de los tantos disparos que iban y venían de auto a auto. Bora estuvo a punto de morir. Lentamente se recuperó tras una larga internación y logró sobrevivir. Tenía 30 años.

Al comienzo la Justicia lo imputó al considerarlo uno más de la gavilla porque su DNI apareció entre las pruebas suministradas por la Policía a la Justicia. Sin embargo, un testimonio recabado por Diario UNO en la zona, en los días posteriores, sirvió para demostrar que el muchacho no era parte de esa caravana de policías y ladrones que se disparaban mutuamente sino que circulaba en otra dirección. Finalmente Bora fue desvinculado de la causa.

Desde entonces, vive una vida nueva, distinta, con limitaciones físicas y neuronales como consecuencia de un severo daño cerebral por el impacto del proyectil. Debió aprender a caminar nuevamente. Debió aprender a comer. Y también a hablar. También su familia debió adaptarse a lo nuevo. Hoy, Bora tiene 50 años.

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"En estos veinte años nosotros ya tenemos asumido lo que nos pasó" "En estos veinte años nosotros ya tenemos asumido lo que nos pasó"

La madre de Leonardo Bora a UNO

La mecánica del golpe

La escena de un guardia de seguridad apuntándole con un arma de fuego a otro guardia de seguridad en el edificio de Los Andes -avenida San Martín entre Garibaldi y Amigorena, de Ciudad- perturbó a un grupo de periodistas que estaba en el hall de entrada, cerca del área comercial. El asalto había comenzado.

El periodista Andrés Gabrielli era jefe de aquella redacción. Hoy recuerda:

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"El delincuente vestido de vigilador obligó al guardia a arrojarse al piso. Después entraron los cómplices, también armados, que nos encerraron en una habitación. Eran varios: seis o siete. No va a pasar nada, dijeron. Es un asalto" "El delincuente vestido de vigilador obligó al guardia a arrojarse al piso. Después entraron los cómplices, también armados, que nos encerraron en una habitación. Eran varios: seis o siete. No va a pasar nada, dijeron. Es un asalto"

Con el dinero y un fuerte stock de tarjetas Mendobús robados a la mutual del personal del matutino, los delincuentes abandonaron el edificio: caminaron por San Martín al norte, giraron por Garibaldi hacia el este y subieron a dos vehículos que los esperaban estacionados cerca del edificio de la Liga Mendocina de Fútbol. La fuga comenzaba.

Al mismo tiempo, la novedad del atraco retumbaba en la frecuencia policial y se iniciaba la persecución con patrulleros y motos que llegaban desde distintas direcciones del Gran Mendoza.

Las sirenas ululaban. Las balizas destellaban. Los vehículos aceleraban y las cubiertas chirriaban en el pavimento. La banda escapaba rumbo al norte, más precisamente hacia la Cuarta y hacia allá apuntaba el operativo para interceptarlos.

Un Peugeot 505 oscuro -casi tan oscuro como el que conducía Leonardo Bora- llevaba la delantera y sus ocupantes disparaban a la Policía, que contestaba sin pausa.

La caravana cruzó la intersección de San Martín y Coronel Díaz a toda velocidad. Un segundo después, otro Peugeot 505 -casi tan oscuro como el de los delincuentes, que seguía en fuga- se estrelló cerca la farmacia con Leonardo Bora herido de bala en la sien.

La banda se partió en dos. Los que iban a bordo del Peugeot abandonaron el auto en calle Soler luego del reventón de una rueda por una bala policial. Uno de los delincuentes irrumpió en una peluquería de damas pidiendo auxilio. Me asaltaron, mintió. En el auto de su propiedad la Policía halló pelucas y disfraces utilizados por la gavilla.

Los demás delincuentes llegaron raudamente y a salvo a la guarida montada cerca de ahí, en una casa alquilada en Chile 2900 casi Bogado. Ese había sido el centro de operaciones de la superbanda. Allí se habían reunido repetidamente sus miembros para planificar el golpe y para asignarse los roles y las acciones individuales. Horas antes había sido el punto de partida. Ahora, el de reencuentro. Pero no estaban solos: la Policía ya los tenía acorralados. Y ya era de noche.

Uniformados y policías de civil se distribuyeron estratégicamente en derredor de la casa de dos plantas para que nadie escapara. En las esquinas. En las acequias. En los techos aledaños. Detrás de los tanques de agua. Todo parecía controlado. Solo quedaba actuar con la orden de un juez para capturarlos. Pero desde el escondite de los delincuentes llegó un mensaje inesperado, que cambió todo.

"Tenemos una granada y dos mujeres de rehenes" "Tenemos una granada y dos mujeres de rehenes"

La presunción de que la vivienda había sido tomada por asalto por los prófugos hizo más creíble el mensaje. Entonces sucedió una nueva vuelta de tuerca: el jefe policial Adolfo Siniscalchi convenció al entonces juez instructor Omar Palermo de que ambos debían entregarse a cambio de las cautivas, de cuya existencia jamás hubo pruebas.

Minutos después, el caso mostraría otra cara siniestra: Siniscalchi y Palermo se convirtieron en los verdaderos rehenes de la superbanda. Habían sido engañados porque no había tales secuestradas en la casa. Tres delincuentes los subieron a un Suzuki de la Policía y se aseguraron el escape hacia Guaymallén. Más tarde los liberaron frente al Shopping, asaltaron una pizzería y se apoderaron de un Fiat 147 con el que siguieron la fuga.

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La Superbanda en el banquillo

El 2 de mayo de 2001 fue miércoles. A las 12.45 y bajo un fuerte operativo de seguridad en los tribunales, los jueces de la Primera Cámara del Crimen condenaron a cinco personas y absolvieron a otras dos por el asalto al diario Los Andes, ocurrido aquella helada tarde de 1999.

A los culpables les aplicaron penas de prisión que fueron desde los 3 años y 6 meses hasta los 8 años.

El tribunal de sentencia estuvo integrado por Víctor Hugo Comeglio, Julio Carrizo y el juez de la cárcel Eduardo Mathus

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Los condenados fueron Roberto Rojos, Juan Carlos Rojas Cabezas, Claudia Manrique y su madre, Sara Bugueño, y el técnico de fútbol Juan Muñoz. Autores y partícipes del atraco fueron los roles que cumplieron, según las pruebas ventiladas en el expediente judicial.

Guillermo Gudell, que había sido detenido en Santa Fe, y Daniel Silva fueron absueltos y recuperaron la libertad de inmediato. 

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