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Cuentos de terror

Testimonios del más allá: "El peor de los demonios"

Marcelo y su esposa embarazada fueron asaltados y ese terror es el más temible, por cotidiano. Su relato dio origen a esta ficción

Editado por Marcela Furlano
furlano.marcela@grupoamerica.com.ar

La calle estaba tranquila, a pesar de que la noche se había estrenado hacía apenas un par de horas. Cuando faltaba poco más de dos cuadras para llegar a casa, tuve esa molestia que asocia la calma con la ansiedad. El viento estaba ausente y la gente se había perdido entre sus domésticas paredes. Ese silencio tan redondo se corporizó perturbador.

Estacioné el auto en el puente y me bajé, no sin antes mirar de izquierda a derecha, escudriñando cualquier posible peligro. Ya no dejaba que mi esposa hiciera esta maniobra, porque su embarazo estaba avanzado y prefería que descendiera a su ritmo, en la seguridad del garage y con las hojas del portón cerradas.

Tenían la audacia y la oscuridad de su parte. Fue escuchar el bramido de la moto -la primera herida en el sosiego absoluto - y tener a esos dos tipos a mi lado, gritando, exigiendo, insultándonos a nosotros, de repente convertidos en sus enemigos.

Mi esposa gritaba dentro del auto, mientras uno de ellos la tiraba del brazo y ella, con el corazón puesto en su prioridad, con el brazo libre protegía el vientre. Les grité que la dejaran, que tuvieran cuidado, que se llevaran lo que quisieran, pero que no la lastimaran. Mis palabras también buscaban la redondez esperanzada de su cuerpo.

Mi mujer se desfiguró en un grito y fue allí donde me di cuenta que había visto el arma que el otro tipo me había puesto en la sien izquierda. Lo miré y la luz de la calle me dejó plasmar su retrato, con una precisión que sólo el terror dicta. Era muy joven, tal vez un adolescente y sus ojos se entrecerraban cuando me gritaba. Me odiaba con una profundidad que no podía entender y a pesar del miedo, de la parálisis que me había ganado el cuerpo, entendí su orden y le di las llaves del auto.

Cuando se fueron y pude abrazar a mi esposa, sentí que lo peor había pasado. El mal da respiro, pero a veces sólo para dar a luz la propia oscuridad.

La calma perdida

Los días siguientes hice los trámites del seguro, escuché a mis vecinos decir que la “habíamos sacado barata” y que deberíamos llamar a los medios, porque esos pibes habían tomado el barrio de punto. Incluso aportaron la posible identidad de uno y me alentaron a ir a su casa a buscarlo. “Pudo haberle pasado algo a usted, o a su mujer. Imagínese, pobrecita, qué embarazo estará pasando”. Lo decían para confirmar la noción de que ante tamaña violencia, la venganza era una forma de justicia.

Escuché todo, pero seguí los carriles legales, con su laberinto de denuncias, indiferencia, trámites, declaraciones y ninguna novedad que diera cuenta de lo robado o por lo menos, algo que me hiciera recuperar la serenidad.

Mi hermano me prestó el autito que le había regalado al hijo para que yo pudiera ir al trabajo. Mi sobrino pasó a odiarme mientras corrían los tiempos del seguro.

Gasté lo que no tenía para poner un portón eléctrico, pero pensaba que igual podían entrar y allí la logística se volvió más exacta. Llamaba a mi esposa cuando estaba a una cuadra y sabía que cuando pasaba delante de la casa de los Gutiérrez, ahí tenía que avisarle a mi mujer que abriera el portón con el control remoto. El auto entraba justo cuando terminaba de abrirse y yo, desde el auto y sin bajarme, lo cerraba con mi control.

Cuentos de terror Marcela Furlano El peor de los demonios 1

La puerta del garage que conectaba con el resto de la vivienda permanecía con llave y mi esposa la abría sólo cuando le decía que todo estaba bien. Incluso teníamos una palabra clave para el peligro. Si ella la escuchaba, bajo ningún concepto debía abrirme. Ella lloró al escuchar esa hipótesis, pero la convencí de que con ella a salvo, me aseguraba de que llamaría a la policía.

Mi realidad había estallado, pero poco a poco este ritual me fue devolviendo la calma y mis días recuperaron una rutina que nunca me había parecido tan armónica. Hasta que lo volví a ver.

Pasó por la puerta de mi casa, mirando hacia adentro. Yo estaba en la cocina y vi su rostro inquisidor, con el desdén del que se salió con la suya y por lo tanto, es intocable. Salí a la calle y le grité los mismos insultos que me decía cuando me apuntaba con su arma en la cabeza. Era un espectador de mi propia locura, corriendo desorientado al no encontrarlo. Al parecer también contaba con la complicidad de la noche para ocultarse.

La espera

Compré un revólver y apegado a las reglas como soy, lo registré como Dios manda y empecé a practicar. Al principio iba una vez por semana al Tiro Federal, luego fueron dos y después, casi todos los días. Nunca pensé que iba a apasionarme tanto y -perdón por la falta de modestia- era tan bueno que mi instructor me sugirió que debería llevar la práctica a un nivel competitivo.

Cuentos de Terror Marcela Furlano El peor de los demonios 4

Lo cierto es que llevaba el arma en el auto siempre y no por una cuestión deportiva. Había vuelto a sentirme seguro, a salvo. Nunca más sería una víctima.

Además, la posibilidad de encontrarme con ese tipo estaba latente. Si volvía, iba a estar esperándolo.

El encuentro

Estaba a un par de cuadras de mi casa cuando lo vi. Estaba solo y caminaba con los manos en los bolsillos. Hasta me pareció reconocer el buzo que llevaba esa noche, porque la escasa luz no alcanzó a desvanecer del todo mis sentidos. Esta vez las sombras estarían de mi lado.

En una acción que mil veces había planeado en mi mente, saqué el revólver de la guantera, me bajé del auto y lo empujé contra la pared.

Estaba sorprendido y asustado. Lo mismo que mi esposa y yo cuando nos atacó con su compinche.

- ¿Qué hacés cerca de mi casa? ¿Te quedó algo que te gustó y te lo querés llevar?

El tipo levantó los brazos, como si fuera yo el que lo estaba asaltando. Hasta ese mínimo gesto, de algún modo, me ofendió.

“Amigo… No sé de qué me habla. Es la primera vez que lo veo”, ensayó a modo de defensa. Era muy joven, casi un adolescente.

Sin dejar de apuntarle, le grité que sabía muy bien quién era yo y el infierno que nos hizo pasar. Él insistía que era un error.

Mentía su boca, pero el cuerpo lo delataba: temblaba y eso fue para mí una confesión. Lo había descubierto y me tenía miedo, miedo a mí, la víctima, el que creyó que iba a perder lo que más quería en la vida solamente por llegar a su propia casa.

Me gustó que al menos por una vez supiera lo que es estar de este lado. Que replicase el esfuerzo que hay que hacer para decir las palabras correctas para no desencadenar la furia del extraño, la ira del indeseable, de la rata que se cree dueño de tu auto, de tu tranquilidad, de tu vida o la de tu hijo.

“Le juro que es la primera vez que lo veo. Acabo de salir de mi trabajo, en el minimarket que está a unas cuadras. ¿Lo conoce? Puede preguntar ahí, va a ver que le digo la verdad”, insistía intentando ser convincente, aunque no calmo.

Qué referencias iba a pedir yo de este delincuente. Le puse el arma en la cabeza, mientras él rogaba. Yo también rogué esa noche. Balbuceó algo de su familia y después, sin importarle que el caño del revólver estaba justo en medio de su frente, se cubrió el rostro con las manos y lloró como un niño, como un inocente.

Luego bajó las manos y me miró a los ojos, poseso del terror, del peor de los demonios, del que existe y casi nunca avisa. Se llenó los pulmones de una bocanada profunda, tal vez pensando que sería la última vez que el aire confirmara la vida. Con los brazos delgados se rodeó el torso, en un gesto de protección que yo ya había visto. Era un abrazo desprovisto de miedo, cargado de una profunda resignación. Levantó la vista y simplemente, los dos contamos eternos segundos, envueltos en los paños oscuros de un escenario inquietantemente silencioso.

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Lo que pasó esa noche, me definió para siempre.

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